Crítica:
La noticia es un panfleto optimista que disfraza una petición de dinero como un logro histórico. Omite cualquier detalle sobre el origen real de los fondos iniciales para el arreglo.
La noticia es un panfleto optimista que disfraza una petición de dinero como un logro histórico. Omite cualquier detalle sobre el origen real de los fondos iniciales para el arreglo.
Seis décadas después de que NBC soltara al mundo a un grupo de optimistas en mallas ajustadas el 8 de septiembre de 1966, la maquinaria del marketing no descansa. Mientras nosotros seguimos peleándonos por el precio del alquiler, Penguin Random House y Ten Speed Press han decidido que el mundo necesita, urgentemente, otro libro de mesa para presumir en el salón. Se trata de 'Star Trek: The Original Voyages', un tomo de 416 páginas que aterrizará en las librerías el 10 de noviembre de 2026. Es la clásica jugada maestra: envolver la nostalgia en tapa dura y letras reflectantes. Kyle Newman y Jeff Bond han cosido una crónica visual que nos recuerda que, aunque la serie original solo duró tres temporadas y 79 episodios —lo que hoy sería cancelada por Netflix en dos semanas—, logró montar un imperio. El libro no se anda con chiquitas y repasa desde el equipo original (Kirk, Spock, McCoy y el resto de la banda) hasta las movidas de Gene Roddenberry, el autoproclamado 'Gran Pájaro de la Galaxia'. Lo más curioso es que el volumen no solo se queda en la pantalla, sino que rastrea todo el ecosistema del consumo: juguetes licenciados, cómics y esas memorabilias de convenciones que cuestan más que un coche de segunda mano. Cubre la serie animada y las seis primeras películas hasta 1991, sirviendo como el primer volumen de una saga de dos libros. Básicamente, es un catálogo de lujo para quienes prefieren invertir sus ahorros en fotos de archivos y bocetos de vestuario que en un fondo de pensiones. Una oda al escapismo que nos dice que, aunque no hayamos llegado a Marte, siempre podemos comprar un libro caro que nos explique cómo lo habríamos hecho.
En el mercado del entretenimiento, hay una regla no escrita: si algo vende millones, exprímelo hasta que el hueso pida clemencia. Matt Dinniman ha pasado de ser un experimento de autopublicación viral a un fenómeno del New York Times con 14 millones de copias vendidas. Ahora, el universo de 'Dungeon Crawler Carl' —donde un veterano de la Guardia Costera sin pantalones y una gata llamada Princesa Donut luchan contra una IA con fetiches podológicos en un reality show intergaláctico— se lanza al papel. Es el movimiento obligatorio. Primero vienen los libros, luego la serie de Peacock producida por Seth MacFarlane y Christopher Yost, y ahora el cómic. Vault Comics, desde Montana, ha decidido que enero de 2027 es la fecha ideal para soltar el primer número. No es un debut cualquiera; es un ejemplar doble de 48 páginas que servirá de aperitivo para una serie mensual. Para los que no dominan la ingeniería financiera del hype, esto es básicamente convertir un webtoon (el de Tevagah, Dinniman y Laurel Pursuit Studios) en un producto de lujo. Han fichado a Kuzomari para la transición y han montado un 'dream team' de portadas que parece la lista de la compra de un coleccionista obsesivo: desde Nathan Gooden hasta nombres como Ryan Ottley y Frank Cho. Dinniman dice que es un sueño, pero para la industria es simplemente optimizar el flujo de caja. El 20 de enero de 2027, los fans podrán pagar por ver en papel lo que ya saben que es un caos glorioso. Al final, no hay nada más triste que romper con tu novia, excepto quedar atrapado en un juego sádico con su gato y que, además, te cobren la suscripción mensual por leerlo.
En un mundo donde lo único que crece más rápido que la inflación es el ego de las administraciones públicas, Ciudad de México ha decidido que la mejor forma de honrar la muerte es construyendo un rascacielos de hueso. Hablamos de una 'La Catrina' que mide más de 109 pies —unos 33 metros para los que no usamos el sistema imperial—, lo que equivale a un edificio de 11 plantas. Porque claro, para recordar a los que ya no están, no basta con una vela y un pan de muerto; necesitamos un monumento que haga sentir pequeña a la manzana del barrio. Esta mole de acero, fibra de vidrio y papel maché ha dinamitado el récord anterior de 92 pies logrado en Puerto Vallarta en 2023. Para montar este despliegue de egolatría artística, hicieron falta más de 140 personas del taller Xibalbá, bajo la batuta de Carlos Camilo Báez. El vestido mide 88 pies; básicamente, más tela que la que usa una familia entera para cubrirse en invierno. Y para darle el toque 'eco', la rodearon de 70,000 cempasúchil de Xochimilco, una cantidad de flores que haría palidecer a cualquier floristería de barrio en San Valentín. Lo más irónico es que la Catrina nació como una bofetada social. José Guadalupe Posada la creó en 1912 para reírse de las 'garbanceras' que fingían ser europeas para escalar socialmente. Hoy, la figura es un imán de turistas y un trofeo de Guinness. La alcaldesa Clara Brugada, en un alarde de generosidad logística, extendió la exhibición en el Zócalo hasta el 11 de noviembre. Al final, hemos pasado de la sátira contra la pretensión a la pretensión convertida en monumento. La muerte es democrática, sí, pero parece que ahora también compite por ver quién tiene la estructura más alta.
Hay quien gasta millones en un cuadro abstracto que parece un mantel sucio, pero en Alemania han decidido que el verdadero arte tiene patas cortas y cuerpo de salchicha. El Kunsthalle Bremen ha inaugurado 'The Dachshund: An Icon Off the Leash', la primera exposición del mundo dedicada exclusivamente a estos perros. Mientras nosotros peleamos con el precio del alquiler, el museo ha montado un despliegue de 120 obras donde el perro salchicha es la estrella, desplazando a los egos humanos. La lista de invitados es de esas que te hacen sentir que tu currículum es un chiste: Pablo Picasso, Andy Warhol, David Hockney, Otto Dix y Max Liebermann. Resulta casi cómico que Picasso, el genio que reinventó la pintura, decidiera que su perro Lump era más interesante que el Mastín de Velázquez en sus versiones de 'Las Meninas'. Es el equivalente moderno a poner un filtro de Instagram a una obra maestra solo porque tu mascota sale divina en la foto. La historia es curiosa. Estos animales pasaron de cazar tejones hace 300 años —un trabajo sucio y subterráneo— a dormir en salones aristocráticos. Incluso fueron víctimas de la geopolítica; durante las Guerras Mundiales, en EE. UU. tuvieron que rebautizarlos como 'perros de la libertad' para que no los odiaran por sonar a alemán. Para rematar la ironía, el museo permite la entrada a perros pequeños los jueves y sábados, siempre que midan menos de 30 centímetros y pasen por una 'Dachshund Lounge'. Una zona VIP para perros que, probablemente, tengan más acceso a la alta cultura que el ciudadano medio. La muestra sigue abierta hasta el 28 de marzo de 2027, demostrando que, en el mundo del arte, basta con ser adorable y tener la espalda larga para ser inmortal.
Hay gente que gasta sus ahorros en criptomonedas y otros que prefieren viajar a Túnez para ver cómo el sol se apaga en un decorado abandonado. El 2 de agosto de 2027, el universo decidió hacerle un guiño a los fans de Star Wars: la sombra de la luna cubrirá los escenarios de Tatooine, transformando el desierto en un espectáculo de oscuridad total. No es un simulacro, es el 'eclipse del siglo'. Si buscas la experiencia completa, Tozeur es el sitio. En las dunas de Eriguet, donde Lucasfilm levantó el puerto de Mos Espa para las precuelas, la oscuridad reinara durante 2 minutos y 9 segundos a las 10:06 a.m. CET. Un detalle exquisito: la probabilidad de nubes es del 2%, básicamente el riesgo de que te lleves un chasco es menor que el de encontrar un parking libre en Navidad. A pocos pasos, el cañón de Jebel Sidi Bouhlel (las Tierras Yermas de Jundland) ofrecerá 3 minutos y 37 segundos de penumbra, el mismo sitio donde Indiana Jones amenazó el Arca con una bazooka. Pero la verdadera joya es la isla de Djerba. En Ajim, donde una panadería abandonada fingió ser la Cantina de Mos Eisley, tendremos 3 minutos y 55 segundos de totality. Y para los puristas, la Mezquita de Amghar (la casa de Obi-Wan) registrará los 4 minutos exactos de oscuridad a las 10:09 a.m. CET. Lo irónico es que la hipocresía del destino es cruel: el Hotel Sidi Idriss, la granja de los Lars, se queda fuera del juego con un 99.98% de eclipse. Un 0.02% de diferencia que separa el éxtasis del 'casi'. Mientras algunos pagan tours agotados como el 'Eclipse tour from the Outer Rim', otros se conformarán con mirar el sol parcialmente tapado desde Chott el-Djerid, esperando que la realidad supere a la ficción de George Lucas.
Hay quienes pagan terapias carísimas para gestionar el trauma, pero en Tai Hang, Hong Kong, prefieren quemar un bicho gigante de paja. Todo empezó en 1880, cuando una aldea de pescadores Hakka decidió que matar a una pitón que se cenaba al ganado era buena idea. El resultado fue un 'combo' de mala suerte: una plaga que dejó el pueblo mirando al techo. Como en cualquier crisis, apareció un líder con una solución mística: un sueño con la diosa Guanyin que decía que, para limpiar el ambiente, había que bailar con un dragón de fuego y reventar petardos. Funcionó, o eso dicen, y desde entonces el ritual se repite los días 14, 15 y 16 del octavo mes lunar. No es un juguete de bazar. El dragón es una pieza de ingeniería artesanal de ratán, cuerdas, alambres y paja que tardan dos semanas en montar. Imaginen un bicho de 67 metros y 31 secciones que pesa más de 100 kilos; solo la cabeza ya son 45 kilos de puro esfuerzo, obligando a un equipo de 8 a 10 personas a turnarse para no colapsar. La fiesta arranca a las 19:00 con el ritual de 'pintar los ojos' en el templo Lin Fa Kung, para que el dragón 'despierte'. Luego, en Wun Sha Street, le clavan entre 10.000 y 12.000 varitas de incienso. Es básicamente un cigarro gigante y luminoso que recorre las calles hasta que, el último día, el dragón 'regresa al cielo' siendo lanzado al puerto de Victoria desde el refugio de tifones de Causeway Bay. Para el turista, es un caos sensorial entre tambores dagu y humo. Si quieres entrar, llega antes de las 17:00, porque luego vallan el barrio y entrar es más lento que hacer cola en Hacienda un lunes por la mañana. El desfile termina sobre las 22:30, extendiéndose hasta las 23:30 en el Victoria Park durante el Festival del Medio Otoño.
En Inglaterra, presumir de antigüedad es un deporte nacional, casi tan sagrado como quejarse del clima. Durante décadas, decenas de pubs han vendido el cuento de que servían pintas mientras los vikingos aún se peinaban las barbas. Pero llega James Wright, arqueólogo de Historic England, con un taladro y cero paciencia para las leyendas de marketing, para recordarnos que en la calle la verdad no se dice, se mide. Usando la dendrocronología —que es básicamente leer las arrugas de la madera como quien lee un extracto bancario—, Wright ha dinamitado el prestigio de varios locales. El Ye Olde Fighting Cocks, que se vendía como un veterano del año 793, resultó ser un palomar monástico reconvertido que solo consiguió licencia en 1807. Un engaño digno de una postal turística barata. Y ni hablemos del Bingley Arms, que presume de aparecer en el Domesday Book de 1086; Wright es tajante: en ese libro no hay ni un solo pub. Básicamente, nos estaban tomando el pelo con una ingeniería narrativa digna de un libro de autoayuda. El verdadero trono, el de quien no necesita mentir para atraer clientes, se lo lleva el George Inn en Norton St. Philip, Somerset. Aquí no hay cuentos chinos: sus muros de piedra son del siglo XIV y sus vigas de roble fueron taladas entre 1430 y 1432. Fue construido por monjes cartujos del Priorato de Hinton para alojar a mercaderes de lana, funcionando como un centro logístico medieval donde el dinero fluía tanto como la cerveza. El local ha sobrevivido a todo: desde las notas de Samuel Pepys en 1668 hasta que el 'Juez Colgado' George Jeffreys lo usó de tribunal para sentenciar rebeldes. Mientras otros pubs inventan fechas para inflar el precio de la pinta, el George Inn se apoya en 600 años de madera real y polvo histórico.
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