Crítica:
Es un manual de instrucciones disfrazado de guía. No aporta trucos reales de composición, solo te dice dónde están los botones que ya vienen en el manual.
Es un manual de instrucciones disfrazado de guía. No aporta trucos reales de composición, solo te dice dónde están los botones que ya vienen en el manual.
Mirar las estrellas solía ser un ejercicio de paciencia monacal o de poseer un doctorado en cartografía celeste. Hoy, la tecnología nos permite hacer trampas. El Celestron StarSense Explorer DX 130AZ es, básicamente, el GPS de Google Maps aplicado al cosmos: te lleva de la mano para que no pases la noche buscando una mancha borrosa que resulta ser un satélite muerto. Para quienes creen que 414,99 dólares es un sablazo, recordemos que el precio oficial (MSRP) es de 499,95 dólares. Estamos ante un descuento del 17%, un respiro financiero que, aunque no llega al precio récord de 379 dólares visto en el Prime Day de junio, sigue siendo una oportunidad decente para no dejar la cuenta corriente en números rojos mientras intentas contactar con Marte. El aparato no es un juguete. Con una apertura de 5,1 pulgadas (130 mm) y una longitud focal de 25 pulgadas (650 mm), este reflector Newtoniano recolecta luz como si fuera un imán, superando en nitidez a muchos competidores automatizados que cuestan un riñón. Damian Peach, el experto que lo puso bajo la lupa, le otorgó 4 de 5 estrellas, quejándose únicamente de que le faltan oculares de alta potencia para ver los detalles más finos. Es como comprarse un coche deportivo y descubrir que el espejo retrovisor es un poco pequeño: molesta, pero el motor sigue siendo una bestia. Con un peso de 8,16 kg y una garantía de dos años, el equipo se apoya en una app que usa la cámara del móvil para mapear el cielo en tiempo real. Es la solución ideal para el principiante que quiere evitar el estrés de los mapas estelares tradicionales y prefiere ir al grano. Si buscas automatización total, sigue ahorrando; si quieres ver el universo sin complicarte la vida, el precio actual en Amazon es el camino.
Bienvenidos al vertedero digital de Mark Zuckerberg, donde la desesperación sentimental y el 'slop' de inteligencia artificial han creado el combo perfecto. La nueva moda en Facebook no son los memes de gatitos, sino los 'Silver Foxes' sintéticos: señores canosos, con barbita recortada y camisetas ajustadas que, sentados frente a un micrófono de podcast que no existe, le dicen a las mujeres exactamente lo que quieren oír sobre lo insuficientes que son los hombres reales. Es el equivalente digital a comprar un libro de autoayuda en una gasolinera: banal, genérico y peligrosamente convincente. Personajes como 'Uncle George' o el coach 'Leo Davidson' se han convertido en los nuevos gurús del amor. Davidson, que ya presume un vídeo con más de un millón de vistas, se dedica a soltar sentencias lapidarias sobre la lealtad, mientras que 'The Male Insight' —con su avatar Roman Black— factura clics criticando la falta de disciplina masculina. El negocio es sencillo: usan la fórmula del 'clipping' (cortes cortos de vídeos largos), pero sin el problema de tener que contratar a un humano o, peor aún, tener una idea original. Mientras una mujer paga su alquiler, gasolina y uñas sola —como bien recita el bot de The Male Insight en un clip de 200,000 vistas—, hay un operador de IA al otro lado de la pantalla diseñando el anzuelo perfecto. El objetivo no es la salud mental, sino el bolsillo. Desde e-books generados por IA hasta plantillas de mensajes para ligar, el 'sablazo' es la meta final. Lo más delirante es que hasta Google se ha tragado el cuento, validando a Roman Black como un tipo real. Al final, es la paradoja máxima: miles de mujeres buscando un 'hombre de verdad' en los consejos de un algoritmo que no tiene corazón, ni cuerpo, ni cuenta bancaria propia.
Elon Musk ha vuelto a demostrar que lanzar cohetes es, para él, tan rutinario como para nosotros ir a comprar el pan. El 13 de septiembre, a las 2:49 p.m. EDT, un Falcon 9 despegó desde Cabo Cañaveral para poner en órbita los últimos tres satélites de la constelación O3b mPOWER de la luxemburguesa SES. No era un vuelo cualquiera; era la misión número 700 de la familia Falcon. Siete cientos. Para que nos entendamos: mientras nosotros seguimos peleando con el mando de la tele, SpaceX ha convertido el espacio en una cinta transportadora de Amazon.
El espacio exterior se ha convertido en el vertedero más caro de la historia. Mientras nosotros peleamos con el ayuntamiento porque no recogen los contenedores el domingo, allá arriba tenemos un cementerio de chatarra orbital que amenaza con bloquearnos la salida de casa. Pero tranquilo, que ya vienen los 'grúas del cosmos'. En el episodio 225 de This Week In Space, Rod Pyle y Tariq Malik nos presentan a Adam Kall de KMI Space, una empresa que ha decidido que la solución al caos orbital no está en los manuales de ingeniería cuántica, sino en mirar a un pulpo o a un geco. Sí, básicamente quieren que los satélites se peguen a la basura como un niño pequeño a una pierna en el supermercado. KMI Space no se queda en la teoría; ya han hecho los deberes en la Estación Espacial Internacional (ISS), ejecutando más de 170 operaciones de 'encuentro y agarre'. Es como jugar al Tetris, pero con piezas que pesan toneladas y se mueven a velocidades absurdas. Mientras tanto, Elon Musk sigue jugando al Monopoly inmobiliario con un Starbase en Luisiana valorado en 100.000 millones de dólares y planea jubilar al Falcon 9 en cuanto el Starship deje de dar sustos. La hipocresía es el combustible de la industria: Trump intentó cargarme el Telescopio Espacial Roman el año pasado, pero ahora que está listo para despegar, todos sonríen para la foto. Y para cerrar el círculo del surrealismo capitalista, mientras discutimos la sostenibilidad de la órbita terrestre, nos venden maquetas del Falcon 9 por 149,99 dólares. Porque nada dice 'salvemos el planeta' como comprar más plástico que imite el cohete que ensucia el cielo.
La ironía tiene un sabor exquisito cuando se sirve fría y en código binario. Un grupo de ingenieros de software, víctimas del hacha corporativa bajo la excusa de la eficiencia algorítmica, han decidido devolver el golpe con una elegancia quirúrgica. Han bautizado su venganza como 'OpenExecutive', un sistema de IA diseñado para hacer el trabajo de un CEO y de todo su séquito de la C-suite. Es, básicamente, el 'ojo por ojo' trasladado a la nube. Mientras el ciudadano medio pelea con la inflación y ajusta la lista de la compra para que cuadre el mes, estos desarrolladores han montado un equipo de ocho agentes de IA que simulan ser desde el director financiero hasta el jefe de recursos humanos. Todo ello impulsado por los modelos de Anthropic, usando Claude Sonnet 4.6 para el día a día y reservando el Claude Opus 4.7 para esos momentos de 'razonamiento profundo' que suelen costar miles de euros en consultorías externas. Lo más hilarante es que venden el sistema como un asesor con conocimientos de un MBA de Harvard. Para quien haya visto cómo funcionan esos títulos, sabrá que emular la capacidad de hablar mucho sin decir nada es la especialidad de cualquier algoritmo decente. OpenExecutive aprende de documentos internos y, a diferencia de muchos jefes reales, no sufre de amnesia selectiva cuando llega la hora de rendir cuentas. Incluso Mark Zuckerberg, el eterno entusiasta de lo artificial, ya está jugando en esa liga creando un clon fotorealista y un agente IA para asistir su gestión en Meta. La paradoja es deliciosa: los peces gordos usaron la IA para limpiar las plantillas, y ahora resulta que hay una herramienta que hace su trabajo sin pedir aumentos ni amenazar con huelgas. Si la lógica del ahorro de costes es ley, el despacho presidencial debería estar vacío ya mismo.
Microsoft ha caído en la trampa que ellos mismos tendieron. Durante meses, el mantra corporativo fue 'usad la IA para todo', una invitación abierta al festín digital que algunos empleados se tomaron demasiado en serio. En la organización de Customer and Partner Solutions, apareció un personaje que podríamos llamar el 'rey del tokenmaxxing': un visionario del gasto que se fundió 28.000 dólares en herramientas de IA en apenas 28 días. Para ponerlo en perspectiva, mientras el empleado medio se gasta unos 300 dólares —algo parecido a una cena cara y un par de caprichos—, este individuo decidió jugar a la ruleta rusa con el presupuesto corporativo, gastando lo que costaría un coche compacto de segunda mano en menos de un mes. La fiesta se acabó cuando la hoja de cálculo de compensaciones internas, filtrada por Business Insider, dejó al desnudo la disparidad. Mientras algunos apenas rozaban los diez dólares, otros superaban la barrera de los 10.000, convirtiendo la eficiencia tecnológica en un agujero negro financiero. La reacción de la cúpula no se hizo esperar. Jay Parikh, vicepresidente ejecutivo de CoreAI, tuvo que enviar un memo en agosto para pedir, básicamente, que dejaran de quemar billetes. Parikh recordó que el objetivo es 'mover la aguja' del negocio, no ver quién es capaz de consumir más tokens antes de que suene la alarma. La solución es la clásica maniobra de ahorro: Microsoft pasará a usar GPT-5.6 Sol, un modelo menos hambriento de recursos, como estándar interno. Es la ironía máxima del valle del silicio: primero crean una cultura de entusiasmo ciego y rankings de uso —como hizo Amazon— y, cuando la factura llega y el susto es real, obligan a todos a ponerse a dieta digital.
Nos vendieron que la inteligencia artificial nos quitaría el pan de la boca, pero resulta que lo único que han dominado es el arte del slapstick. En Pekín, los World Humanoid Robot Games se han convertido en un espectáculo de comedia física donde la ingeniería de vanguardia se encuentra con la ley de gravedad de la forma más humillante posible. Un robot, en pleno sprint, ignoró la existencia de la línea de meta y se lanzó contra una pared acolchada con la sutileza de un camión sin frenos. El resultado fue una coreografía patética de pasos rápidos para no caer, culminando en un aterrizaje de cabeza que hizo que su cadera escupiera chispas como si fuera una fuente de fuegos artificiales defectuosa. Un cortocircuito digno de un dibujo animado. La empresa Unitree, que el año pasado se paseó por la competición llevándose cuatro medallas de oro, incluyendo los 100 metros, ha querido subir la apuesta con su nuevo modelo 'Superman'. Prometen que corre más que Usain Bolt y salta más que cualquier humano, pero en los entrenamientos el 'Superman' ha demostrado tener la capacidad de frenado de un carrito de la compra cuesta abajo, estampándose contra una caja eléctrica y aterrizando de culo. La razón es tan simple como cruel: este año los robots deben ser autónomos, sin un humano con mando a distancia corrigiendo sus estupideces. Como bien apunta el analista Eren Chen, la industria china está obsesionada con la velocidad, optimizando los músculos pero olvidando el cerebro. Han construido Ferraris con la inteligencia de un ladrillo, y mientras ellos buscan la perfección técnica, nosotros disfrutamos del espectáculo de ver cómo el futuro se desmorona en una lluvia de chispas y metal retorcido.
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