Crítica:
El texto original es un ejercicio de contraste brutal que deja en evidencia la narrativa oficial. No falta información, pero el enfoque es puramente reactivo al discurso del Gobierno.
El texto original es un ejercicio de contraste brutal que deja en evidencia la narrativa oficial. No falta información, pero el enfoque es puramente reactivo al discurso del Gobierno.
Fatima-Zahra El Mansouri ha aterrizado en el cargo de primera ministra de Marruecos con un discurso que suena a cena familiar, pero que huele a despacho de migración. Con una retórica casi maternal, ha soltado que lo prioritario es que 'vuelvan nuestros hijos a su tierra'. Muy bonito sobre el papel, pero en la calle sabemos que el amor filial tiene una letra pequeña escrita con tinta burocrática y sellos oficiales. La jugada es sencilla: Rabat quiere que los menores que siguen en la ciudad autónoma de Ceuta vuelvan a casa, preferiblemente con sus padres. El problema es que, mientras El Mansouri habla de diálogo y afectos, la realidad es un juego de pasar la pelota. España está ahí, cocinando una nueva reglamentación que el Consejo de Ministros aún no ha tenido la valentía de aprobar. Es como esperar a que el café se haga solo mientras el cliente ya tiene hambre. Aquí está la trampa del tablero: para que el retorno sea legal, Rabat tiene que hacer el trabajo sucio. Localizar a los padres, llevarlos a la frontera y contestar a los expedientes que España ya les ha enviado por correo. Es decir, el Gobierno español ya ha pasado la factura y los datos, pero Marruecos prefiere hablar de 'hijos' antes que de 'trámites administrativos'. Al final, nos venden una historia de repatriación emocional cuando lo que hay es un atasco de papeles. Mientras la diplomacia se viste de gala y usa palabras dulces, los expedientes siguen cogiendo polvo en algún cajón de Rabat. Mucho corazón en el discurso, pero muy poca mano en el teclado para cerrar los expedientes pendientes.
Ángel Víctor Torres ha aterrizado en Ceuta para hacernos un favor: explicarnos que, en el complejo tablero de la crisis migratoria, los menores no son piezas de dominó que se puedan tumbar y devolver al país de origen así como así. El ministro presume de que "ni un solo" menor ha sido devuelto a Marruecos, porque, claro, hay que seguir el protocolo, que es como el manual de instrucciones de un mueble de IKEA: si te saltas un paso, todo el sistema se derrumba. Mientras tanto, el Gobierno ha enviado diez expedientes de reagrupación familiar a Rabat, moviendo los papeles con la parsimonia de quien sabe que el reloj no corre igual para todos. Para aliviar la presión en la ciudad autónoma, han aplicado la técnica del reparto de cartas: 69 menores han sido reagrupados con familias en la península y otros 144 han sido repartidos por diversas Comunidades Autónomas. Es la gestión del espacio en tiempo real. El despliegue es masivo: 20 recursos para menores y una filiación de 2.566 personas que ya tienen nombre y apellidos en el sistema. Pero ojo, que con los adultos la música cambia. Aquí no hay manuales de instrucciones delicados, sino una puerta giratoria. Desde el 10 de agosto, 8.223 personas han hecho el camino de vuelta a Marruecos por la vía del "retorno voluntario" —ese eufemismo elegante para decir que prefieren volver antes de que el expediente de devolución les pise los talones—. A esto sumamos 453 expulsiones por delitos y 3.336 triajes, donde un 30% ni siquiera pide asilo, facilitando que la maquinaria de retorno funcione sin chirridos. El objetivo final es estético: limpiar las playas para el 15 de octubre. Tras mover a 400 personas de la playa de Benítez a Loma Colmenar, el Gobierno celebra una operación "exitosa". Ahora toca el tetris inmobiliario: 63 mujeres en La Hípica, 540 al antiguo campo de fútbol de Caballería y 300 familias cerca de la Mezquita. El recurso junto a la cárcel de Fuerte Mendizábal queda como el as bajo la manga, el último refugio antes de admitir que, aunque los números bailen, todavía no saben cuánta gente hay realmente en la ciudad.
Hay una diferencia abismal entre tener el teléfono más caro del mercado y saber contestar una llamada cuando el patio se está incendiando. Juan Jesús Vivas, el presidente de Ceuta, acaba de contarle a la juez María Tardón que intentar hablar con Pedro Sánchez entre el 27 y el 29 de julio fue como intentar pillar cita con el dentista en vísperas de Navidad: imposible. Diez llamadas. Diez intentos de avisar que la situación estaba al límite y lo único que recibió fue el eco del silencio o, con suerte, tres respuestas tibias de un director de Gabinete que probablemente estaba más pendiente de la agenda de verano que de la frontera. Mientras el CNI soltaba la alerta el 29 de julio a las 13:52 horas —avisando que había 180.000 seguidores en redes sociales organizando un 'asalto por valla y mar'—, en Moncloa parecían estar en modo avión. Para cuando llegaron los 80.000 marroquíes los días 30 y 31 de julio, el aviso de riesgo 'EXTREMO' del CENIF ya era un mueble más de la oficina. Vivas pidió emergencia nacional y mando único, pero el Ejecutivo central decidió que los refuerzos de seguridad eran un lujo prescindible. Ahora, en los pasillos de la Audiencia Nacional, se habla de ataques a la integridad territorial y organización criminal. Vivas se marcha 'satisfecho' de declarar, aunque deja caer que el exdelegado Miguel Ángel Pérez Triano tiene la llave de algunas respuestas. Es la clásica historia de la administración: el de abajo grita que el barco se hunde y el de arriba responde que no puede atender la llamada porque está en una reunión. Solo que aquí, el naufragio no fue una metáfora, sino una entrada masiva que el Estado vio venir en el móvil y decidió ignorar.
Hay algo fascinante en la burocracia española: la capacidad de convertir un árbol genealógico en una herramienta de ingeniería electoral. La 'ley de nietos', diseñada para sanar heridas históricas de exiliados entre 1936 y 1955, ha terminado siendo el 'vale todo' de los censos madrileños. En Collado Villalba, Mariola Vargas ha soltado la alarma: el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) ha subido un 19% respecto a 2019. Hablamos de 227 nuevos votantes que elevan la cifra a 1.439 personas. Para un pueblo de 67.000 habitantes, que el 3% del censo sea gente que probablemente no sabe dónde queda la plaza del pueblo es, cuanto menos, curioso. Pero el surrealismo alcanza cotas estratosféricas en Tres Cantos. Jesús Moreno se pregunta cómo es posible que haya 215 nuevos inscritos en un municipio que nació en 1991. Es matemática básica: nadie puede ser descendiente de un exiliado político de Tres Cantos porque el pueblo no existía cuando la gente huía del país. Es como intentar reclamar una herencia de un abuelo que vivió en un edificio construido ayer. Y luego tenemos el caso de Madarcos, la joya de la corona del absurdo. En el municipio más pequeño de Madrid, con apenas 70 vecinos, hay más votantes en el CERA que personas viviendo físicamente en el pueblo. Básicamente, el pueblo es un cascarón donde los residentes reales son minoría frente a los 'nietos' invisibles. Mientras Isabel Díaz Ayuso pide a la JEC que se acabe el registro automático y se exijan papeles reales, los alcaldes miran el censo como quien mira la factura de la luz tras un invierno helado: con horror y la sensación de que alguien les está tomando el pelo.
Hay una ironía deliciosa en ver que el 15M, aquel movimiento que nació gritando que 'no nos representan', haya terminado fabricando vicepresidentes que ahora piden movilizarse contra su propio espejo. El escenario es la Puerta del Sol, donde centenares de personas acampan esperando que Pedro Sánchez, en un arranque de generosidad temporal, apruebe este martes un real decreto sobre vivienda. Todo esto detonado el 23 de septiembre por el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años que ha logrado que el Ejecutivo diga que trabaja 'contra reloj'. Claro, porque después de ocho años en el sillón, parece que el reloj acaba de llegar a la oficina. Ana Rosa Quintana, con el bisturí afilado, ha recordado que mientras el ciudadano medio lucha por no terminar viviendo en un cajón, el Gobierno presume de una 'ausencia de competencias' casi mística. Para la presentadora, el balance es un agujero negro: 300.000 desahucios (con Cataluña llevando la delantera) y una promesa de construcción de viviendas que se quedó en el aire, muy lejos del millón de casas prometidas. Es la danza de la incompetencia: si hay un apagón, es culpa de las eléctricas; si hay una DANA, de la Generalitat; si hay caos en Ceuta, de Vivas. Un gobierno que no es responsable de nada, excepto de existir. Pero el plato fuerte llega con Yolanda Díaz. La vicepresidenta, en la 49ª Fiesta del PCE junto a CCOO y UGT, sugirió movilizarse contra el Gobierno de España. Ana Rosa ha traducido esto al lenguaje de la calle con una propuesta disruptiva: que Yolanda monte su tienda Quechua frente a su propia casa de 443 metros cuadrados en la Castellana. Porque no hay nada más vanguardista que protestar contra la precariedad desde un piso que tiene más espacio que algunos colegios públicos. Como dice la rubia: 'no hay pan para tanta chistorra'.
Hay una magia casi mística en la salud de ciertos personajes públicos: una capacidad camaleónica para estar 'demasiado enfermo para el juez' pero 'perfectamente lúcido para el brindis'. Jordi Pujol, el patriarca que durante 30 años jugó al escondite con una fortuna en Andorra, ha descubierto que el Alzheimer es un traje a medida que se puede quitar y poner según la agenda. Tras eludir un proceso judicial que le reclamaba nueve años de cárcel por una ingeniería financiera familiar que haría palidecer a cualquier banquero suizo, el 'expresident' ha vuelto a la carga con una agenda más apretada que la de un candidato en campaña. La coreografía es perfecta. Primero, el blindaje médico: marcadores de Alzheimer y una memoria verbal en ruinas que lo exoneraron por incapacidad. Pero, ¡milagro! Apenas seis meses después, el nonagenario recupera la oratoria para dar lecciones de realismo político. Desde el Palau de la Generalitat en 2024 hasta el Palau de Pedralbes en 2025, Salvador Illa ha oficiado como el anfitrión de esta rehabilitación, recibiéndolo con la naturalidad de quien saluda a un vecino, ignorando que la causa contra sus siete hijos por blanqueo y asociación ilícita sigue esperando sentencia. El calendario de octubre es el colmo del surrealismo. El lunes 5, Pujol rendirá tributo a Lluís Prenafeta, su mano derecha de los 80 y condenado en el caso Pretoria. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación, el entorno convergente organiza mesas redondas con figuras como José Antich y Vicent Sanchis para pulir el legado del patriarca. Entre visitas a los Gegants de Convergència en Mataró y guiños en la Pedrera con Víctoria Asina, Pujol se pasea por una Cataluña que, aunque él admita que ya no lo incluye, sigue siendo su tablero de juego. Una rehabilitación sin rebozo donde la ética es un accesorio opcional.
En el fútbol, como en la vida, el que calla otorga y el que no presiona, termina pagando la cuenta. Mientras en Moncloa parecen creer que la final del Mundial 2030 llegará al Santiago Bernabéu por pura cortesía, en Rabat ya están celebrando el banquete. La realidad es que España ha entrado en esta negociación con la ingenuidad de quien va al mercado sin lista y termina comprando lo que el vendedor quiere encasquetarle. Santi Cañizares lo ha soltado sin anestesia: ahora mismo, Marruecos está más preparado que Madrid. Y no es solo cuestión de cemento, aunque el Gran Estadio de Hassan II en Casablanca, para 115.000 espectadores, sea un monumento a la ambición que deja nuestro despliegue como un proyecto de fin de curso. La jugada maestra ha sido política. Fouzi Lekjaa, presidente de la Federación de Fútbol de Marruecos, ha escalado hasta convertirse en primer ministro, transformando el deporte en un asunto de Estado. Mientras tanto, Pedro Sánchez parece haber mordido la zanahoria que le puso Gianni Infantino, según las palabras del ahora ex-presidente de la RFEF, Luis Rubiales. Es la diplomacia del silencio frente a la agresividad de Rabat. Marruecos no solo tiene el apoyo de la Confederación Africana de Fútbol (CAF) y el mundo árabe para blindar la reelección de Infantino, sino que juega la carta de Washington. Con Donald Trump en el tablero, la alianza geopolítica de Marruecos pesa más que cualquier promesa ibérica. Javier Tebas ya ha encendido la alarma: si Infantino sigue al mando, el Bernabéu puede quedarse en un sueño húmedo. Rafael Louzán, el optimista oficial de la RFEF, sigue vendiendo esperanzas, pero en la calle sabemos que cuando el pescado ya está vendido, solo quedan las espinas. España ha regalado cuotas de poder sin pedir garantías, y ahora nos sorprende que el dueño de la fiesta quiera cambiar la ubicación del baile.
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