La 'ley de nietos' llega a la Junta Electoral: los funcionarios piden que no pueda votar quien no pruebe relación con el exilio

Ley de nietos: ¿Reparación o fábrica de votos?

politica Una ilustración conceptual satírica. Un sello oficial gigante cayendo sobre un mapa mundi, donde el sello tiene la forma de una urna electoral. Alrededor, una fila interminable de personas de diversas edades sosteniendo árboles genealógicos que parecen recibos de compra. Estilo editorial de revista política, colores contrastados, atmósfera de oficina burocrática surrealista.

Parece que en los consulados se han tomado lo de 'reparación histórica' como un 'todo incluido'. La Ley de Memoria Democrática, cariñosamente llamada la ley de nietos, ha pasado de ser un acto de justicia a una especie de campaña de marketing agresivo. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, en Paraguay y Caracas el cónsul se ha puesto la capa de animador y ha empezado a invitar a bisnietos y tataranietos a sumarse al club, como si estuvieran repartiendo cupones de descuento en el supermercado.

El problema es que el sindicato CSIF, los que realmente pican piedra en las oficinas, han dicho 'basta'. Han aterrizado un escrito en la Junta Electoral Central porque se niegan a ser el escudo humano de una posible ingeniería electoral. El punto crítico es una instrucción del 25 de octubre de 2022 que, básicamente, presume que cualquiera que se largara de España entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955 era un exiliado político.

Es un salto de fe administrativo: si te fuiste en esa ventana temporal, el Ministerio de Justicia te pone la alfombra roja sin pedirte que pruebes que te perseguían por tus ideas o tu orientación sexual. Alberto Núñez Feijóo ya habla de una 'fábrica de españoles' y el PP huele que esto puede mover cientos de miles de votos en el exterior.

CSIF no pide cerrar la persiana, sino que se deje de presunciones y se exijan pruebas. Quieren que la Oficina del Censo Electoral limpie la lista y que los ayuntamientos no den de alta a cualquiera que tenga un abuelo que emigró por hambre o trabajo, no por política. Al final, los funcionarios temen que, cuando llegue la hora de rendir cuentas, la responsabilidad disciplinaria no se la lleven los que firmaron la instrucción, sino el que puso el sello en el mostrador.

Crítica:

El texto original es una crónica de hechos correcta, pero le falta courage para llamar 'fraude' a la presunción de exilio sistemática. Se queda en la superficie de la disputa partidista sin analizar el vacío legal creado por el Ministerio.

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