Crítica:
La noticia carece de declaraciones directas de los alumnos afectados, lo que la hace unilateral. El titular, aunque llamativo, podría ser más específico. Parece más un desahogo que una investigación profunda.
La noticia carece de declaraciones directas de los alumnos afectados, lo que la hace unilateral. El titular, aunque llamativo, podría ser más específico. Parece más un desahogo que una investigación profunda.
Mientras el bolsillo tiembla con la inflación, parece que a algunos les arde más la mecha religiosa. Mayo ha cerrado con 37 ataques contra iglesias y espacios cristianos en Europa, según el Observatorio OIDAC Europe. Trece de esos incidentes, directamente relacionados con fuego. Sí, fuego. ¿Estamos en la Edad Media o en 2026? Alemania, Francia e Italia lideran el 'ranking' de la intolerancia con diez, ocho y ocho incidentes respectivamente, dejando a Polonia, Irlanda y hasta Grecia con el humo en los ojos. No son solo llamas. Hablamos de robos de objetos religiosos, agresiones físicas (una monja polaca sin su cruz, ¡el colmo!), y pintadas que incitan a la quema de templos en Génova. En España, la Verge de la Pau en Òdena (Barcelona) amaneció con el altar destrozado y una página de la Biblia convertida en cenizas. Pero la cosa va más allá de los edificios. La hostilidad, según OIDAC, se extiende a las personas. Un café cristiano en Leipzig, tras 26 ataques en dos años y medio, ha bajado la persiana. Grecia, por su parte, registra más de 4.400 incidentes contra la Iglesia ortodoxa entre 2015 y 2024, un 96% de los ataques religiosos del país. OIDAC avisa: la cifra real podría ser mayor, porque no todos los 'agujeros' en la fe se documentan. El dato frío: 37 incidentes. La traducción callejera: a alguien no le gusta lo que predicamos, y lo demuestra a base de fuego y pintura.
El Ingreso Mínimo Vital (IMV), ese parche social que prometía ser salvación, se ha convertido en un laberinto kafkiano para miles de españoles. No es que la pobreza no exista, es que ahora viene con un plus de burocracia y facturas imposibles. Mientras Pedro Sánchez presume de cifras, la Plataforma de Afectados por los Cobros Indebidos (más de 3.000 miembros en Facebook, ojo) denuncia que la Seguridad Social está reclamando dinero que, irónicamente, ya se gastaron en sobrevivir. ¿El sistema te da con una mano y te quita con la otra? Bingo. Estamos hablando de cantidades que, para familias al borde del precipicio, son auténticos sablazos. El drama se agrava porque, según la plataforma, los errores administrativos son la norma, no la excepción. Algunos incluso intentan avisar, pero sus cartas se pierden en el limbo burocrático. Otros, ante la imposibilidad de devolver lo que no tienen, recurren a medidas drásticas: cancelar cuentas, vivir con el agua al cuello... Y no olvidemos las 40.000 firmas en Change.org, un grito desesperado que clama por cordura. Pero la cosa no acaba ahí. Un informe de la Airef revela que el IMV, lejos de incentivar el trabajo, lo desalienta. Un 12% menos de posibilidades de encontrar empleo, un 20% menos si la nómina promete ser decente. Y lo peor: el 90% de los beneficiarios lleva más de un año cobrando, el 60% supera los tres años. ¿Dónde quedó la idea de una ayuda de emergencia? Desde mayo, el IMV ha llegado a 862.859 hogares, con un coste acumulado de 20.831 millones de euros. Una cifra que, vista así, parece más un agujero negro que un escudo social. La pregunta es: ¿quién paga los platos rotos?
Calvià, Mallorca, ha decidido que el Mundial 2026 es asunto de estado… o, al menos, de los bares. El alcalde, Juan Antonio Amengual (PP), ha decretado una prórroga horaria para que nadie se pierda un gol, una prórroga o, Dios no lo quiera, los penaltis. ¿La razón? Equilibrar el derecho a ver fútbol con el derecho a dormir… o a no tener que escuchar a los vecinos gritar “¡Goooool!” a las 2 de la mañana. La normativa, que ya se probó con éxito en la Eurocopa 2024, permite a los bares alargar hasta 15 minutos su horario si un partido está en juego al cierre. 15 minutos, el tiempo justo para digerir una derrota o celebrar una victoria. Pero ojo, que no todo vale. A medianoche, el volumen baja, y las pantallas deben mirar al interior, porque en Calvià, la tranquilidad del guiri es sagrada. La medida beneficia a los fans de España, Alemania, Inglaterra y Escocia, y se aplica hasta la final del 11 de julio. ¿El coste? Aún no lo sabemos, pero seguro que es menor que el impacto de un penal fallado en el minuto 90. Mientras tanto, los hosteleros deben colaborar, bajo amenaza de multa, para que la fiesta no se convierta en un caos. En resumen, un bando municipal para que el Mundial no interrumpa las vacaciones… y los beneficios.
Madrid, 11 de junio de 2026. Mientras el IBEX 35 se pavonea y las autonomías se quejan de la financiación, el centro de menas Arteaga en Carabanchel ha declarado la guerra… a las chinches. Sí, esos pequeños vampiros de la cama, que campan a sus anchas como si fueran inversores extranjeros en un paraíso fiscal. Los empleados públicos, lejos de sentirse héroes de la integración, se sienten abandonados, picoteados y con la moral por los suelos. La primera alerta saltó el 23 de marzo. Chinches en el comedor, en las neveras, ¡hasta en las taquillas! Una invasión silenciosa que KUO, la empresa de seguridad, y el centro, gestionado bajo la batuta del Gobierno de Pedro Sánchez, ignoraron olímpicamente. Tras la segunda denuncia en abril, la respuesta fue… mascarillas. Mascarillas contra chinches. Genial. Algunos trabajadores de Cruz Roja, literalmente mordidos por el problema, acabaron de baja médica. Y no solo ellos; incluso los propios menores extranjeros no acompañados se han visto afectados, aunque el centro maneja la información “internamente”, porque la transparencia, ya saben, es un lujo. El Real Decreto 664/1997 exige evaluar y prevenir riesgos biológicos, pero parece que las chinches no entran en esa categoría. Tragsa hizo un tratamiento “superficial”, como ponerle un parche a un iceberg. Y mientras tanto, los vigilantes de seguridad, además de velar por el orden, deben hacer de auxiliares de limpieza, porque en este país, la polivalencia es la nueva norma. FTSP USO Madrid reclamó EPIs (Equipos de Protección Individual) y controles médicos para los residentes, pero sus peticiones se perdieron en el laberinto burocrático. En el centro, además de chinches, también se han detectado casos de tuberculosis, varicela y sarna. Un cóctel de bienvenida para los recién llegados. La situación es tan grotesca que roza lo surrealista. Mientras los políticos debaten sobre inmigración, las chinches se reproducen sin control, y los empleados públicos se preguntan si han entrado en una pesadilla kafkiana.
Malú, la voz que vendió un millón de copias con 'Aprendiz' a los 15 años (y con ella, la excusa perfecta para saltarse el instituto), se enfrentó a una noche de contrastes en 'El Hormiguero'. Mientras Pablo Motos, con su sonrisa de presentador profesional, relataba la voracidad de la cantante con la merienda de David de Jorge –morcilla, chistorra, pollo, lechazo y pan de pueblo, un festín digno de un rey, o de una artista con ansiedad–, Malú confesaba haber pasado “muy mal” consigo misma, lidiando con un síndrome del impostor que, irónicamente, no impidió la venta de quince álbumes. Quince, número místico en su vida, pero que no parece protegerla de las pullas de Trancas y Barrancas. La cosa escaló cuando las hormigas, con su particular sentido del humor, le recordaron su origen escolar –“Cantabas para no ir al colegio y llamas al disco Aprendiz”–, provocando la genuina incomprensión de Malú: “No entiendo ese humor”. La reacción de Motos, una pausa para “reflexionar”, fue la guinda de una noche que demostró que, incluso para las estrellas, el sablazo del humor ajeno puede ser más indigesto que un festín de productos ibéricos. El episodio, digno de un meme instantáneo, revela cómo la búsqueda de la autoaceptación, tras 28 años, puede verse interrumpida por un chiste mal digerido en horario de máxima audiencia. Y todo, mientras la cuenta de Twitter del programa (@El_Hormiguero) publicaba un vídeo de Malú proclamando su felicidad, ajena a la tormenta de morcilla y sarcasmo.
Cuatro mil ciento veintiséis. Ese es el número de aspirantes a futuro brillante en Marruecos que, según el Ministerio de Educación, decidieron que la honestidad era opcional durante el examen de bachillerato. Un 49% más que el año pasado. ¡Casi la mitad! Mientras tú te preocupas por si te ha subido el precio del aceite de oliva, ellos se preocupaban por cómo colar en un sistema que, por cierto, ya estaba diseñado para pillarles. El Ministerio, con la calma china de quien ya espera estos sobresaltos, asegura que todo se desarrolló en un ambiente “bueno y positivo”. Un ambiente bueno y positivo salpicado de trampas, vaya. La operación 'Pillar Tramposos' movilizó a 31.622 profesores correctores, que ahora tendrán que decidir qué hacer con estos 4.126 alumnos. ¿Sanciones? ¿Repetición de curso? ¿Un curso intensivo de ética? Mientras, 464.919 estudiantes, con una asistencia del 96,5% (los que se apuntaron) y un 52,7% (los valientes), sudaban tinta para demostrar lo que saben. Los resultados, como siempre, se anunciarán después del 16 de junio, un día después de las deliberaciones. Todo un ritual. Y mientras tanto, la vida sigue, con el aroma a corrupción académica flotando en el aire. Porque, seamos sinceros, la creatividad para hacer trampas a veces supera a la creatividad para estudiar.
Móstoles se planta en el mapa... pero no precisamente por sus parques. La ciudad, otrora un remanso de paz en la Comunidad de Madrid, ahora presume de ser la segunda con mayor crecimiento de la criminalidad convencional, un escalofriante 12,6% más que el año pasado. Alcorcón, con un 30,2%, se lleva la palma, pero Móstoles le pisa los talones como quien no quiere la cosa. ¿Qué significa esto? Pues que, mientras el Gobierno de España presume de eficacia policial, en Móstoles la cosa se pone fea. El dato frío: de 1.488 delitos en 2025, se ha pasado a 1.675. No, los homicidios no han aumentado (siguen en cero, gracias a la estadística), pero los robos con fuerza en domicilios sí, un impactante 80,6%. O sea, que si dejas la ventana abierta, no solo te robarán el móvil, sino que probablemente te vacíen la casa. Y la cosa no acaba ahí: los delitos contra la libertad sexual se han disparado un 150%, pasando de 8 a 20. La cibercriminalidad, eso sí, baja un 0,8%, pero eso no consuela a nadie que haya sido víctima de un robo a mano armada. Mientras tanto, en Parla la delincuencia baja un 15,5%. ¿Será que tienen mejores cerrojos? O quizás más patrullas. En fin, Móstoles es ahora un lugar donde hay que andar con los ojos bien abiertos, porque la seguridad, al parecer, es un lujo que no todos pueden permitirse. Y todo esto, mientras los políticos se dan palmaditas en la espalda por los 'buenos' datos generales.
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