Hay gente que espera la sentencia de un juicio con los nervios destrozados y una maleta lista. Otros, como David Sánchez, lo hacen componiendo melodías en el Palacio de La Moncloa, rodeados de un aura de impunidad que ya quisiera cualquier aristócrata. Mientras la Audiencia de Badajoz decide si el músico se ha pasado de frenada con la prevaricación y el tráfico de influencias por su contrato en la Diputación de Badajoz, el hombre se relaja con un piano Kawai K-600.
Para que nos entendamos: el instrumento cuesta 12.000 euros, una cifra que para el ciudadano de a pie supone varios meses de alquiler o una compra del súper para todo el año, pero que aquí es simplemente 'mobiliario de Patrimonio Nacional'.
El escenario es digno de una película de época: suelos de mármol rojizo, molduras blancas y una alfombra persa que probablemente ha visto más secretos de Estado que cualquier asesor.
Pero el detalle surrealista no es el piano japonés, sino la mesa. David compone sus piezas sobre un mueble histórico que fue regalo de Juan Carlos I y donde Adolfo Suárez y Felipe González gestionaron el destino de España en sus Consejos de Ministros. Pasar de gestionar la democracia a apoyar partituras es un salto conceptual fascinante.
Todo esto ocurre mientras en el aire flotan sospechas mucho más turbias.
La Audiencia Nacional rastrea los planes de Leire Díez —la 'fontanera' del PSOE— para espiar a la magistrada Beatriz Biedma, y se rumorea que la Guardia Civil recibió órdenes de ignorar correos como 'pedrosanchez1212'. Entre la ingeniería financiera de la Diputación pacense y los intentos de neutralizar la justicia, David Sánchez sigue tocando el piano.
Al final, el ritmo de la justicia es lento, pero el del piano Kawai es impecable.
Crítica:
El texto original se pierde en descripciones irrelevantes del arañazo del piano para intentar disfrazar de 'investigación' un chisme de palacio. Mezcla el lujo del hermano con tramas de espionaje sin conectar los puntos con rigor periodístico.
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