Crítica:
El texto original es un despliegue de datos procesales que oculta la indignación detrás de tecnicismos jurídicos. Es fascinante cómo la Fiscalía actúa como el escudo perfecto para que el dinero público no regrese nunca a casa.
El texto original es un despliegue de datos procesales que oculta la indignación detrás de tecnicismos jurídicos. Es fascinante cómo la Fiscalía actúa como el escudo perfecto para que el dinero público no regrese nunca a casa.
Hay que tener un cinismo de manual para decir que 6.000 cadáveres no tienen 'relevancia histórica'. Así de simple, el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido que las fosas de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz no pasan el filtro de la Ley 20/2022. Es como si en tu comunidad de vecinos decidieran que el incendio que arrasó medio bloque no es 'representativo' para entrar en el libro de actas. La excusa, redactada con la frialdad de un manual de instrucciones de lavadora por Almudena Cruz Yábar, sostiene que no basta con que haya habido 'privación de libertad' para entrar en el Inventario Estatal de Lugares de Memoria Democrática. Hay que valorar la 'dimensión del fenómeno'. Traduzcamos el lenguaje administrativo al castellano corriente: si te mataron bajo las órdenes de Santiago Carrillo en 1936, mientras el Frente Popular gestionaba el caos, pues mala suerte; tu tragedia no tiene el 'estatus' suficiente. El diputado del PP, Pedro Corral, ha puesto el dedo en la llaga preguntando por qué se ignora este matadero republicano mientras el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, dirigido por Ángel Víctor Torres, prefiere mirar hacia otro lado. La ironía alcanza niveles estratosféricos al llegar al Palacio de la Moncloa. Resulta que la sede de la Presidencia fue escenario de ejecuciones sumarias en agosto y septiembre de 1936, coordinadas por la checa de Fomento y el socialista Ángel Galarza. Personajes como el guardia civil retirado Ezequiel Marcos Sanz o el duque de Hornachuelos terminaron allí como desecho humano. Pero claro, que el Gobierno actual viva y trabaje donde se levantaron cadáveres de estudiantes y oficinistas es un detalle irrelevante. Al final, la memoria democrática parece funcionar como un menú degustación: eligen los platos que les gustan y los que les saben amargos, simplemente los borran de la carta.
En Luxemburgo no se hacen ilusiones con la ética, se hacen lecturas de actas. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) ha decidido que la Ley de Amnistía es, básicamente, un trámite administrativo más, avalando el 'intercambio de cromos' que Pedro Sánchez utilizó para rascar los siete votos de Junts y sentarse en el sillón de Moncloa. Según el presidente de la institución, Koen Lenaerts, todo esto sirve para 'reducir tensiones' y 'facilitar la reconciliación'. Traducido al idioma de la calle: si el precio de la paz es borrar el historial de algunos, que así sea. El Tribunal ha pasado el trapo incluso sobre la malversación. El Tribunal de Cuentas preguntaba si vaciar las arcas públicas para financiar referéndums afectaba a Bruselas. La respuesta del TJUE fue un bostezo jurídico: dicen que un agujero contable en el presupuesto nacional no es problema de la Unión, aunque la cuota de España se resienta. Es como si te robaran la cartera en el metro y el ayuntamiento te dijera que, mientras no afecte al alumbrado público de la ciudad, no pasa nada. Pero el plato fuerte es el terrorismo. La Audiencia Nacional tenía dudas sobre los Comités de Defensa de la República (CDR), y el TJUE ha respondido que amnistiar estos delitos es compatible con el Derecho Europeo, siempre que no haya 'graves violaciones de derechos humanos'. Un matiz tan abstracto que parece redactado con tinta invisible. Ojo, que Carles Puigdemont no tiene el billete de vuelta ya emitido. Para que el líder de Junts pise suelo patrio, primero debe pasar por el filtro de Cándido Conde-Pumpido en el Tribunal Constitucional y que el Supremo firme la gracia. Tras un año de espera desde el juicio del 15 de julio de 2025 y la opinión del Abogado General Dean Spielmann en noviembre, la maquinaria europea ha dado el visto bueno al borrón y cuenta nueva.
Parece que en el manual de supervivencia del poder, el capítulo 'Cómo aniquilar a un juez' es universal. Ya sea en la Italia de los años 2000 o en la España de hoy, la receta es la misma: si no puedes rebatir la ley, ensucia el juzgado. En 2009, Silvio Berlusconi convirtió al juez Raimondo Mesiano en el blanco de sus cámaras, pintándolo de excéntrico para distraer de una condena por corrupción en el caso Lodo Mondadori que le costó 750 millones de euros. Un sablazo monumental que Berlusconi intentó camuflar con ruido televisivo. Fast forward al pasado martes. El programa Mañaneros de TVE decidió que el juez Juan Carlos Peinado necesitaba un 'tour' turístico forzoso. Lo persiguieron por la calle el 14 de julio, lanzándole preguntas sobre el pasaporte de Begoña Gómez y su viaje a Londres con la sutileza de un martillo neumático. ¿El objetivo? Desacreditar la decisión de retirar el pasaporte a la mujer del presidente Pedro Sánchez por riesgo de fuga. Es la misma técnica de 'máquina del fango' que Umberto Eco ya denunciaba en Italia: contar una verdad irrelevante para sugerir una mentira conveniente. Lo más cómico —si nos gusta el humor negro— es que el propio Sánchez usó el término 'máquina del fango' en 2024 para defenderse de las imputaciones por tráfico de influencias y malversación que rodean a su esposa. Resulta que el Gobierno, mientras Patxi López y Óscar Puente hablan de 'acoso', parece haber montado su propia oficina de gestión de crisis. Desde la célula de Leire Díez hasta las investigaciones de la Audiencia Nacional sobre la 'fontanera' del PSOE, el guion es idéntico. Al final, el dinero público de TVE termina sirviendo para hacer el trabajo sucio que Berlusconi hacía con sus canales privados. Diferentes banderas, misma cloaca.
Hablemos de lealtades. O mejor dicho, de cómo se fingen mientras se sostiene el café en la mano. Mercedes González, la jefa de la Guardia Civil, ha jugado al juego de las sillas con la verdad. Mientras los generales Rafael Yuste y Alfonso López Malo recibían palmaditas en la espalda y un 'estoy con vosotros' los días 29 y 30 de mayo de 2025 (con el ministro Grande-Marlaska haciendo de testigo de honor), la directora guardaba un secreto en el bolsillo: se había visto tres veces con Leire Díez, la pieza clave de una trama para torcer los casos de corrupción del PSOE. Es el clásico truco de magia: te distraigo con un abrazo institucional mientras por detrás gestiono la agenda de la 'fontanera' de Ferraz. Los datos no mienten, aunque las agendas sí. Los encuentros del 30 de septiembre y 20 de diciembre de 2024, y el del 2 de abril de 2025, dejan en evidencia que González conocía al enemigo mucho antes de fingir apoyo a sus subordinados. Para colmo, hubo WhatsApps el 9 y 11 de mayo; es decir, chateaba con la trama mientras los mandos de la UCO creían que su jefa era su escudo. Pero lo más cínico es la 'ingeniería administrativa'. Usar expedientes disciplinarios para intimidar a los investigadores de élite no es justicia, es un sablazo al estado de derecho para que nadie mire demasiado cerca al hermano del presidente, David Sánchez. Ahora, el juez Santiago Pedraz y la Fiscalía Anticorrupción, con Elisa Lamelas y Mar Scharfhausen al mando, quieren saber por qué Mercedes y su mano derecha, Manuel Llamas —el primer DAO imputado de la historia—, decidieron que 'ponerse de perfil' era la mejor estrategia operativa. Todo esto mientras Moncloa mantiene la confianza, demostrando que en las altas esferas, la prevaricación es un deporte de riesgo con red de seguridad.
En España existe una especie de magia fiscal que solo funciona para los elegidos. Mientras el ciudadano medio vive con el pánico de que un error de un céntimo en la declaración le active una 'paralela' de Hacienda —esas cartas que llegan al buzón como una sentencia de muerte financiera—, el sistema parece desarrollar una ceguera selectiva cuando el apellido es el adecuado. Entre 2020 y 2023, la AEAT se dedicó a cazar errores en tres millones de expedientes: 722.148 en 2020, 740.564 en 2021, 792.992 en 2022 y 746.819 en 2023. Un despliegue de precisión quirúrgica para apretar el cuello del pequeño contribuyente. Pero entonces aparece Julio Martínez. El presunto testaferro de José Luis Rodríguez Zapatero operaba una red de una veintena de empresas y cobraba sueldos que triplicaban los 22.000 euros del mínimo legal para declarar. ¿Su hazaña? Pasar cuatro años seguidos sin presentar el IRPF. Ni una alerta, ni un aviso, ni un susurro informático. El señor Martínez pagaba alquileres de miles de euros en la calle Diego de León mientras sus cuentas declaradas estaban a cero. Es el equivalente financiero a caminar desnudo por la Gran Vía y que el Ayuntamiento jure que no ha visto nada. Soledad Fernández Doctor, exdirectora de la Agencia Tributaria, tuvo que admitir el 13 de julio de 2026 ante el Senado que aquello fue un «lamentable error». Un error muy conveniente, considerando que Martínez movía Analysis Relevante y presuntas comisiones por el rescate de Plus Ultra. Ahora, que el ruido es insoportable, Hacienda ha decidido activar la maquinaria retroactiva sobre el patrimonio de Martínez, Zapatero y su familia. Lo curioso es que el software que detecta un error en la deducción de una cuota escolar funciona a la perfección; el que detecta a un empresario fantasma con veinte sociedades, parece que necesita una actualización de software... o un contacto político.
Hay quienes guardan la letra del alquiler en un sobre bajo el colchón, y luego está Julio Martínez Martínez, alias 'Julito'. Este caballero, presunto testaferro de José Luis Rodríguez Zapatero, decidió convertir su ático de la milla de oro de Madrid en una sucursal bancaria de guerrilla, donde la seguridad no dependía de claves biométricas, sino de bolsas de tela escocesa y cajas de vasos. El 11 de diciembre, la UDEF entró en el domicilio y se encontró con un escenario digno de una película de serie B: 286.070 euros repartidos por la casa como quien esconde dulces en Navidad. La logística era, sencillamente, delirante. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite, Julito tenía 540 euros abandonados sobre la encimera del lavabo, como si fueran el jabón de manos. En el baño, una mochila deportiva y una bolsa de papel custodiaban 74.900 euros; en el salón, una bolsa de viaje escocesa guardaba 4.550 euros. Pero el toque maestro llegó con el radiador, donde 50.000 euros se calentaban cómodamente, y cinco sobres con caligrafía china que sumaban otros 50.000 euros, etiquetados con una precisión que haría envidiar a cualquier gestor. Lo más fascinante es la 'ingeniería financiera' de la defensa. Julito alega que el dinero viene de la venta de un inmueble por unos 350.000 euros. Claro, porque hoy en día, cuando vendes un piso, lo normal es evitar la transferencia bancaria para preferir el método 'fajo en la caja de mudanza'. Según THE OBJECTIVE, el sujeto admitió que había más pasta que la incautada, sugiriendo que unos 100.000 euros adicionales lograron esquivar el radar policial. Un agujero contable doméstico que deja en ridículo cualquier intento de justificación legal.
Hay quienes llaman a esto 'gestión de recursos humanos', pero en la calle lo llamamos montar un chiringuito con la tarjeta de los demás. La Audiencia Provincial de Badajoz ha soltado una bomba de casi 400 páginas que no deja lugar a dudas: la contratación de David Sánchez Pérez-Castejón en la Diputación de Badajoz no fue un proceso selectivo, fue un casting con el papel ya asignado. Mientras el ciudadano medio pelea contra la burocracia para pedir una cita médica, aquí se diseñó un 'traje a medida' para que el hermano del presidente del Gobierno tuviera un sueldo sin complicaciones. El tribunal es tajante. No hubo necesidad pública, sino una voluntad férrea de rescatar a alguien que, en aquel entonces, carecía de un trabajo estable. Los magistrados describen un 'proceso selectivo maquillado' donde los criterios de valoración se retocaron para que los méritos de David encajaran milimétricamente. Era la ingeniería administrativa aplicada al nepotismo: primero se decide quién entra y luego se inventa el puesto. Así nació la figura del Coordinador de Actividades de los Conservatorios, un cargo que, según la sentencia, sirvió más para financiar 'caprichos' y 'antojos' que para coordinar nada. Lo más delirante es el día a día. La sentencia revela que David Sánchez 'apenas si acudió a su puesto de trabajo'. Mientras nosotros pagamos el IBI y el IVA con un sudor frío, el adjudicatario se dedicaba a sus intereses operísticos y al proyecto Ópera Joven, usando la administración como un mecenazgo privado pagado con los impuestos de todos. La justicia ha dejado claro que el interés general fue sustituido por el interés familiar, transformando la función pública en una extensión del salón de casa.
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