Crítica:
El texto original confunde la agitación de un grupo de WhatsApp con un plan operativo real, exagerando la amenaza sin aportar pruebas de organización logística. Es puro combustible para la polarización electoral.
El texto original confunde la agitación de un grupo de WhatsApp con un plan operativo real, exagerando la amenaza sin aportar pruebas de organización logística. Es puro combustible para la polarización electoral.
Hay quien dice que la política es el arte de lo posible, pero en este caso parece más el arte de 'arreglar el papeleo' sobre la marcha. Resulta que tenemos a más de 163.000 personas en un limbo jurídico, los llamados 'nietos del exilio', que el Tribunal Supremo ha dejado en el banquillo del voto para las elecciones del 29 de noviembre. El problema es que el Gobierno, en un alarde de eficiencia, admite que sacar a estos ciudadanos del censo es «complejo». Traducido al lenguaje de la calle: se han liado una parda con la Ley de Memoria Democrática y ahora no saben quién es quién en el censo. Mientras el ciudadano medio pelea con la administración para que no le cobren el IBI dos veces, el PSOE ha decidido montar su propio despacho de abogados gratuito. El partido de Pedro Sánchez, a través de su filial en Uruguay, ha lanzado un formulario de 'registro de interés'. Básicamente, te ofrecen el traje y la corbata jurídica gratis para ir a tocarle la puerta al Tribunal Constitucional de Cándido Conde Pumpido. Es una jugada maestra: el Estado no puede limpiar el censo a tiempo, pero el partido ofrece la asesoría para que el afectado recurra la decisión del Supremo. La trama tiene un giro delicioso: Sofía Puente, exdirectora general de Seguridad Jurídica, decidió que cualquiera que emigrara entre 1936 y 1955 era exiliado por defecto. Una presunción tan generosa que abrió la puerta a nacionalizaciones masivas, casi arqueológicas. Ahora, con el Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, insistiendo en que el voto es indisoluble de la nacionalidad, la Oficina del Censo Electoral confirma que los 163.000 afectados siguen ahí, apuntados, aunque sea para hacer bulto. El resultado es un caos administrativo donde la Junta Electoral enviará papeletas a ciegas entre el 24 y 30 de octubre, rezando para que nadie impugne el resultado final.
En el tablero del poder, hay quien juega al ajedrez y quien simplemente mueve las piezas ajenas hasta que encajen en su tablero. Pedro Sánchez ha demostrado que, cuando el camino legal es un muro, siempre hay una puerta trasera si tienes la llave de la Abogacía del Estado. La historia es casi un chiste de mal gusto: el 12 de octubre, mientras España celebraba la Fiesta Nacional, Ángel Gabilondo se paseaba por la recepción asegurando a quien quisiera escucharlo que el Defensor del Pueblo no podía intervenir en el voto de los nacionalizados por la Ley de Nietos. ¿La razón? El asunto estaba 'sub iudice'. En cristiano: que mientras el Tribunal Supremo tuviera la palabra, Gabilondo no pensaba meter la mano en el fuego. Pero en Moncloa no gustan los 'no', especialmente cuando hay votos en juego. Mientras el ciudadano medio se pelea con la factura de la luz, el Gobierno diseñó una ingeniería financiera de argumentos. El 16 de octubre, cuatro días después de que Gabilondo se marcara un 'no puedo' rotundo, la Oficina del Defensor del Pueblo presentaba un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, presidido por Cándido Conde-Pumpido. El giro de guion fue quirúrgico: el Ejecutivo, que el mismo 12-O decía que no podía recurrir por 'cuestiones estratégicas' (traducción: no querían quedar como los malos de la película peleándose con el Supremo), decidió que Gabilondo fuera el escudo. Para lograr que el Defensor del Pueblo pasara del 'no' al 'sí, señor', la Abogacía del Estado cocinó un informe a medida, convenciendo a Gabilondo de que el trámite judicial ya había terminado. Así, el Gobierno mantuvo el perfil bajo, evitó el barro directo y utilizó una institución independiente como su brazo ejecutor. Un movimiento maestro de manual: el riesgo para el político es cero, pero la maquinaria electoral sigue girando.
En el barrio de Salamanca, el aire es puro, pero los precios son pura fantasía. O eso es lo que ocurre cuando no eres Iván Redondo. El ex gurú de Moncloa ha logrado una proeza financiera que cualquier ciudadano, mientras lucha contra la inflación y ve cómo el alquiler se come su sueldo, calificaría de 'milagro'. Redondo y su mujer se hicieron con un piso de 147 metros cuadrados en la calle Diego de León por 1.120.921 euros. Un precio que, visto así, parece un sablazo, pero que en la realidad del mercado es casi una oferta de liquidación. La hipocresía se sirve fría y con datos del propio vendedor. La Tesorería General de la Seguridad Social (TGSS), que actúa como inmobiliaria del Estado, vendió el piso de Redondo el 16 de septiembre de 2025 mediante adjudicación directa. Sin puja, sin sudar la gota gorda, simplemente aprovechando su condición de inquilino. Sin embargo, el 5 de marzo de 2026, la misma TGSS sacó a subasta un ático en el mismo bloque. El resultado fue un despliegue de avaricia competitiva: se adjudicó por 1.510.000 euros, un 64% más de su valor estimado. Aquí llega la traducción para los mortales: el metro cuadrado del ático se pagó a 15.894 euros. Si aplicamos esa misma tarifa al piso de Redondo, la cuenta subiría a 2.336.418 euros. El ex asesor se ha ahorrado, básicamente, 1.215.497 euros. Es como si tú fueras al supermercado y, por ser 'conocido del dueño', te cobraran el kilo de jamón a precio de salchichón, mientras que el vecino, que llega cinco minutos después, paga el triple. Redondo pagó solo 7.625 euros por metro cuadrado, mientras el mercado gritaba que valía el doble. Un ahorro millonario que se firma con una hipoteca de 769.000 euros a 30 años y un silencio sepulcral ante las preguntas.
En el barrio de Salamanca, el aire huele a perfume caro y a una aritmética que no cuadra ni con calculadora científica. Resulta que la Seguridad Social ha jugado a dos juegos distintos en el mismo edificio de la calle Diego de León. Por un lado, tenemos el 'menú degustación' para el ciudadano común: un ático de 95 metros que el 5 de marzo de 2026 salió a subasta pública. El resultado fue un sablazo de 1.510.000 euros, lo que traduce el metro cuadrado a unos 15.894 euros. Básicamente, pagar el precio de un riñón por cada baldosa. Pero luego está el 'menú VIP' de Iván Redondo. El exjefe de gabinete de Pedro Sánchez se ha hecho con un piso de 147 metros —un 48% más grande que el ático— por la módica cifra de 1.120.921 euros. Mientras el comprador del ático pagó el precio completo, Redondo abonó unos 7.625 euros por metro. Es una diferencia de casi 400.000 euros que, en el mundo real, es como si fueras al supermercado y a ti te cobraran el kilo de jamón a precio de oro mientras que al vecino le dejan pasar con un cupón de descuento del 50% solo por ser 'el amigo del dueño'. La ingeniería financiera es sencilla: adjudicación directa el 16 de septiembre de 2025, saltándose la subasta gracias a su derecho de adquisición preferente como inquilino. Para darle color al asunto, la operación fue firmada por Rodrigo Francisco Mares Ramírez, director de la Tesorería en Madrid y actual figura en el caso Plus Ultra. Redondo no tuvo que pujar ni sudar; simplemente firmó una hipoteca de 769.000 euros a 30 años, con vencimiento en 2055. En un edificio donde la última venta directa sin subasta desierta fue en 2016, Redondo ha logrado que la ley de arrendamientos urbanos le sirva de alfombra roja hacia una finca privilegiada con sol y vistas, ahorrándose un dinero que, si hubiera pujado, habría superado los 2 millones de euros.
Francia ha decidido que la mejor forma de arreglar el barrio es apagando la luz y echando a todo el mundo a casa. El primer ministro, Sebastién Lecornu, ha jugado la carta del 'encierro preventivo' este lunes 19 de octubre de 2026, lanzando toques de queda que parecen sacados de una película de época pero con presupuesto moderno. La lista de invitados a este silencio forzado empieza por Lille y se extiende a Douai, Wattignies y Denain. El horario es tajante: de las 20:00 de hoy hasta las 06:00 del martes. Básicamente, si no estás en tu sofá, eres sospechoso. Lecornu, moviéndose con la cautela de quien no quiere romper el jarrón pero ya ha sentido el viento del caos, ha evitado la palabra 'emergencia'. No quiere el ruido mediático de un estado de sitio, prefiere el bisturí: toques de queda 'puntuales y muy localizados'. Es la clásica ingeniería política de intentar tapar una inundación con una servilleta de papel. Mientras la tensión social se disparó el pasado fin de semana, el Gobierno nos vende que hay 'consenso con los alcaldes'. Claro, el consenso es más fácil de alcanzar cuando la alternativa es ver cómo vuela el mobiliario urbano por los aires. Al final, la receta es la de siempre: en lugar de bajar al sótano a ver por qué saltan los plomos, prefieren prohibir que alguien toque el interruptor. Lecornu ha dejado la puerta abierta para que cualquier alcalde que tenga miedo pida el cierre perimetral de su pueblo. Es el modelo 'autoservicio' de la seguridad ciudadana: tú eliges cuánto quieres restringir la libertad de tus vecinos para que el Gobierno pueda decir que tiene la situación bajo control mientras el país sigue hirviendo a fuego lento.
Hay quien dice que la ley es el marco del juego, pero en el Consulado de España en México parece que juegan al Monopoly con el dinero y el prestigio público. El 14 de mayo de 2025, el Gobierno le regaló el pasaporte español a Felipe Salvador Ruiz de Velasco, un caballero de 93 años que tiene la ascendencia española tan lejana como un recuerdo de primaria. El señor no tiene padres ni abuelos españoles; su único vínculo es un bisabuelo, Tomás Ruiz de Velasco Saínz de Baranda, que pasó a mejor vida en 1889. Sí, han leído bien: el bisabuelo murió casi medio siglo antes de que empezara la Guerra Civil. Intentar colar a un bisabuelo del siglo XIX en la Ley de Memoria Democrática es como intentar pagar el alquiler con cupones de descuento caducados desde los años 80. La ley es para hijos y nietos de exiliados, no para quien tenga un ancestro que haya visto nacer a la Restauración borbónica. Lo más surrealista es que un funcionario del consulado dejó un 'pósit' —el grito de auxilio analógico de la burocracia— advirtiendo: «¡Ojo no le corresponde! Cancelar próximamente». Pero en este tablero, el 'pósit' no pesa más que la palabra del jefe. La orden llegó directa del embajador Juan Duarte, un personaje que, además de este 'estirón' administrativo, colecciona denuncias por acoso laboral. Este caso no es un desliz, es un sistema. Tenemos a Juan G., nacionalizado el 9 de junio de 2023, un 'alto cargo' amigo del cónsul que entró en el censo justo antes del 23-J sin papeles que acreditar su origen. Mientras el ciudadano medio pelea con la administración por un certificado, aquí se reparten nacionalidades como si fueran caramelos en una fiesta infantil. Con 2,4 millones de solicitudes sobre la mesa y una interpretación elástica firmada por Sofía Puente, la ley de nietos se ha convertido en un coladero donde la memoria democrática se confunde con la conveniencia electoral.
Hay una receta clásica para el desastre corporativo: un jefe que llega con aires de salvador, llama 'puta' a su propia casa y luego se sorprende de que los empleados no le inviten a las cañas. Álvaro Fernández Heredia, presidente de Renfe, decidió que la mejor forma de 'profesionalizar' la compañía era soltar un diagnóstico demoledor a principios de 2025 ante el órgano mixto con la Generalitat de Cataluña. Según Heredia, en Renfe reina la 'dejadez' y una 'cultura de incumplimiento'. Básicamente, dice que la empresa funciona con la misma eficiencia que un mando a distancia sin pilas. Mientras el usuario medio lucha contra retrasos que parecen eternos, la cúpula se dedica a la gimnasia organizativa. El 2 de junio, Heredia ejecutó una reorganización de su Gabinete de Presidencia que los internos califican de 'barbaridad'. Es como intentar arreglar una gotera moviendo los muebles de sitio. Pero el surrealismo alcanzó su pico en enero de 2026 con 'el chalecazo': los maquinistas de Rodalies, hartos de que la gestión fuera tan deficiente como el material móvil, lanzaron sus chalecos a los pies del presidente tras el trágico accidente en Gelida que dejó dos muertos. Un gesto lapidario que dice más que cualquier PowerPoint. La hipocresía se sirve fría. Mientras el Sindicato de Maquinistas Semaf convoca una huelga para el 29 de octubre denunciando un bloqueo administrativo en seguridad ferroviaria, Heredia se escapaba a Japón con su número dos. El destino no es casual: asistieron a un evento de la IHRA, donde Hitachi —que compite por una licitación de 4.000 millones de euros para nuevos trenes— es protagonista. Mientras en Valencia los maquinistas piden parar los trenes por lluvias y Renfe los tacha de 'arbitrarios', el presidente prefiere mirar el modelo nipón. Quizás es que en Japón los chalecos no vuelan.
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