Crítica:
La noticia es un ejercicio de minimalismo informativo que ignora quién diseñó el mapa. Es el típico caso donde el error técnico oculta una posible directriz política.
La noticia es un ejercicio de minimalismo informativo que ignora quién diseñó el mapa. Es el típico caso donde el error técnico oculta una posible directriz política.
Hay prioridades que son un poema. Mientras en Ceuta los refuerzos policiales llegaban con la agilidad de una tortuga con reuma y los alojamientos eran, cito textualmente, 'indignos', en el despacho climatizado del Ministerio del Interior se montó un centro de inteligencia digno de una novela de espionaje de tercera. El objetivo no era detener el crimen ni blindar la frontera, sino algo mucho más vital para el ego político: hacer una lista de 'amigos y enemigos'. La Confederación Española de Policía (CEP) ha soltado la bomba. Resulta que la Oficina de Comunicación ha dedicado tiempo y recursos públicos a elaborar un dosier para encasillar a los periodistas según su ideología y su afinidad con el Gobierno. Es fascinante. Mientras el agente de a pie en el terreno se las veía y las payaba con medios insuficientes, el Ministerio operaba con una diligencia quirúrgica para poner etiquetas a los profesionales de la información. Es el clásico contraste de la gestión moderna: incapacidad absoluta para atender alertas policiales reales, pero una eficiencia envidiable para el control de daños mediáticos. Para la CEP, esta práctica es 'repugnante'. Y claro, es que duele más que un sablazo en la hipoteca ver que el dinero y el personal que debería estar asegurando la frontera se gasta en jugar al 'quién es quién' ideológico. Marlaska tiene ahora el reto de explicar por qué es más urgente saber quién le critica que garantizar que sus policías no duerman en condiciones deplorables. Al final, parece que en Interior prefieren gestionar el titular que gestionar la realidad.
En el tablero político de Madrid, la gestión de los menores extranjeros no acompañados se ha convertido en un partido de tenis donde la pelota se queda clavada en la red. Ana Dávila, consejera de Familia, ha lanzado un dardo directo al delegado del Gobierno, Francisco Martín Aguirre, denunciando un bloqueo administrativo que roza lo surrealista. Resulta que hay 134 expedientes de reagrupación familiar que llevan en el limbo desde marzo de 2025. Para que nos entendamos: es como pedir una cita médica en la Seguridad Social y que te respondan tres años después cuando ya te has curado o te has muerto. En este caso, el tiempo ha pasado factura y 53 de esos jóvenes ya son adultos. Se han convertido en mayores de edad esperando un sello oficial que nunca llegó, frustrando cualquier posibilidad de retorno familiar mientras el reloj no se detuvo. La Comunidad de Madrid no se anda con rodeos y ha sacado la artillería de los datos para subrayar la urgencia. No hablamos de niños ejemplares que solo leen libros; el informe detalla un historial que haría temblar a cualquier vecino: 382 incidencias y 268 denuncias. El menú es variado y peligroso: 25 denuncias por robo, más de 40 por hurto, amenazas, lesiones y hasta una tenencia ilícita de armas. Es la paradoja del sistema: mientras el Gobierno central juega al silencio administrativo, la calle acumula el coste de esa inacción. Dávila recuerda que en Ceuta el Gobierno de Pedro Sánchez predica que la prioridad es volver con la familia, pero en Madrid parece que el manual de instrucciones es distinto. La carta cierra con un guante de seda que esconde un puño de hierro: si siguen pasando cosas graves, el delegado no podrá decir que no sabía que el incendio estaba encendido.
Hay llamadas que valen oro, pero hay llamadas con número oculto que huelen a naftalina y despacho cerrado. Mientras el ciudadano medio pelea con la compañía eléctrica por tres euros de diferencia en la factura, en las altas esferas se gestionan 'rescates' como quien pide una pizza. La Audiencia Nacional se ha convertido en el escenario de un culebrón financiero donde Julio Martínez Sola, ex presidente de Plus Ultra, ha soltado la lengua frente al juez José Luis Calama. La trama es sencilla: una inyección de 53 millones de euros en 2021, aprobada por el Gobierno de Pedro Sánchez, que no llegó sola, sino escoltada por la supuesta mediación de José Luis Rodríguez Zapatero. El guion parece sacado de una película de serie B. Una llamada secreta en 2020, un número oculto y la promesa de que los contactos del ex presidente del Gobierno podían 'arreglarlo todo'. Pero claro, en este mercado de influencias nadie trabaja por amor al arte. El precio del éxito fue una 'mordida' del 1%, una comisión que se filtró a través de un entramado dirigido por Julito Martínez Martínez, el empresario alicantino y dueño de Análisis Relevante que hacía de testaferro. La cosa se pone espesa. El juez no solo mira al ex mandatario, sino que rastrea el patrimonio de su círculo íntimo: sus hijas, su secretaria Gertrudis Alcázar y su mujer Sonsoles Espinosa. Para rematar el cuadro, Roberto Roselli, ex CEO de la mercantil, ratifica que la empresa pagó 'elevadas cantidades' sabiendo que Zapatero pretendía cobrar por salvar el barco. Según las escuchas de la Policía Nacional, Roselli se lo dejó claro al accionista Rodolfo Reyes: 'Así que por ahí vendrá la mordida'. Así se traduce la alta política al lenguaje de la calle: un favor público, un contacto oportuno y una tajada bajo la mesa.
Hay papeles que sirven para envolver pescado y acuerdos internacionales que sirven para decorar archivadores. El convenio de readmisión de 1992, firmado por José Luis Corcuera y Driss Basri el 13 de febrero de aquel año, es el ejemplo perfecto de literatura fantástica aplicada a la diplomacia. Mientras el texto hablaba de 'lazos históricos' y 'preocupación común', la realidad en Ceuta el 30 y 31 de julio fue un despliegue de surrealismo puro: más de 80.000 personas cruzando la frontera en menos de 48 horas mientras el presidente Pedro Sánchez disfrutaba de la brisa de La Mareta en Lanzarote. Para que nos entendamos: mandar a 70 agentes y siete embarcaciones a frenar esa marea es como intentar tapar un agujero en una presa con un chicle masticado. Diego Madrazo, de la AUGC, lo dejó claro: el dispositivo estaba 'desnudo'. Pero lo verdaderamente cómico —si es que alguien puede reírse con 10.000 personas ocupando plazas y aceras en una ciudad de 83.000 habitantes— es que el Gobierno ni siquiera intentó tirar de ese acuerdo de 1992 (que, por cierto, tardó diez años en entrar en vigor oficialmente, el 21 de octubre de 2012). España se quedó mirando cómo el rechazo en frontera fallaba estrepitosamente, obligando a abrir expedientes individuales por sentencias del Tribunal Supremo del 8 de marzo, mientras Marruecos jugaba al gato y al ratón con la documentación. Al final, el Ejecutivo se conformó con que el 90% se marchara por su cuenta, dejando un residuo humano que ha convertido los parques y playas de Ceuta en campamentos improvisados. Mientras Grecia en 2025 cerró el grifo y devolvió a miles de personas con el visto bueno de la UE, aquí preferimos la gestión del 'ya veremos', dejando que Juan Jesús Vivas y Jaime de los Santos griten en el desierto institucional mientras el acuerdo de Corcuera sigue cogiendo polvo.
En el surrealismo administrativo español, cuando alguien tiene que pagar los platos rotos, la respuesta favorita es: 'ha sido el ordenador'. La Tesorería General de la Seguridad Social ha confesado ante la Audiencia Nacional que el certificado que permitió a Plus Ultra Líneas Aéreas embolsarse un rescate de 53 millones de euros de la SEPI fue, básicamente, un 'copia y pega' automatizado. Sin humanos, sin revisiones, solo un algoritmo soltando papeles. El truco estaba en la letra pequeña. El 20 de agosto de 2020, la aerolínea necesitaba demostrar que estaba limpia para acceder al Fondo de Apoyo a la solvencia. El sistema, en un alarde de generosidad digital, estampó la firma de José Luis Encinas Prado sin que este supiera siquiera que existía el documento. El certificado decía que no había deudas vencidas a 31 de diciembre de 2019. Técnicamente, era verdad, del mismo modo que decir que no tienes el banco en la puerta de casa es verdad aunque debas tres mensualidades de la hipoteca. La realidad es que Plus Ultra arrastraba un aplazamiento desde julio de 2017 por 183.658 euros, con un agujero pendiente de 71.391 euros que el robot decidió ignorar convenientemente. Mientras el ciudadano medio se juega la existencia por un error de diez euros en la declaración, aquí el sistema informático maquilló la salud financiera de una empresa estratégica para que el dinero público fluyera sin fricciones. Lo más delirante es que la Subdirección General, liderada por Silvia Pérez Fernández, admite que hasta 2023 no tenían ni idea de cuántos certificados emitían ni qué decían. Una gestión de la transparencia que recuerda a llevar las cuentas de un negocio en una servilleta mojada. Ahora, el magistrado José Luis Calama deberá decidir si esto fue una torpeza técnica o una ingeniería financiera con complicidad burocrática donde figuran nombres como Julito Martínez y el ex presidente Zapatero.
Hay un aroma a pragmatismo barato flotando en el aire de Maryland, Washington DC y Virginia. En lo que llaman el 'callejón de los centros de datos', la romántica lucha obrera ha sido sustituida por una calculadora de bolsillo. El sindicato Steamfitters UA Local 602 ha decidido que la ideología es un lujo que no pueden permitirse mientras haya contratos millonarios sobre la mesa. Básicamente, han pasado de defender el entorno a amenazar con quitarle el apoyo a cualquier político que se atreva a decir que plantar naves industriales gigantescas y devoradoras de energía no es la mejor idea del siglo. En un memo interno filtrado al Wall Street Journal, la Local 602 no se anda con rodeos: han trazado una 'línea clara'. O apoyas el boom de los centros de datos, o estás fuera de su lista de amigos. Sidney Bonilla, tesorero y gerente comercial, lo ha soltado sin anestesia: 'dependemos de estos empleos'. Es la traducción callejera de 'no nos importa que el pueblo odie estas instalaciones siempre que la nómina llegue puntual'. Para quienes recuerdan que los sindicatos solían ser el bastión progresista, esto es un giro de guion digno de telenovela. Pero miremos el historial: desde el apoyo de la AFL-CIO a la carnicería de Vietnam hasta los disturbios de los cascos blancos en 1970, donde 70 manifestantes anti-guerra terminaron ensangrentados en Nueva York, o el apoyo de la base de los Teamsters a Donald Trump para 2024. La historia se repite. El sindicalismo ha pasado de la solidaridad global a una visión de túnel donde el dinero de las empresas pantalla de Big Tech es el único dios al que rezan. Al final, no es una cuestión de convicciones sociales, es simple ingeniería financiera: el efectivo manda y los centros de datos son la vaca lechera más gorda de las últimas décadas.
Portsmouth se ha convertido en el nuevo patio de recreo para los 'patriotas' de teclado que, al aterrizar en el asfalto, se visten de negro y usan mascarilla para jugar a los revolucionarios. La escena es casi surrealista: mientras la Agencia Marítima y de Guardacostas movilizaba lanchas, un helicóptero, un avión y un despliegue de ambulancias y policía para rescatar a 140 solicitantes de asilo, un grupo de manifestantes decidió que bloquear carreteras era la mejor forma de 'salvar la patria'. Al mando de este circo está Daniel Thomas, alias Danny Tommo, un antiguo guardaespaldas de Stephen Yaxley-Lennon (el famoso Tommy Robinson) que ahora lidera la 'Plataforma Patriota'. Tommo es el tipo de visionario que cree que romper botes abandonados en playas francesas —la llamada 'Operación Overlord'— es una estrategia geopolítica, aunque el resultado real haya sido que Francia le cierre la puerta en las narices. Mientras tanto, el Gobierno laborista intenta vender el éxito con una calculadora en la mano. Presumen de haber evitado 48.000 intentos de cruce e incautado 1.100 motores desde las elecciones, como quien presume de haber limpiado el sótano en un fin de semana. Nos dicen que julio ha tenido la cifra más baja desde 2020 y que han soltado el dinero en un 'acuerdo de pago por resultados' con Francia para subir un 40% el personal en las playas. Es la clásica ingeniería política: pagarle al vecino para que haga el trabajo sucio mientras en casa se pelean por quién tiene la bandera más grande. Al final, entre el despliegue militar para un bote y el bloqueo de carreteras de unos cuantos enfadados, lo único que queda claro es que el control fronterizo es, hoy por hoy, una promesa electoral que se desinfla más rápido que una patera pinchada.
Comentarios