Crítica:
El texto original es una denuncia contundente, aunque peca de asumir que el lector conoce todos los tecnicismos del CERA sin explicarlos. La estructura de 'cinco agujeros' es efectiva, pero el cierre es casi incendiario.
El texto original es una denuncia contundente, aunque peca de asumir que el lector conoce todos los tecnicismos del CERA sin explicarlos. La estructura de 'cinco agujeros' es efectiva, pero el cierre es casi incendiario.
Bienvenidos al deporte nacional: el 'tuitazo' como estrategia de Estado. Esta vez, el ring es el asfalto del Madring y los púgiles son José Luis Martínez-Almeida y Óscar Puente. El ministro, en un arranque de sinceridad digital el pasado domingo, calificó el Gran Premio de España en Madrid como un 'auténtico truño', comparándolo con un 'Mónaco 2 pero más rápido' y describiendo la carrera como un 'trenecito de coches'. Básicamente, Puente sugirió que el circuito tiene la misma emoción que hacer cola en el banco un lunes por la mañana. Almeida, que no deja pasar ni una mosca, respondió este lunes en el Club Siglo XXI con una elegancia que corta el aire. Para el alcalde, Puente 'sabe más de F1 que de trenes', un dardo que apunta directo a la gestión de los Cercanías. Mientras el ministro se preocupa por los adelantamientos en pista, los madrileños siguen esperando que su tren llegue en tiempo y hora, un lujo que hoy parece más difícil de conseguir que un parking gratis en el centro. La cosa se puso fea cuando Almeida sacó la artillería pesada: el accidente de Adamuz de enero con 46 muertos. El alcalde transformó la crítica deportiva en un reproche ético, sugiriendo que el Gobierno prefiere 'moverse en el lodo' de X que dar respuestas a las familias. Puente, lejos de recogerse, volvió a ironizar este lunes sobre las posibles reformas del circuito para facilitar adelantamientos, preguntando por qué tocarlo si 'los fachas' ya lo consideran el mejor del mundo. Al final, tenemos a un ministro que actúa como 'opinador' profesional y a un alcalde que ve conspiraciones electorales en cada tuit. Una pelea de egos donde el único que sale perdiendo es el ciudadano, que sigue atrapado en el verdadero 'trenecito' de la burocracia y los retrasos ferroviarios.
En el tablero del poder, hay quien juega al póker con el dinero público y espera que el Estado le pague la cuenta. El magistrado José María Macías ha soltado una ponencia que es como un jarro de agua fría para los optimistas del procés: el Tribunal Constitucional avala que el Supremo no les aplique la amnistía. ¿El motivo? El 'beneficio personal patrimonial'. Traducido al idioma de la calle: los líderes separatistas usaron la tarjeta del contribuyente para financiar el referéndum del 1 de octubre, evitando que el sablazo saliera de sus propios bolsillos. Es la diferencia entre pagar la cena con tu sueldo o usar la tarjeta de la empresa y decir que es un 'gasto operativo'. Jordi Turull, que lleva una inhabilitación de 12 años pesándole en la mochila, intentó vender que la interpretación del Supremo era un capricho. Alegó que no hubo enriquecimiento ni se afectó a la UE, invocando artículos de la Constitución como si fueran amuletos contra la mala suerte. Pero Macías no ha comprado la historia. Para el ponente, ahorrar dinero propio usando fondos ajenos es, en esencia, llenarse el bolsillo por omisión. La cita está marcada para el 22 de este mes, aunque el guion ya parece escrito. Mientras Macías defiende que no hay vulneración de derechos fundamentales, el ala izquierdista del TC, que tiene la mayoría aritmética, probablemente mande la ponencia a la trituradora. Cándido Conde-Pumpido ya ha insinuado que el resultado final, previsto para el 5 de octubre, será un pase libre para los condenados. Al final, la justicia parece funcionar como una suscripción premium: depende de quién tenga la mayoría en el Pleno para decidir si el 'ahorro' de fondos públicos es un delito o un simple descuido administrativo.
El pasado 14 de enero, Pedro Sánchez lanzó un caramelo que sabía a gloria: 17.000 fincas para jóvenes agricultores a través de la 'Plataforma Tierra'. El anuncio cayó como anillo al dedo mientras los tractores asediaban las capitales por el lío del Mercosur y los recortes de la PAC. Parecía la solución mágica para un sector donde solo el 9% de los trabajadores tiene menos de 41 años. Pero, como ocurre con muchas promesas electorales, al abrir el capó el motor estaba gripado. Resulta que el Ministerio de Agricultura sigue en silencio, sin el Real Decreto prometido, mientras que un estudio de Cocampo y su fundador, Regino Coca, ha puesto los puntos sobre las íes. La realidad es que el Fisco tiene unas 15.510 parcelas cedibles, pero el tamaño medio es un chiste: 0,416 hectáreas. Para que nos entendamos, es como prometer un piso para una familia y entregarles un trastero con humedad. Mientras que la finca agrícola media en España mide 30,46 ha, el 76,4% de estas 'joyas' gubernamentales no llega ni a una hectárea. Es agricultura de maceta, no de negocio. La ingeniería financiera es fascinante. El Plan de Ventas del Estado 2023-2030 no es más que el hijo moderno de una estrategia de Rajoy iniciada en 2012 para llenar las arcas públicas. Entre 2012 y 2024, el Estado ha soltado parcelas por una media de 2.558 y 2.741 euros, cifras que parecen calderilla comparadas con los 14.000 o 30.000 euros que cuesta una hectárea de regadío. Al final, Sánchez ha vendido como un plan de relevo generacional lo que en realidad es una liquidación de saldos de terrenos minúsculos, concentrados sobre todo en Castilla y León (3.320), Comunidad Valenciana (5.358) y Aragón (1.725).
Hay quien dice que el éxito es cuestión de esfuerzo, pero en los pasillos de la Audiencia Nacional parece que el éxito se mide en porcentajes. La historia es un clásico: una aerolínea con capital venezolano, Plus Ultra, al borde del abismo en plena pandemia, y un expresidente que, según los investigados, sabe exactamente qué hilos mover. No hablamos de una simple palmada en la espalda; hablamos de una presunta comisión de éxito del 1% sobre un rescate de 53 millones de euros gestionado a través de la SEPI. Para el ciudadano medio, 530.000 euros es una cifra astronómica, casi un sueño; para el 'Grupo Zapatero', según Roberto Roselli y Julio Martínez Sola, era simplemente el precio del trámite. Pero aquí viene el giro de guion que hace que la trama sea deliciosa. Resulta que el flujo de dinero no se detuvo en la primavera de 2021. Mientras nosotros peleábamos con la inflación en la compra del súper, la compañía siguió haciendo ingresos en las cuentas de Julio 'Julito' Martínez, el autodenominado «correveidile» de Zapatero. Si Martínez era el mensajero, la sospecha es que el jefe también quería su tajada de los negocios en Latinoamérica. Es la lógica del intermediario: si abres la puerta, quieres que te den una propina cada vez que alguien pase por ella. El cuadro se completa con un toque de glamour sospechoso: joyas por valor de 1,3 millones de euros aparecidas en un despacho, que la UDEF ha detectado y que no figuran en ninguna declaración a Hacienda. Mientras la defensa de Zapatero y su abogado Víctor Moreno Catena intentan blindar sus cuentas bancarias para evitar una «investigación prospectiva», el juez José Luis Calama y la fiscal Elena Lorente siguen el rastro de Análisis Relevante. Al final, lo que parece una consultoría global tiene más pinta de ser una ingeniería financiera para repartir el botín entre el expresidente y sus hijas.
Hay protocolos para todo: para pedir una cita en el médico, para pagar el IBI y, por supuesto, para cuando te hackean el móvil siendo la jefa de Exteriores. En abril de 2021, Arancha González Laya descubrió que su teléfono no era precisamente un búnker, sino una puerta abierta de par en par. Mientras el ciudadano medio se preocupa por si el banco le ha cobrado la comisión de mantenimiento, la entonces ministra gestionaba la crisis con Marruecos y el espinoso caso Gali con un dispositivo que probablemente enviaba sus secretos en tiempo real a quien quisiera escucharlos. La escena es digna de una comedia de enredos institucional. Laya, siguiendo el manual de instrucciones, se plantó en Palacio de la Moncloa para entregar el aparato infectado a Félix Bolaños. Un traspaso de testigo, o más bien, de malware. El problema es que este 'regalito' tecnológico llegó en el peor momento posible: en plena tensión diplomática con Rabat y con el Frente Polisario mirando desde la barrera. Es fascinante el contraste. Nos venden la seguridad nacional como un muro de hormigón, pero resulta que la llave de la casa estaba puesta por fuera. Que el personal del Ministerio confirmara la intrusión es el equivalente a que te digan que tienes una gotera justo cuando se ha inundado el salón. La entrega del móvil a Bolaños no fue un simple trámite administrativo, fue la confesión de que la alta cocina diplomática española se estaba cocinando con una ventana abierta y el viento soplando fuerte desde el Magreb. Al final, el protocolo se cumplió, pero la sensación de vulnerabilidad se quedó grabada en el disco duro de la historia reciente.
Imagínense que alguien entra en su casa, le lee los mensajes de WhatsApp y, acto seguido, le ofrece una maleta llena de billetes para que deje de quejarse de que le han robado la bici. Pues bien, a escala geopolítica, eso es el Moroccogate. En 2021, el software Pegasus convirtió los móviles de Pedro Sánchez, Fernando Grande-Marlaska, Luis Planas y Margarita Robles en ventanas abiertas para Rabat. No es que el Reino de Mohamed VI tuviera curiosidad periodística; es que tenían el control de las llaves de Presidencia, Interior, Defensa y Agricultura, justo donde se cocinan las exportaciones y los secretos de Estado. Mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la hipoteca, en Bruselas se manejaba una ingeniería financiera de película. La ONG Fight Impunity, capitaneada por Pier Antonio Panzeri, funcionaba como una lavandería de lujo para canalizar sobornos. La Fiscalía Federal belga, a finales de 2022, encontró más de 1,5 millones de euros en efectivo metidos en bolsas de viaje. Sí, maletas llenas de billetes, como si estuviéramos en una película de mafiosos de los años 70, pero con el sello de la DGED, el servicio de inteligencia marroquí. El diplomático Abderrahim Atmoun hacía de mensajero VIP entre los espías y la red de Panzeri, Francesco Giorgi y Eva Kaili. ¿El objetivo? Que la UE cerrara los ojos ante la falta de libertad de prensa, los derechos humanos y, sobre todo, que el Sáhara Occidental siguiera siendo un cheque en blanco para Rabat. Al final, eurodiputados del grupo S&D como Andrea Cozzolino y Marc Tarabella terminaron imputados. El Parlamento Europeo, en un raro ataque de lucidez, prohibió la entrada a los delegados marroquíes, admitiendo que su hospitalidad costaba demasiado cara.
Hay una magia contable muy curiosa en Moncloa: la capacidad de encontrar billetes donde el ciudadano común solo ve el recibo de la luz subiendo. Mientras el español medio hace malabares con la cesta de la compra para que no le falte el aceite, el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido que el presupuesto nacional es, básicamente, una hucha abierta para el mundo. No hablamos de un detalle amable; hablamos de una ingeniería financiera que ha catapultado la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) hasta los 26.760 millones de dólares entre 2019 y 2025. Es un despliegue de generosidad que haría palidecer a cualquier ONG. Para ponerlo en lenguaje de calle: en 2019, el primer año completo del líder socialista, el gasto fue de 3.110 millones de dólares. Para 2025, la cifra ha escalado hasta los 4.650 millones. Un incremento del 49,5% que se siente como un sablazo en la factura del contribuyente, pero con la satisfacción moral de saber que el dinero vuela lejos. Y no se engañen con el cuento de los 'préstamos blandos' que algún optimista pueda vender en un foro. Olvídense de que ese dinero vuelva a casa para arreglar un bache en la carretera o poner un médico más en el centro de salud. Según la OCDE, en 2024 el 99,6% de estas ayudas fueron donaciones puras y duras. Dinero que se va sin dejar rastro ni recibo. Sánchez ha rescatado la nostalgia de los máximos históricos de José Luis Rodríguez Zapatero, demostrando que la prioridad es el prestigio internacional antes que el asfalto nacional. Sumando los 455 millones de 2024 y los 323 millones de 2025 destinados a instituciones extranjeras, el panorama es claro: España es el vecino generoso del barrio que paga las cenas de todos mientras tiene la nevera vacía y la gotera en el techo.
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