Crítica:
El texto original es un clickbait ligero que mezcla historia con recomendaciones de compras. Le falta profundidad sobre el contexto social de los autómatas para no parecer un simple catálogo de curiosidades.
El texto original es un clickbait ligero que mezcla historia con recomendaciones de compras. Le falta profundidad sobre el contexto social de los autómatas para no parecer un simple catálogo de curiosidades.
Hay lugares que se niegan a jubilarse. El Templo Champa de Phu Loc, en An Nhon Bac, es exactamente eso: un superviviente testarudo que mira desde lo alto mientras el mundo abajo se vuelve plano y previsible. Imaginen una torre de ladrillo de unos 15 metros de altura que lleva aguantando el chaparrón desde el siglo XII. No es un rascacielos de cristal con aire acondicionado, sino una pieza de mampostería cuadrada que sobrevive a base de pura inercia histórica y pilastras verticales. Lo más curioso es que los eruditos franceses, con esa manía de ponerle nombres elegantes a todo lo que encontraban, lo bautizaron como Tour d'Or o 'Torre Dorada'. No es que estuviera recubierta de lingotes —ojalá el presupuesto público de hoy fuera tan eficiente—, sino que el sol, en ciertos ángulos, le da un brillo ámbar que engaña al ojo. Es el equivalente arquitectónico a ponerle un filtro de Instagram a una ruina medieval para que parezca lujosa. Mientras la mayoría de los restos del reino de Champa han sido devorados por el hormigón de las ciudades modernas, como quien se come un bocadillo en un descanso, Phu Loc se ha quedado sola en su cima. Tiene puertas falsas y motivos de punta de lanza que nos recuerdan que, hace ochocientos años, alguien decidió que ese monte era el sitio ideal para sentirse poderoso. Hoy, el templo ofrece vistas panorámicas de campos agrícolas y un silencio que incomoda, recordándonos que los imperios caen, pero los ladrillos bien puestos, si nadie los tira para hacer un parking, se quedan ahí para burlarse de nuestra prisa cotidiana.
Hay algo profundamente reconfortante en saber que, aunque creamos que somos la cima de la evolución con nuestro 5G y el delivery a domicilio, el ser humano sigue siendo el mismo animal asustadizo de siempre. Aaron Mahnke, en su libro 'Exhumed' (que nos cuesta unos 30 dólares, básicamente el precio de una cena mediocre), nos recuerda que la ignorancia no solo es atrevida, sino que a veces es letal y muy creativa. Tomemos como ejemplo a Mercy Brown. Estamos en Exeter, Rhode Island, en 1892. La tuberculosis estaba haciendo estragos, como si fuera una pandemia antes de las pandemias. La familia Brown vio caer a la matriarca Mary y a sus hijas Mary O. y Mercy L. Cuando el hijo, Edwin, empezó a toser sangre, el pueblo no pensó en bacterias —aunque la ciencia ya había descubierto el bacilo de la tuberculosis una década antes—, sino que decidieron que Mercy era una vampira que le estaba succionando la vida a su hermano. Desenterraron a la chica y, como el invierno de Rhode Island actúa como un congelador industrial, Mercy estaba sorprendentemente conservada. Vieron uñas largas y un poco de fluido en la piel y dijeron: '¡Ajá! ¡Vampiro!'. Procedieron a quemarle el corazón en un ritual que, spoiler alert, no salvó a Edwin, pero que sí sirvió de combustible creativo para que Bram Stoker escribiera 'Drácula' cinco años después. Mahnke conecta estos delirios con nuestra era. Nos dice que beber sangre de ahorcados para curar la epilepsia o comer momias pulverizadas para el dolor de estómago no es tan distinto a pagar un 'shot de salud' carísimo en Whole Foods. Cambiamos el polvo de muerto por el jengibre orgánico, pero la necesidad de sentir que tenemos el control sobre la muerte es la misma. Desde Da Vinci reciclando 'espíritus vitales' de cadáveres hasta el mito del tomate como 'manzana venenosa' (cuando el culpable era el plomo de los platos), la historia es un catálogo de errores costosos disfrazados de sabiduría.
En la era del TikTok y los filtros de Instagram que te quitan hasta las ojeras, resulta casi obsceno hablar de la paciencia. Me refiero a esa paciencia casi religiosa, o más bien masoquista, de Alexander Alexeieff y Claire Parker. Mientras nosotros nos desesperamos si el WiFi tarda tres segundos en cargar un reel, este matrimonio ruso-francés se pasó medio siglo —de 1933 a 1972— empujando miles de pines a mano, uno por uno, para crear sombras. Sí, básicamente hicieron el equivalente artístico a limpiar una playa con un cepillo de dientes, solo para lograr que la luz y la oscuridad bailaran en pantalla. El resultado es una trilogía de pesadillas elegantes que harían que Kafka, Gogol y Mussorgsky se sintieran cómodos en el mismo sofá. No hablamos de la animación plana y masticada de los dibujos convencionales, sino de un claroscuro que deja en ridículo a muchos renders modernos. Tomemos 'La nariz' (1963) de Gogol, con esa banda sonora de Hai-Minh que te pone los pelos de punta, o 'Ante la ley' de Kafka, donde la voz de Orson Welles le da un peso que parece que te estuviera cobrando el alquiler del alma. Pero el verdadero sablazo al ego de Disney llega con 'Una noche en el Monte Calvo'. Siete años antes de que Fantasía (1940) se llevara los aplausos, Alexeieff y Parker ya habían capturado el horror puro con su pantalla de pines. Es una artesanía tan bruta y lenta que asusta. Para cuando terminaron 'Cuadros de una exposición' en 1972, con ese gnomo translúcido naciendo de un huevo, habían dejado claro que el arte no es cuestión de software, sino de cuántas horas eres capaz de dedicarle a un solo fotograma sin volverte loco.
Roma es la definición perfecta de ese amigo que lo pierde todo en una mala racha y luego vuelve a aparecer en Instagram presumiendo de éxito. City 3D Time-lapse ha condensado la historia de la Ciudad Eterna en tres minutos, un tiempo que hoy en día no te da ni para elegir el menú del día en un restaurante turístico. Es fascinante y aterrador a la vez. El vídeo arranca con la leyenda de 753 a.C., cuando Rómulo decidió que la mejor forma de fundar una ciudad era eliminando a su hermano Remo. Un inicio familiar para cualquiera que haya intentado montar un negocio con primos. Luego vienen la República y el Imperio, esa etapa de gloria donde Roma se creía el centro del universo hasta que, al llegar el siglo VI d.C., la cosa empezó a torcerse. Los edificios desaparecen a un ritmo alarmante; es como si la ciudad hubiera decidido hacer una limpieza general de armario, pero sin guardar nada. Quinientos años de decadencia se esfuman en cinco segundos de vídeo. Un sablazo histórico que deja a los académicos peleándose por la fecha exacta de la caída mientras nosotros vemos cómo la ciudad se queda prácticamente para muerta. Pero Roma tiene más resistencia que una sartén de teflón. Tras la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, la ciudad vuelve a expandirse. Para que nos hagamos una idea del ritmo, el arqueólogo Giovanni Piranesi dibujó sus famosas ruinas justo en el minuto 1:55 del clip. De ahí saltamos a la era industrial y a la globalización actual, donde el Coliseo sigue ahí, aunque ahora el paisaje no son túnicas, sino una marea de pantalones cortos de carga y turistas perdidos. En lo que dura una canción de Eurovisión, vemos que Roma no se construyó en un día, pero que sabe cómo reinventarse incluso cuando el presupuesto parecía haber llegado a cero.
La historia nos quiere vender que la música electrónica nació en un club oscuro de Berlín, pero la realidad es que empezó como un capricho de ingenieros y una fiebre comercial digna de una burbuja inmobiliaria. Todo empezó con Wendy Carlos y su 'Switched-On Bach' en 1968. Carlos no solo tocó Bach; básicamente le dio la llave del reino a la industria musical, que reaccionó como un niño en una tienda de caramelos. De repente, el mercado se inundó de versiones 'Switched-On' de todo lo imaginable: desde Rock hasta Santa Claus, transformando la vanguardia en un producto de catálogo para llenar salones con equipos de hi-fi recién comprados. El culpable fue Robert Moog y su sintetizador modular. Imaginen una centralita telefónica de los años 50, llena de cables y 'cajitas' que hacían una sola cosa, pero que permitían que un teclado de piano controlara el voltaje. Era el Ferrari de la época: caro, complejo y, hasta entonces, reservado para universidades o laboratorios corporativos donde se hacían experimentos que sonaban a cafetera rota. Mientras Moog dominaba la costa este, Don Buchla hacía lo suyo en la costa oeste, peleando por decidir cómo debía sonar el futuro. Luego llegaron los 'estafadores' del espacio, tipos como Les Baxter, Dick Hyman o Juan Garcia Esquivel, que montaron el 'space age pop'. Dick Hyman, por ejemplo, logró colar 'The Minotaur' en el puesto #38 del Hot 100 hace 57 años, una pieza de psicodelia de ocho minutos y medio que hoy suena a viaje astral sin retorno. Y no olvidemos a Gershon Kingsley, cuyo tema 'Popcorn' se convirtió en un hit mundial en 1972 gracias a Hot Butter. Fue el momento exacto en que el ruido electrónico dejó de ser un experimento científico para convertirse en el fondo musical de una fiesta de cóctel.
Hubo un tiempo en que intentar explicar qué era el manga en Estados Unidos era como intentar venderle hielo a un esquimal; nadie tenía ni idea. Frederik L. Schodt ya lo contaba en los 80 con su libro 'Manga! Manga!', cuando el formato era un exótico secreto japonés. Hoy, la realidad ha dado un giro de 180 grados. La Gen Z ha sustituido el fervor por el fútbol americano (que solo atrae al 25%) por el anime (con un 40% de adeptos), demostrando que leer de derecha a izquierda es ahora más natural para ellos que entender una factura de la luz. El Brooklyn Museum ha decidido subir el listón con 'Art of Manga', una exposición que no es el típico despliegue de posters brillantes, sino una disección del oficio del mangaka. Con 10 salas y más de 600 ilustraciones originales, la muestra nos recuerda que detrás de los dibujos hay sudor y tinta. Desde el absurdo de Fujio Akatsuka hasta la crudeza social de Tetsuya Chiba, la muestra expone que el cómic japonés no es solo para niños, sino una herramienta para hablar de guerra, paz y precariedad económica. Lo más jugoso es el acceso al 'backstage'. Hay piezas que nunca fueron diseñadas para el ojo público, como un autorretrato a lápiz y sin terminar de Jiro Taniguchi, o la icónica escena final de 'Ashita no Joe', donde el boxeador derrotado sonríe mientras el mundo se le cae encima. Para rematar, Hirohiko Araki ha plantado 12 pinturas a tamaño real de 'JoJo’s Bizarre Adventure' (un fenómeno que ya cumple casi 40 años) para que el visitante se sienta un extra en su surrealista universo. Todo esto mientras recordamos que Eiichiro Oda, con 'One Piece', creó en 2022 el libro más largo del mundo con 21.450 páginas. Un despliegue de obsesión que el museo mantiene vivo hasta el 31 de enero de 2027.
El Hirshhorn Museum ha decidido que su jardín ya no puede ser ese descampado hostil de 1974 donde, según cuenta Marina Isgro, solo sobrevivía un árbol solitario y el optimismo del brutalismo. Tras cuatro años de obras y un inicio formal en 2022, el espacio de 1.3 acres reabre este sábado 31 de octubre, transformándose en un refugio que no solo busca la meditación, sino que se permite el lujo de jugar con el visitante. El arquitecto Hiroshi Sugimoto, que ya había retocado el lobby en 2018, ha diseñado una entrada donde los espejos de acero inoxidable distorsionan la realidad según la altura: un guiño para que los niños se sientan protagonistas y los adultos recuerden que el arte también es jugar a ser deforme. Pero el verdadero 'sablazo' visual es la obra Eight de Elmgreen & Dragset. Imaginen una piscina vertical de acero inoxidable de 28 pies de altura y 55.000 libras de peso. Para meter este 'monstruo' en el jardín, hicieron falta una grúa de 300 toneladas y un viaje transoceánico, porque aparentemente, para representar la 'comunidad', hace falta desplazar toneladas de metal desde Berlín. Mientras tanto, en el lado este, el bronce clásico mantiene el tipo. Tenemos el King and Queen de Henry Moore (1952-1953), que es básicamente el 'American Gothic' británico, y los Burgueses de Calais de Rodin, instalados ahora a ras de suelo, tal como el artista quería antes de que la burocracia del siglo XIX los subiera a un pedestal para que no molestaran. El jardín cierra el círculo con el toque contemporáneo de Yoshitomo Nara y sus niños 'tiernos pero inquietantes', y el regreso del Wish Tree de Yoko Ono. Un árbol donde cuelgas tus deseos para que luego el personal del museo los recoja y los mande a Islandia. Una logística envidiable para gestionar la esperanza pública.
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