Crítica:
La noticia se centra demasiado en la reacción de la AFT, sin profundizar en los argumentos de quienes promueven la IA en las escuelas. El titular es sensacionalista y simplifica un debate complejo.
La noticia se centra demasiado en la reacción de la AFT, sin profundizar en los argumentos de quienes promueven la IA en las escuelas. El titular es sensacionalista y simplifica un debate complejo.
¡Diecisiete millones de dólares por un espejismo! Así, a grandes rasgos, se resume la aventura de la California State University (CSU) con ChatGPT Edu, la versión 'light' de OpenAI. Un pelotazo publicitario, una jugada de marketing para que la universidad se sintiera a la última, mientras la mayoría de sus más de 500.000 estudiantes y profesores miraban el experimento con más cara de '¿y esto qué pinta aquí?' que de '¡Eureka!'. La encuesta lo deja claro: un 65% de los estudiantes y un 59% del profesorado son escépticos. ¿El motivo? Pues, según la profesora Jennifer Trainor, “les preocupa el impacto ambiental, el sesgo, la pérdida de empleos y la supresión de su creatividad”. Vamos, que el futuro 'supercharged' que prometía OpenAI suena a sablazo en la factura. Un 80% de los alumnos, por cierto, no se atreven a entregar trabajos generados por IA como propios, y casi el 84% sí la usan, pero con recelo. La CSU, en su afán de ser pionera, gastó 17 millones en el primer año y acaba de renovar el contrato por 13 millones anuales durante tres años. ¡Treinta y nueve millones en total! Ironías de la vida, todo esto mientras la universidad enfrenta recortes presupuestarios de 144 millones. Es como si te hubieran vendido un Ferrari con el depósito vacío y la promesa de que te llevaría a la luna. El 'branding opportunity', como lo llamaron internamente, ha resultado ser más bien un agujero negro de dinero y desconfianza. La resistencia estudiantil es palpable, y figuras como Martha Kenney lideran peticiones para dar marcha atrás. ¿El problema? Que la IA, además de generar dudas éticas, parece que afecta a la capacidad de pensar y la memoria, según algunos estudios. En resumen, la promesa de la IA se ha estrellado contra la dura realidad del aula.
El trono, ese lugar donde uno busca paz y privacidad, es en realidad un campo de batalla silencioso. ¿Quién diría que el váter, ese artefacto de porcelana, ha sido el verdugo en más de una ocasión? Desde el duque Godfrey de Lorena, vilmente apuñalado en 1076 mientras atendía una llamada de la naturaleza, hasta el fatídico colapso de la catedral de Erfurt en 1184, donde 60 nobles encontraron su fin en una fosa séptica improvisada, la historia está repleta de desastres higiénicos. En EE. UU., unas 40.000 lesiones anuales se atribuyen directamente al inodoro: pellizcos, caídas (especialmente entre los mayores), e incluso el peligroso esfuerzo al defecar que puede provocar un infarto. La constipación, señores, es un asunto serio. Y ni hablar de los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial, donde un simple error al tirar de la cadena desató una fuga de cloro gaseoso y tres muertes. O los electrocuciones en prisiones, cortesía de un cable mal conectado y un inodoro de metal. Pero no todo es historia antigua. En Tailandia, una pitón decidió saludar a un usuario en 2016. Y en Australia, las arañas viudas negras y rojas siguen tejiendo sus redes bajo los asientos de los letrinas, esperando una víctima desprevenida. Slim Newton, un cantante country, inmortalizó el peligro en su canción “The Redback on the Toilet Seat”. La última muerte confirmada por una mordedura de viuda negra fue en 1983, pero el peligro sigue latente. Así que, la próxima vez que se siente en el trono, recuerde: el peligro puede estar agazapado debajo.
La vida, señores, es una sitcom de mal gusto. Mientras algunos debaten si un café con leche es de primera necesidad, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha decidido que una pensión de invalidez de 604,2 euros al mes es un billete de ida y vuelta a Marruecos. O, mejor dicho, un permiso de estancia limitado. Nuestra protagonista, beneficiaria desde 2013, se permitió el lujo de pasar más de 90 días al año en el país vecino durante cuatro años consecutivos: 135 días en 2018, 136 en 2019, ¡260 en 2020!, y 149 en 2021. ¿El pecado capital? Superar la cuota de sol y té a la menta permitida por la normativa. El resultado: una deuda de 32.857,2 euros que le ha salido más cara que el vuelo. Y no es solo eso. Resulta que la familia también tenía ingresos superiores a los permitidos (73.291,08 euros en 2021, con la hija también cobrando una pensión por incapacidad). Un 'agujero contable' detectado a posteriori, claro. La excusa de la pandemia en 2020, con las restricciones de movilidad, fue recibida con la misma empatía que un citatorio del banco. El tribunal, inflexible, recordó que existían “mecanismos” para regresar. Mecanismos que, aparentemente, no incluían el sentido común. La cosa no acaba ahí. La señora también recibía una pensión marroquí de 96,68 euros al mes y un complemento de entre 36 y 38 euros. Pequeñas alegrías que, sumadas, han desatado la furia de la justicia. Porque, se entiende, es más grave pasar tiempo en Marruecos que la desigualdad estructural que obliga a una persona a buscar ingresos donde pueda. En resumen, una historia que huele a oportunismo, sí, pero también a una burocracia despiadada que mide la vida en días y euros, sin considerar las circunstancias humanas. Y con un final que deja un sabor amargo: devolver 32.857,2 euros, más la pérdida de la pensión. Un sablazo de esos que te dejan sin aliento.
La Playa de Palma se ha convertido en un escenario de reality show low cost, cortesía de turistas alemanes y holandeses con más sed de viralidad que de sol. Olvídate de construir castillos de arena; aquí se construyen humillaciones públicas a base de chupitos y bofetadas. Un juego, dicen, donde el beso es el premio para el afortunado y el escarnio, la recompensa para el despistado. Mientras el precio medio de la sangría se dispara como la espuma, estos jóvenes parecen dispuestos a todo por un 'like'. ¿El coste de la entrada? Un trago de ginebra y el riesgo de acabar con un chichón. Las imágenes, grabadas con la omnipresente cámara del móvil, muestran cómo la Playa de Palma se desmarca como el nuevo coliseo romano, donde los turistas, en lugar de gladiadores, son conejillos de indias de la búsqueda desesperada de atención online. El juego, que ha saltado a las redes sociales, ha generado una ola de reacciones encontradas. Algunos lo ven como una simple diversión, una broma pesada entre amigos. Otros, como una muestra más del turismo de excesos que azota a Mallorca, donde el alcohol fluye a raudales y el respeto a los demás parece haberse ido de vacaciones. La Policía Local, por el momento, observa. ¿Qué esperan? ¿Que alguien pida una tregua antes de que la cosa escale a guerra abierta de vasos de plástico? El pasado 7 de junio de 2026, los testigos presenciales describieron un ambiente de euforia descontrolada, con grupos de jóvenes animando a los participantes y compartiendo las imágenes en tiempo real. La cifra de turistas implicados se estima en cientos, convirtiendo la Playa de Palma en un hervidero de testosterona, hormonas y alcohol. En resumen, la Playa de Palma es ahora un escaparate de la estupidez humana, patrocinado por el turismo masivo y amplificado por las redes sociales. Un circo donde la vergüenza ajena es el principal atractivo y donde el único límite parece ser la falta de imaginación.
Bad Bunny, el ídolo de Puerto Rico, ha convertido sus conciertos en Madrid en un campo de batalla (no por las entradas, sino por el acceso a 'La Casita'). Esta zona VIP, más exclusiva que el caviar, ha desatado una tormenta en redes sociales. ¿El motivo? Unos “ojeadores” deciden quién comparte escenario con el artista, y los elegidos, al principio, parecían sacados de un catálogo de belleza prefabricado. Cecilia Bizzotto, socióloga y sexóloga de JOYclub España, lo explica sin tapujos: aunque el discurso de inclusión ha pegado fuerte, seguimos prefiriendo lo que nos resulta familiar, y eso, en términos estéticos, suele ser sinónimo de juventud y delgadez. Lo que ocurre en 'La Casita' no es nuevo; es el reflejo de algo más profundo. ¿Por qué valoramos a las mujeres por su apariencia y a los hombres por su cuenta bancaria? ¿Es este el sistema patriarcal del que todos hablan? Bizzotto advierte que esta jerarquía de cuerpos no es solo una cuestión de vanidad; impacta en nuestra autoestima, en cómo nos vemos y, por extensión, en cuánto gastamos en intentar alcanzar un ideal inalcanzable. El negocio de la insatisfacción, señores. El debate, aunque aparentemente trivial, pone en evidencia cómo la cultura popular, la publicidad y las redes sociales moldean nuestros deseos. Bad Bunny, a veces subversivo, a veces cómplice, se ha convertido en el centro de un debate que nos concierne a todos. Porque al final, la pregunta no es quién entra en 'La Casita', sino quién decide qué cuerpos merecen ser vistos y por qué. Y esa decisión, a menudo, está cargada de prejuicios y estereotipos que creíamos superados. Hasta los ojeadores de Bad Bunny, sin quererlo, han convertido un concierto en un espejo incómodo.
El desahucio, señores, se ha convertido en una maratón de obstáculos. Un deporte de resistencia donde el okupa, armado con un recurso de apelación, gana tiempo. Mucho tiempo. Tiempo suficiente para que la paciencia del propietario se agote como el saldo de una tarjeta en fin de mes. La Ley de Enjuiciamiento Civil, en su artículo 449.1, exige al inquilino demostrar que ha pagado las rentas para poder apelar. Un detalle. Si no lo hace, la Audiencia Provincial rechaza el recurso. Pero entre la interposición y el rechazo, ¡zas!, meses de ocupación gratuita. Un espejismo legal diseñado no para ganar el caso, sino para prolongarlo. Rubén Torres, abogado malagueño que lleva casos de desahucios desde antes de que la 'Ley Bolaños' complicara aún más la cosa, lo explica claro: “El sistema permite que quien pierde un juicio gane meses de ocupación gratuita”. Y no son meses cualquiera. Hablamos de sentencias firmes desde octubre de 2025 que no se ejecutan hasta septiembre de 2026. Siete meses después de la firmeza, ocho meses del lanzamiento previsto. Mientras tanto, el propietario mira las facturas de la luz y el IBI multiplicarse. Un agujero contable que se llena con la desesperación. La 'Ley Bolaños' (Ley Orgánica 1/2025), supuestamente destinada a agilizar la justicia, ha hecho precisamente lo contrario. Los juzgados, colapsados y desorientados, se enfrentan a un nuevo protocolo que nadie entiende. Los funcionarios están perdidos, los abogados desesperados y los okupas, celebrando. El resultado: demoras que permiten a algunos, como una señora de 91 años en Málaga, mantener a sus ocupas marroquíes durante cuatro años, mientras estos perciben 1.309,25 euros mensuales del Ingreso Mínimo Vital, ¡más que la pensión de la propia propietaria! Una tragicomedia kafkiana con aroma a estafa y un regusto amargo de impunidad.
La televisión pública, ese templo de la sobriedad, ha experimentado un subidón de temperatura. Henar Álvarez, la nueva reina del late night, ha decidido que la mejor forma de combatir el machismo es... quitándose la ropa. Sí, lo has leído bien. En mitad de un monólogo, y con la misma naturalidad con la que uno pide un café, Álvarez se quedó en pelotas, argumentando que la gente se fija más en su vestuario que en sus chistes. La cosa ha trascendido, obviamente. En 2026, la fiscalización de la imagen femenina sigue siendo un deporte nacional, pero ahora con un toque de desnudo integral en La 2. Álvarez se queja de que la juzgan por ir de traje y corbata – “¿Por qué para presentar voy vestida de hombre?” – como si la sartoría fuera la raíz del patriarcado. Y para demostrar su punto, recurre a la simplificación más burda: “Si voy de negro, voy sosa; si voy de rosa, voy infantil; si voy de leopardo, puta”. Un catálogo de prejuicios digno de un autobús de Hazte Oír, según la propia Álvarez. El gesto, que se vendió como una denuncia, tiene el sabor agridulce de la desesperación por ser vista, por generar debate, por facturar tuits. El público, cómplice y hastiado, aplaudió. El presidente de RTVE, quizá, se atragantó con el café. Y la presentadora, con una sonrisa pícara, le reclamó un “extra” a su jefe. Porque, al final, en esta comedia de errores, el único que parece claro es que alguien tiene que pagar la factura. Una factura que, por cierto, corre a cargo de los contribuyentes. No es que la ropa sea la solución, pero tampoco el taparrabos.
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