A golden age of maths is dawning and mathematicians are freaking out

IA en mates: del genio al botón

ciencia Una ilustración conceptual y satírica. Un escritorio antiguo de madera lleno de pergaminos matemáticos polvorientos, reglas de cálculo y tazas de café vacías. En el centro, un smartphone moderno y brillante emite un haz de luz neón que transforma los garabatos complejos en formas geométricas perfectas y flotantes. Estilo artístico digital, contraste entre lo académico clásico y el minimalismo tecnológico, atmósfera de asombro y caos.

Imagínate que pasas décadas estudiando la partitura de una ópera compleja solo para que llegue un chaval con un botón mágico y la toque perfecta sin saber leer música. Eso es exactamente lo que está pasando en el Olimpo de las matemáticas. Adrià Voltà, un tipo con una formación en física que se quedó en el camino, decidió jugar al casino de los teoremas usando GPT 5.5 Pro.

¿El resultado? Un recordatorio de que, aunque la IA puede escupir fórmulas que parecen escritas por Dios, si no tienes la brújula adecuada, acabas celebrando que has descubierto que el agua moja. La cosa ha pasado de ser una curiosidad a un pánico existencial. En abril, en una reunión secreta en San Francisco (con puerta rosa y timbre de video, muy estilo startup de garaje), los cerebros de Stanford, Toronto y Berkeley se miraban las caras con un miedo real.

¿Para qué quemarse las pestañas en un doctorado si AlphaProof de Google DeepMind ya se saca unas medallas de plata y oro en la Olimpiada Matemática Internacional (IMO) como si fueran caramelos? En julio de 2024, AlphaProof resolvió cuatro de seis problemas del IMO; un año después, OpenAI ya estaba jugando en la liga del oro. Lo más delirante es que aficionados como Kevin Barreto y Liam Price están limpiando la lista de problemas de Paul Erdős usando GPT 5.2 Pro.

No es ciencia, es domesticación: hay que decirle a la IA "no te rindas" o "está fácil", como quien intenta convencer a un niño malhumorado para que recoja sus juguetes. Mientras tanto, figuras como Terence Tao sugieren que pasaremos de la "escasez de pruebas" a la abundancia, donde el trabajo del matemático ya no será encontrar la respuesta, sino intentar entender el jeroglífico que la máquina ha soltado.

Desde resolver la conjetura de la distancia unitaria plana hace 80 años hasta el problema Erdős 1196, la IA ya no pide permiso para entrar en el laboratorio.

Crítica:

El texto es una crónica fascinante, pero peca de optimismo al confiar en la 'validación' de la propia IA. Es una oda a la herramienta que ignora que la IA sigue alucinando con una confianza pasmosa.

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