Hablemos de lealtades. O mejor dicho, de cómo se fingen mientras se sostiene el café en la mano. Mercedes González, la jefa de la Guardia Civil, ha jugado al juego de las sillas con la verdad. Mientras los generales Rafael Yuste y Alfonso López Malo recibían palmaditas en la espalda y un 'estoy con vosotros' los días 29 y 30 de mayo de 2025 (con el ministro Grande-Marlaska haciendo de testigo de honor), la directora guardaba un secreto en el bolsillo: se había visto tres veces con Leire Díez, la pieza clave de una trama para torcer los casos de corrupción del PSOE.
Es el clásico truco de magia: te distraigo con un abrazo institucional mientras por detrás gestiono la agenda de la 'fontanera' de Ferraz. Los datos no mienten, aunque las agendas sí. Los encuentros del 30 de septiembre y 20 de diciembre de 2024, y el del 2 de abril de 2025, dejan en evidencia que González conocía al enemigo mucho antes de fingir apoyo a sus subordinados.
Para colmo, hubo WhatsApps el 9 y 11 de mayo; es decir, chateaba con la trama mientras los mandos de la UCO creían que su jefa era su escudo.
Pero lo más cínico es la 'ingeniería administrativa'. Usar expedientes disciplinarios para intimidar a los investigadores de élite no es justicia, es un sablazo al estado de derecho para que nadie mire demasiado cerca al hermano del presidente, David Sánchez.
Ahora, el juez Santiago Pedraz y la Fiscalía Anticorrupción, con Elisa Lamelas y Mar Scharfhausen al mando, quieren saber por qué Mercedes y su mano derecha, Manuel Llamas —el primer DAO imputado de la historia—, decidieron que 'ponerse de perfil' era la mejor estrategia operativa.
Todo esto mientras Moncloa mantiene la confianza, demostrando que en las altas esferas, la prevaricación es un deporte de riesgo con red de seguridad.
Crítica:
La noticia es un despliegue de datos quirúrgico, aunque el título original es demasiado plano para la magnitud del escándalo. El contraste entre la 'confianza' de Moncloa y las imputaciones judiciales es el verdadero agujero negro de la historia.
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