Hay que tener una confianza ciega en el sistema para que dos agentes del régimen marroquí se instalen en el CETI de Ceuta como quien reserva un Airbnb barato. No fueron inmigrantes desesperados, sino 'ojos' oficiales. W.C., de 31 años, y E.M.L., de 34, entraron el 16 de julio, justo cuando en Tánger ya se empezaba a cocinar el asalto a la valla.
Mientras el ciudadano medio pelea con la administración por una cita previa, estos dos caballeros disfrutaron de un pase VIP durante más de cinco semanas, con la invasión del 30 de julio ocurriendo prácticamente desde el comedor del centro.
El guion es de película serie B: W.C., el policía, se vendió como un desertor.
Un cuento que no se creyó nadie con dos dedos de frente, pero que le sirvió para ejercer de 'capataz' sobre los internos gracias a un trato de favor de la anterior dirección del centro. A su lado, E.M.L., el militar, hacía de sombra. Ninguno tenía antecedentes penales, un detalle que en el mundo real es sospechoso cuando llegas a pedir asilo para ganar tiempo y mapear vulnerabilidades.
No buscaban refugio, buscaban el plano de la casa.
La hipocresía alcanza su pico cuando comparamos esto con el informe de 21 páginas del 28 de octubre enviado a la juez María Tardón. Mientras Mohamed El Oualidi y Abdel Fattah El Sayed El Radi daban órdenes en la valla, estos dos infiltrados hacían el trabajo sucio desde dentro.
El final fue casi cómico: uno expulsado por ir ebrio y el otro en una devolución colectiva. El resultado es un CETI descabezado, una dirección interina que no sabe por dónde le da el aire y fugas masivas, como la del 26 de octubre donde de 200 marroquíes solo devolvieron cinco.
Un sistema que deja entrar al enemigo con alfombra roja no es un error; es un coladero.
Crítica:
La noticia es un despliegue de negligencia institucional, aunque deja en el aire quién exactamente facilitó el 'trato de favor' en la dirección anterior. Es un relato de vulnerabilidad donde el dato duro es el síntoma de un sistema colapsado.
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