Hay una urgencia casi mística en los pasillos del Ministerio de Trabajo. Yolanda Díaz ha decidido que el calendario es un mero trámite y que el 29 de noviembre —la fecha del juicio final electoral— es el límite infranqueable. La jugada es sencilla: subir el salario mínimo ahora, aunque sea a ciegas, para dejar el regalo envuelto antes de que el bloque PP y Vox, según las encuestas, pasen la escoba por Moncloa.
Para lograrlo, la ministra ha puesto a los expertos contra las cuerdas.
Les ha dado hasta el 1 de noviembre para presentar una propuesta. ¿El problema? Que calcular la subida sin el dato exacto de la inflación media anual es como intentar hacer la declaración de la renta basándose en lo que crees que gastaste en cafés. El INE no soltará la cifra real hasta mediados de enero, pero a la ministra no le cuadran los tiempos.
Se apoya en el 4,9% de inflación de septiembre, ignorando que ese dato es una foto instantánea y no la película completa del año.
Mientras tanto, el mundo real sigue girando con sus dramas: la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz están jugando al billar con el precio del petróleo y el gas.
En la calle, eso se traduce en que llenar el depósito o encender la calefacción es una ruleta rusa, pero en el despacho ministerial se prefiere la prisa al dato.
La patronal ya huele el truco. Recuerdan aquellos 'viernes sociales' de 2019, cuando se lanzaban reales decretos como quien lanza confeti en una boda, solo para ganar votos.
En 2024 la subida llegó el 6 de febrero; en 2025, el 11 de febrero. Este año, la paciencia ha muerto. Se busca el impacto inmediato, el titular brillante, aunque la aritmética sea, sencillamente, una moneda al aire.
Crítica:
La noticia es un ejercicio de transparencia sobre la urgencia política, aunque el autor se apoya demasiado en 'fuentes empresariales' para validar la analogía con 2019. Falta un análisis técnico sobre cuánto podría variar el SMI según la inflación real frente a la estimada.
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