Crítica:
El comunicado del Ministerio parece escrito por un robot. Falta contexto sobre las medidas preventivas y la raíz del problema. ¿Es un fallo del sistema educativo o simplemente falta de escrúpulos?
El comunicado del Ministerio parece escrito por un robot. Falta contexto sobre las medidas preventivas y la raíz del problema. ¿Es un fallo del sistema educativo o simplemente falta de escrúpulos?
Móstoles se planta en el mapa... pero no precisamente por sus parques. La ciudad, otrora un remanso de paz en la Comunidad de Madrid, ahora presume de ser la segunda con mayor crecimiento de la criminalidad convencional, un escalofriante 12,6% más que el año pasado. Alcorcón, con un 30,2%, se lleva la palma, pero Móstoles le pisa los talones como quien no quiere la cosa. ¿Qué significa esto? Pues que, mientras el Gobierno de España presume de eficacia policial, en Móstoles la cosa se pone fea. El dato frío: de 1.488 delitos en 2025, se ha pasado a 1.675. No, los homicidios no han aumentado (siguen en cero, gracias a la estadística), pero los robos con fuerza en domicilios sí, un impactante 80,6%. O sea, que si dejas la ventana abierta, no solo te robarán el móvil, sino que probablemente te vacíen la casa. Y la cosa no acaba ahí: los delitos contra la libertad sexual se han disparado un 150%, pasando de 8 a 20. La cibercriminalidad, eso sí, baja un 0,8%, pero eso no consuela a nadie que haya sido víctima de un robo a mano armada. Mientras tanto, en Parla la delincuencia baja un 15,5%. ¿Será que tienen mejores cerrojos? O quizás más patrullas. En fin, Móstoles es ahora un lugar donde hay que andar con los ojos bien abiertos, porque la seguridad, al parecer, es un lujo que no todos pueden permitirse. Y todo esto, mientras los políticos se dan palmaditas en la espalda por los 'buenos' datos generales.
La Federación Americana de Maestros (AFT) ha lanzado una bomba. No, no una bomba literal, aunque algunos padres ya deben estar pensando en dinamitar las iPads. Randi Weingarten, presidenta de la AFT, la segunda unión de maestros más grande de EE.UU., ha declarado la guerra a la inteligencia artificial en las aulas de primaria. La excusa, según sus diez demandas presentadas en el National Press Club, es que los niños se nos están convirtiendo en sus 'amigos' virtuales y eso, amigos, es un sablazo directo al desarrollo cognitivo y social. La AFT no pide una hoguera de Chromebooks (¡tranquilos, los de Google!), sino algo más sutil: prohibir los sistemas de IA en primaria y las pantallas para los más peques, hasta segundo grado. También quieren poner un cerrojo a los chatbots para menores de 16 años, esos que ya están adoptando las escuelas a un ritmo que da escalofríos. Weingarten teme perder una generación de niños, una frase que suena a drama apocalíptico, pero que esconde una preocupación real: ¿estamos cambiando el trabajo de enseñar y aprender por un simple algoritmo? Un estudio del Brookings Institution, esa gente que se dedica a pensar por nosotros, respalda la postura de la AFT. La IA, al parecer, no es tan inocente como parece y puede hacer más daño que bien. Mientras los gigantes tecnológicos nos venden la moto de la educación del futuro, la AFT nos recuerda que el futuro, a veces, es mejor sin 'amigos' de silicio. Y todo esto, mientras la lista de la compra sigue siendo más compleja que un modelo de lenguaje grande.
¡Diecisiete millones de dólares por un espejismo! Así, a grandes rasgos, se resume la aventura de la California State University (CSU) con ChatGPT Edu, la versión 'light' de OpenAI. Un pelotazo publicitario, una jugada de marketing para que la universidad se sintiera a la última, mientras la mayoría de sus más de 500.000 estudiantes y profesores miraban el experimento con más cara de '¿y esto qué pinta aquí?' que de '¡Eureka!'. La encuesta lo deja claro: un 65% de los estudiantes y un 59% del profesorado son escépticos. ¿El motivo? Pues, según la profesora Jennifer Trainor, “les preocupa el impacto ambiental, el sesgo, la pérdida de empleos y la supresión de su creatividad”. Vamos, que el futuro 'supercharged' que prometía OpenAI suena a sablazo en la factura. Un 80% de los alumnos, por cierto, no se atreven a entregar trabajos generados por IA como propios, y casi el 84% sí la usan, pero con recelo. La CSU, en su afán de ser pionera, gastó 17 millones en el primer año y acaba de renovar el contrato por 13 millones anuales durante tres años. ¡Treinta y nueve millones en total! Ironías de la vida, todo esto mientras la universidad enfrenta recortes presupuestarios de 144 millones. Es como si te hubieran vendido un Ferrari con el depósito vacío y la promesa de que te llevaría a la luna. El 'branding opportunity', como lo llamaron internamente, ha resultado ser más bien un agujero negro de dinero y desconfianza. La resistencia estudiantil es palpable, y figuras como Martha Kenney lideran peticiones para dar marcha atrás. ¿El problema? Que la IA, además de generar dudas éticas, parece que afecta a la capacidad de pensar y la memoria, según algunos estudios. En resumen, la promesa de la IA se ha estrellado contra la dura realidad del aula.
El trono, ese lugar donde uno busca paz y privacidad, es en realidad un campo de batalla silencioso. ¿Quién diría que el váter, ese artefacto de porcelana, ha sido el verdugo en más de una ocasión? Desde el duque Godfrey de Lorena, vilmente apuñalado en 1076 mientras atendía una llamada de la naturaleza, hasta el fatídico colapso de la catedral de Erfurt en 1184, donde 60 nobles encontraron su fin en una fosa séptica improvisada, la historia está repleta de desastres higiénicos. En EE. UU., unas 40.000 lesiones anuales se atribuyen directamente al inodoro: pellizcos, caídas (especialmente entre los mayores), e incluso el peligroso esfuerzo al defecar que puede provocar un infarto. La constipación, señores, es un asunto serio. Y ni hablar de los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial, donde un simple error al tirar de la cadena desató una fuga de cloro gaseoso y tres muertes. O los electrocuciones en prisiones, cortesía de un cable mal conectado y un inodoro de metal. Pero no todo es historia antigua. En Tailandia, una pitón decidió saludar a un usuario en 2016. Y en Australia, las arañas viudas negras y rojas siguen tejiendo sus redes bajo los asientos de los letrinas, esperando una víctima desprevenida. Slim Newton, un cantante country, inmortalizó el peligro en su canción “The Redback on the Toilet Seat”. La última muerte confirmada por una mordedura de viuda negra fue en 1983, pero el peligro sigue latente. Así que, la próxima vez que se siente en el trono, recuerde: el peligro puede estar agazapado debajo.
La vida, señores, es una sitcom de mal gusto. Mientras algunos debaten si un café con leche es de primera necesidad, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha decidido que una pensión de invalidez de 604,2 euros al mes es un billete de ida y vuelta a Marruecos. O, mejor dicho, un permiso de estancia limitado. Nuestra protagonista, beneficiaria desde 2013, se permitió el lujo de pasar más de 90 días al año en el país vecino durante cuatro años consecutivos: 135 días en 2018, 136 en 2019, ¡260 en 2020!, y 149 en 2021. ¿El pecado capital? Superar la cuota de sol y té a la menta permitida por la normativa. El resultado: una deuda de 32.857,2 euros que le ha salido más cara que el vuelo. Y no es solo eso. Resulta que la familia también tenía ingresos superiores a los permitidos (73.291,08 euros en 2021, con la hija también cobrando una pensión por incapacidad). Un 'agujero contable' detectado a posteriori, claro. La excusa de la pandemia en 2020, con las restricciones de movilidad, fue recibida con la misma empatía que un citatorio del banco. El tribunal, inflexible, recordó que existían “mecanismos” para regresar. Mecanismos que, aparentemente, no incluían el sentido común. La cosa no acaba ahí. La señora también recibía una pensión marroquí de 96,68 euros al mes y un complemento de entre 36 y 38 euros. Pequeñas alegrías que, sumadas, han desatado la furia de la justicia. Porque, se entiende, es más grave pasar tiempo en Marruecos que la desigualdad estructural que obliga a una persona a buscar ingresos donde pueda. En resumen, una historia que huele a oportunismo, sí, pero también a una burocracia despiadada que mide la vida en días y euros, sin considerar las circunstancias humanas. Y con un final que deja un sabor amargo: devolver 32.857,2 euros, más la pérdida de la pensión. Un sablazo de esos que te dejan sin aliento.
La Playa de Palma se ha convertido en un escenario de reality show low cost, cortesía de turistas alemanes y holandeses con más sed de viralidad que de sol. Olvídate de construir castillos de arena; aquí se construyen humillaciones públicas a base de chupitos y bofetadas. Un juego, dicen, donde el beso es el premio para el afortunado y el escarnio, la recompensa para el despistado. Mientras el precio medio de la sangría se dispara como la espuma, estos jóvenes parecen dispuestos a todo por un 'like'. ¿El coste de la entrada? Un trago de ginebra y el riesgo de acabar con un chichón. Las imágenes, grabadas con la omnipresente cámara del móvil, muestran cómo la Playa de Palma se desmarca como el nuevo coliseo romano, donde los turistas, en lugar de gladiadores, son conejillos de indias de la búsqueda desesperada de atención online. El juego, que ha saltado a las redes sociales, ha generado una ola de reacciones encontradas. Algunos lo ven como una simple diversión, una broma pesada entre amigos. Otros, como una muestra más del turismo de excesos que azota a Mallorca, donde el alcohol fluye a raudales y el respeto a los demás parece haberse ido de vacaciones. La Policía Local, por el momento, observa. ¿Qué esperan? ¿Que alguien pida una tregua antes de que la cosa escale a guerra abierta de vasos de plástico? El pasado 7 de junio de 2026, los testigos presenciales describieron un ambiente de euforia descontrolada, con grupos de jóvenes animando a los participantes y compartiendo las imágenes en tiempo real. La cifra de turistas implicados se estima en cientos, convirtiendo la Playa de Palma en un hervidero de testosterona, hormonas y alcohol. En resumen, la Playa de Palma es ahora un escaparate de la estupidez humana, patrocinado por el turismo masivo y amplificado por las redes sociales. Un circo donde la vergüenza ajena es el principal atractivo y donde el único límite parece ser la falta de imaginación.
Bad Bunny, el ídolo de Puerto Rico, ha convertido sus conciertos en Madrid en un campo de batalla (no por las entradas, sino por el acceso a 'La Casita'). Esta zona VIP, más exclusiva que el caviar, ha desatado una tormenta en redes sociales. ¿El motivo? Unos “ojeadores” deciden quién comparte escenario con el artista, y los elegidos, al principio, parecían sacados de un catálogo de belleza prefabricado. Cecilia Bizzotto, socióloga y sexóloga de JOYclub España, lo explica sin tapujos: aunque el discurso de inclusión ha pegado fuerte, seguimos prefiriendo lo que nos resulta familiar, y eso, en términos estéticos, suele ser sinónimo de juventud y delgadez. Lo que ocurre en 'La Casita' no es nuevo; es el reflejo de algo más profundo. ¿Por qué valoramos a las mujeres por su apariencia y a los hombres por su cuenta bancaria? ¿Es este el sistema patriarcal del que todos hablan? Bizzotto advierte que esta jerarquía de cuerpos no es solo una cuestión de vanidad; impacta en nuestra autoestima, en cómo nos vemos y, por extensión, en cuánto gastamos en intentar alcanzar un ideal inalcanzable. El negocio de la insatisfacción, señores. El debate, aunque aparentemente trivial, pone en evidencia cómo la cultura popular, la publicidad y las redes sociales moldean nuestros deseos. Bad Bunny, a veces subversivo, a veces cómplice, se ha convertido en el centro de un debate que nos concierne a todos. Porque al final, la pregunta no es quién entra en 'La Casita', sino quién decide qué cuerpos merecen ser vistos y por qué. Y esa decisión, a menudo, está cargada de prejuicios y estereotipos que creíamos superados. Hasta los ojeadores de Bad Bunny, sin quererlo, han convertido un concierto en un espejo incómodo.
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