Crítica:
Es una nota de prensa disfrazada de noticia. No analiza el riesgo de saturar la marca, solo celebra el despliegue de nombres famosos para inflar el valor del anuncio.
Es una nota de prensa disfrazada de noticia. No analiza el riesgo de saturar la marca, solo celebra el despliegue de nombres famosos para inflar el valor del anuncio.
Hay cosas que envejecen con dignidad y luego está el USS Silversides, un mastodonte de la clase Gato que acaba de regresar a Muskegon, Michigan, tras un 'spa' industrial que costaría más que tres hipotecas promedio. El 31 de octubre, después de un viaje de 15 horas cruzando el Lago Michigan, el submarino volvió a su museo luciendo como si acabara de salir del concesionario, aunque el precio de la belleza ha sido un sablazo de 3,5 millones de dólares. Para que nos entendamos: sacar un casco de 312 pies del agua por primera vez en más de 50 años no es como llevar el coche a pasar la ITV. Ha sido una cirugía a corazón abierto en Wisconsin durante tres meses, donde soldaron acero de refuerzo en la panza del buque y retocaron cada rincón. Scott Hardin, el curador, lo resume con sencillez: la nave fue reformada de arriba abajo. El Silversides no es un juguete; es un veterano que nació el 21 de agosto de 1941 y se paseó por el Pacífico hundiendo 23 barcos enemigos y sumando 90.000 toneladas de acero hundido. Tras jubilarse en 1946 y pasar por Chicago, aterrizó en el Museo del Submarino USS Silversides en 1987. Lo más surrealista del proceso fue encontrar una válvula de inundación marcada como 'Trigger'. Resulta que es la única pieza superviviente del USS Trigger, un hermano gemelo construido en el astillero Mare Island de California que terminó en el fondo del mar. Ahora, mientras el museo se prepara para abrir al público este 7 de noviembre, la realidad golpea: el recibo de los 3,5 millones sigue sobre la mesa y el museo pide donaciones, porque mantener la historia no es precisamente un negocio rentable.
En un mundo donde lo único que crece más rápido que la inflación es el ego de las administraciones públicas, Ciudad de México ha decidido que la mejor forma de honrar la muerte es construyendo un rascacielos de hueso. Hablamos de una 'La Catrina' que mide más de 109 pies —unos 33 metros para los que no usamos el sistema imperial—, lo que equivale a un edificio de 11 plantas. Porque claro, para recordar a los que ya no están, no basta con una vela y un pan de muerto; necesitamos un monumento que haga sentir pequeña a la manzana del barrio. Esta mole de acero, fibra de vidrio y papel maché ha dinamitado el récord anterior de 92 pies logrado en Puerto Vallarta en 2023. Para montar este despliegue de egolatría artística, hicieron falta más de 140 personas del taller Xibalbá, bajo la batuta de Carlos Camilo Báez. El vestido mide 88 pies; básicamente, más tela que la que usa una familia entera para cubrirse en invierno. Y para darle el toque 'eco', la rodearon de 70,000 cempasúchil de Xochimilco, una cantidad de flores que haría palidecer a cualquier floristería de barrio en San Valentín. Lo más irónico es que la Catrina nació como una bofetada social. José Guadalupe Posada la creó en 1912 para reírse de las 'garbanceras' que fingían ser europeas para escalar socialmente. Hoy, la figura es un imán de turistas y un trofeo de Guinness. La alcaldesa Clara Brugada, en un alarde de generosidad logística, extendió la exhibición en el Zócalo hasta el 11 de noviembre. Al final, hemos pasado de la sátira contra la pretensión a la pretensión convertida en monumento. La muerte es democrática, sí, pero parece que ahora también compite por ver quién tiene la estructura más alta.
Hay quien gasta millones en un cuadro abstracto que parece un mantel sucio, pero en Alemania han decidido que el verdadero arte tiene patas cortas y cuerpo de salchicha. El Kunsthalle Bremen ha inaugurado 'The Dachshund: An Icon Off the Leash', la primera exposición del mundo dedicada exclusivamente a estos perros. Mientras nosotros peleamos con el precio del alquiler, el museo ha montado un despliegue de 120 obras donde el perro salchicha es la estrella, desplazando a los egos humanos. La lista de invitados es de esas que te hacen sentir que tu currículum es un chiste: Pablo Picasso, Andy Warhol, David Hockney, Otto Dix y Max Liebermann. Resulta casi cómico que Picasso, el genio que reinventó la pintura, decidiera que su perro Lump era más interesante que el Mastín de Velázquez en sus versiones de 'Las Meninas'. Es el equivalente moderno a poner un filtro de Instagram a una obra maestra solo porque tu mascota sale divina en la foto. La historia es curiosa. Estos animales pasaron de cazar tejones hace 300 años —un trabajo sucio y subterráneo— a dormir en salones aristocráticos. Incluso fueron víctimas de la geopolítica; durante las Guerras Mundiales, en EE. UU. tuvieron que rebautizarlos como 'perros de la libertad' para que no los odiaran por sonar a alemán. Para rematar la ironía, el museo permite la entrada a perros pequeños los jueves y sábados, siempre que midan menos de 30 centímetros y pasen por una 'Dachshund Lounge'. Una zona VIP para perros que, probablemente, tengan más acceso a la alta cultura que el ciudadano medio. La muestra sigue abierta hasta el 28 de marzo de 2027, demostrando que, en el mundo del arte, basta con ser adorable y tener la espalda larga para ser inmortal.
Hay gente que gasta sus ahorros en criptomonedas y otros que prefieren viajar a Túnez para ver cómo el sol se apaga en un decorado abandonado. El 2 de agosto de 2027, el universo decidió hacerle un guiño a los fans de Star Wars: la sombra de la luna cubrirá los escenarios de Tatooine, transformando el desierto en un espectáculo de oscuridad total. No es un simulacro, es el 'eclipse del siglo'. Si buscas la experiencia completa, Tozeur es el sitio. En las dunas de Eriguet, donde Lucasfilm levantó el puerto de Mos Espa para las precuelas, la oscuridad reinara durante 2 minutos y 9 segundos a las 10:06 a.m. CET. Un detalle exquisito: la probabilidad de nubes es del 2%, básicamente el riesgo de que te lleves un chasco es menor que el de encontrar un parking libre en Navidad. A pocos pasos, el cañón de Jebel Sidi Bouhlel (las Tierras Yermas de Jundland) ofrecerá 3 minutos y 37 segundos de penumbra, el mismo sitio donde Indiana Jones amenazó el Arca con una bazooka. Pero la verdadera joya es la isla de Djerba. En Ajim, donde una panadería abandonada fingió ser la Cantina de Mos Eisley, tendremos 3 minutos y 55 segundos de totality. Y para los puristas, la Mezquita de Amghar (la casa de Obi-Wan) registrará los 4 minutos exactos de oscuridad a las 10:09 a.m. CET. Lo irónico es que la hipocresía del destino es cruel: el Hotel Sidi Idriss, la granja de los Lars, se queda fuera del juego con un 99.98% de eclipse. Un 0.02% de diferencia que separa el éxtasis del 'casi'. Mientras algunos pagan tours agotados como el 'Eclipse tour from the Outer Rim', otros se conformarán con mirar el sol parcialmente tapado desde Chott el-Djerid, esperando que la realidad supere a la ficción de George Lucas.
Hay quienes pagan terapias carísimas para gestionar el trauma, pero en Tai Hang, Hong Kong, prefieren quemar un bicho gigante de paja. Todo empezó en 1880, cuando una aldea de pescadores Hakka decidió que matar a una pitón que se cenaba al ganado era buena idea. El resultado fue un 'combo' de mala suerte: una plaga que dejó el pueblo mirando al techo. Como en cualquier crisis, apareció un líder con una solución mística: un sueño con la diosa Guanyin que decía que, para limpiar el ambiente, había que bailar con un dragón de fuego y reventar petardos. Funcionó, o eso dicen, y desde entonces el ritual se repite los días 14, 15 y 16 del octavo mes lunar. No es un juguete de bazar. El dragón es una pieza de ingeniería artesanal de ratán, cuerdas, alambres y paja que tardan dos semanas en montar. Imaginen un bicho de 67 metros y 31 secciones que pesa más de 100 kilos; solo la cabeza ya son 45 kilos de puro esfuerzo, obligando a un equipo de 8 a 10 personas a turnarse para no colapsar. La fiesta arranca a las 19:00 con el ritual de 'pintar los ojos' en el templo Lin Fa Kung, para que el dragón 'despierte'. Luego, en Wun Sha Street, le clavan entre 10.000 y 12.000 varitas de incienso. Es básicamente un cigarro gigante y luminoso que recorre las calles hasta que, el último día, el dragón 'regresa al cielo' siendo lanzado al puerto de Victoria desde el refugio de tifones de Causeway Bay. Para el turista, es un caos sensorial entre tambores dagu y humo. Si quieres entrar, llega antes de las 17:00, porque luego vallan el barrio y entrar es más lento que hacer cola en Hacienda un lunes por la mañana. El desfile termina sobre las 22:30, extendiéndose hasta las 23:30 en el Victoria Park durante el Festival del Medio Otoño.
En Inglaterra, presumir de antigüedad es un deporte nacional, casi tan sagrado como quejarse del clima. Durante décadas, decenas de pubs han vendido el cuento de que servían pintas mientras los vikingos aún se peinaban las barbas. Pero llega James Wright, arqueólogo de Historic England, con un taladro y cero paciencia para las leyendas de marketing, para recordarnos que en la calle la verdad no se dice, se mide. Usando la dendrocronología —que es básicamente leer las arrugas de la madera como quien lee un extracto bancario—, Wright ha dinamitado el prestigio de varios locales. El Ye Olde Fighting Cocks, que se vendía como un veterano del año 793, resultó ser un palomar monástico reconvertido que solo consiguió licencia en 1807. Un engaño digno de una postal turística barata. Y ni hablemos del Bingley Arms, que presume de aparecer en el Domesday Book de 1086; Wright es tajante: en ese libro no hay ni un solo pub. Básicamente, nos estaban tomando el pelo con una ingeniería narrativa digna de un libro de autoayuda. El verdadero trono, el de quien no necesita mentir para atraer clientes, se lo lleva el George Inn en Norton St. Philip, Somerset. Aquí no hay cuentos chinos: sus muros de piedra son del siglo XIV y sus vigas de roble fueron taladas entre 1430 y 1432. Fue construido por monjes cartujos del Priorato de Hinton para alojar a mercaderes de lana, funcionando como un centro logístico medieval donde el dinero fluía tanto como la cerveza. El local ha sobrevivido a todo: desde las notas de Samuel Pepys en 1668 hasta que el 'Juez Colgado' George Jeffreys lo usó de tribunal para sentenciar rebeldes. Mientras otros pubs inventan fechas para inflar el precio de la pinta, el George Inn se apoya en 600 años de madera real y polvo histórico.
En Ciudad de México han decidido que, para recordar a los muertos, hace falta un monumento que se vea desde el espacio o, al menos, que deje sordos a los vecinos del Zócalo. Han erigido una Catrina de casi 110 pies de altura, un rascacielos de acero y fibra de vidrio de unas 11 plantas que hace que la versión de Puerto Vallarta de 2023, con sus 92,3 pies, parezca una figura de salón. Para montar este despliegue de egocentrismo artístico hicieron falta 140 personas; básicamente, un equipo capaz de levantar un bloque de pisos en tiempo récord, pero dedicado a una calavera con aires de grandeza. El detalle es exquisito: un vestido púrpura de más de 88 pies y un ejército de 70.000 flores de cempasúchil traídas desde Xochimilco para que los espíritus no se pierdan en el tráfico de la capital. Es la paradoja perfecta. Mientras los historiadores se pelean en los pasillos sobre si el Día de los Muertos es una herencia indígena pura o un lavado de cara de las tradiciones españolas para vender orgullo cultural, el gobierno prefiere apostar por el récord Guinness. Lo más irónico es que la figura original de José Guadalupe Posada, 'La Calavera Catrina', nació como una bofetada a las mujeres de la alta sociedad que pretendían ser europeas olvidando sus raíces. Ahora, esa crítica social se ha convertido en un imán turístico masivo, rescatado por Diego Rivera entre 1946 y 1947, y terminado en una escultura efímera que desaparecerá el 2 de noviembre. Al final, la Catrina es como el sueldo a final de mes: llega con mucha pompa, impresiona un par de días y luego se esfuma sin dejar rastro.
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