Crítica:
La noticia es un panfleto de relaciones públicas de SpaceX disfrazado de periodismo. Omite los detalles técnicos de los fallos del Super Heavy para centrarse en la épica visual.
La noticia es un panfleto de relaciones públicas de SpaceX disfrazado de periodismo. Omite los detalles técnicos de los fallos del Super Heavy para centrarse en la épica visual.
Imaginen que intentar entender la mecánica cuántica es como intentar leer la letra pequeña de un contrato de alquiler mientras te roban la cartera: frustrante y deliberadamente confuso. Ahora, imaginen que alguien decide envolver ese dolor de cabeza en un envoltorio de colores y nos dice que es un videojuego. Así nace Quantris, una versión de Tetris donde las piezas están en 'superposición'. Traducido al idioma de la calle: la pieza está ahí y no está, como ese sueldo que aparece en la cuenta el día 1 y desaparece el día 2 en un abrir y cerrar de ojos. Si tienes la mala suerte de 'observarla', la pieza materializa y, ¡pum!, pierdes la partida. No nos engañemos; no estamos hablando de que tu PlayStation 5 se haya convertido en un acelerador de partículas. La realidad es que la mayoría de estos 400 juegos, impulsados por eventos como el Quantum Game Jam desde 2014, corren en simuladores convencionales. Es como comprarse un coche eléctrico de juguete que hace ruido de motor V8: la experiencia es similar, pero el motor sigue siendo el mismo de siempre. Incluso Quantum Backrooms, desarrollado por Moth Quantum con ayuda de IBM, usa la computación cuántica solo en la cocina (el desarrollo), pero te lo sirve en un plato de cerámica tradicional (tu PC). Lo fascinante es la hipocresía del aprendizaje. Tenemos a niños de ocho años gritando '¡me has entrelazado!' mientras juegan a Quantum TiqTaqToe o Quantum Chess, sin tener la más remota idea de qué es el entrelazamiento cuántico. Están interactuando con conceptos que harían llorar a un estudiante de ingeniería, pero lo hacen porque es divertido. Mientras los académicos de Aalto University o Caltech intentan que estas herramientas sean útiles, la realidad es que estamos creando una generación de 'nativos cuánticos' que entienden la física más compleja del universo simplemente porque quieren ganar una partida.
Mientras nosotros seguimos peleándonos con el brillo del móvil para que no nos deje ciegos en la cama, en Suiza han decidido reinventar la rueda —o mejor dicho, el punto de luz—. Un grupo de mentes brillantes de la ETH Zurich, liderados por Sander Vonk y David Norris, ha presentado en la revista Nature 2026 el 'píxel de Fourier'. Suena a asignatura de matemáticas que te hacía llorar en bachillerato, pero la realidad es que han logrado que un solo píxel haga el trabajo de dos: controlar la luz y analizarla al mismo tiempo. Hasta ahora, era como tener un mando a distancia y una tele; uno mandaba y el otro recibía. Ahora, el píxel es el mando y la tele a la vez. ¿El truco? Jugar con la interferencia de la luz, esculpiendo superficies en un chip para que las ondas se refuercen o se anulen, como quien intenta coordinar una fila de dominó pero con fotones. Usando el análisis de Fourier para no volverse locos con los cálculos, han conseguido que la amplitud, la fase y la polarización convivan en el mismo espacio. Para demostrar que esto no es solo una fantasía académica, se han limitado a dibujar el logo de su universidad. Un despliegue de potencia tecnológica para hacer un dibujo corporativo, básicamente. La promesa es tentadora: pantallas de portátil que te hacen la foto sin necesidad de una cámara externa o chips que procesan imágenes sin pasar por el procesador, ahorrando energía como quien apaga la luz al salir de una habitación. De momento, es una joya de laboratorio que promete revolucionar la óptica, aunque nosotros seguiremos esperando que el móvil deje de quedarse sin batería a mitad de tarde.
Hablemos claro: la mayoría de las bicicletas eléctricas son como montar un ladrillo con batería; o te destrozan la espalda o pesan lo mismo que un piano de cola. Pero llega la Tenways Wayfarer y nos vende la fantasía de que ir al trabajo no tiene por qué sentirse como una sesión de tortura medieval. Con un precio desde los 1.699 dólares, esta máquina no es solo un vehículo, es un sofá con ruedas. El secreto está en que no escatimaron en amortiguación. Tienes horquilla, tija y un sillín ancho que hace que los baches de la ciudad desaparezcan, como si el asfalto hubiera sido pasado por un rodillo de lujo. Mientras tú peleas con la lista de la compra y el estrés del tráfico, la Wayfarer se desliza con un motor Bafang de 750W que hace el trabajo sucio por ti. ¿Sudar en la oficina? Olvídalo. El motor es tan potente que podrías subir una cuesta mientras piensas en qué vas a cenar, sin despeinarte. En cuanto a la velocidad, juega en la Clase 3, alcanzando los 28 mph (unos 45 km/h), lo que te permite no sentirte como un estorbo frente a los coches. Eso sí, no te creas el cuento de los 85 millas de autonomía; en la vida real, machacando la batería en modo máximo, el chiste se acaba a las 32 millas. Es la típica promesa de marketing: te dicen que llega a la luna, pero se queda corta antes de llegar al siguiente barrio. El hardware es sólido, con neumáticos Kenda de 27.5×2.6″ y una batería certificada UL 2580 que no pretende explotar en tu garaje. Lo malo es el software. La app es un caos y la pantalla de 4.3″ TFT LCD se congela más que un helado al sol en agosto. Pero bueno, si buscas un paseo acojedorado y no un ecosistema tecnológico perfecto, la Wayfarer cumple.
Anthropic se ha coronado como el experto en el 'marketing del pánico'. Mientras el resto de las tecnológicas venden la IA como el nuevo microondas que hace café, ellos prefieren jugar a los profetas del apocalipsis para mantener la superioridad moral. Pero el chiste se cuenta solo: acaban de contratar a Chad Jones, un profesor de Stanford que ve la supervivencia de la especie como una simple partida de blackjack. Según los cálculos de Jones, aceptar un 33% de probabilidades de extinción humana es 'óptimo' si a cambio hay un 67% de posibilidades de multiplicar el nivel de vida por 55. Básicamente, propone apostar la existencia de cada ser humano sobre la mesa, como quien apuesta el último billete en una noche de casino, solo para ver si el PIB sube un poquito más. La matemática es gélida: un riesgo existencial del 1% anual durante 40 años nos deja una probabilidad de supervivencia de 0.67. Para Jones, esto es un negocio redondo. Es la lógica del 'todo o nada' aplicada a la biología global. Mientras tanto, Anthropic sigue gritando que la IA es peligrosa para que el mundo crea que su tecnología es la más potente del planeta. Es una jugada maestra de relaciones públicas: asustarte con el fin del mundo para que sientas que ellos son los únicos capaces de evitarlo. La hipocresía alcanza su cenit cuando recordamos que, mientras se pelean con el Pentágono por la ética, su IA Claude termina siendo utilizada para seleccionar objetivos de ataque en Irán. Al final, la seguridad es el envoltorio brillante de un producto que busca dominar el mercado a base de miedos y algoritmos.
La promesa era sencilla: máquinas haciendo el trabajo sucio mientras nosotros nos dedicábamos a contemplar el atardecer o a leer libros que no sean manuales de Excel. Pero Sam Altman, el gurú de OpenAI, acaba de soltar la bomba en el podcast 'Relentless'. Olvidaos de la semana laboral de cuatro horas; la inteligencia artificial no viene a darnos vacaciones, sino a apretarnos más la tuerca. Es el clásico truco del mago: te venden la automatización para liberar al humano, pero al final te encuentras haciendo el triple de tareas porque ahora 'eres más productivo'. Altman, con la calma de quien tiene la cuenta bancaria blindada, sugiere que en un mundo post-superinteligencia estaremos más ocupados que nunca. Y aquí viene la joya del sarcasmo corporativo: afirma que, aunque nos quejemos, 'secretamente seremos felices'. Traducido al lenguaje de la calle: nos quiere convertidos en hámsters en una rueda de oro, corriendo hasta el agotamiento mientras el CEO nos convence de que el burnout es, en realidad, plenitud profesional. Mientras figuras como el senador de Vermont, Bernie Sanders, intentan rescatar la idea de la semana de cuatro días, la narrativa de Silicon Valley ha pivotado. Ya no se trata de sustituir el esfuerzo, sino de 'intensificar' el rol. En la práctica, esto significa que si la IA hace el trabajo de tres personas, el jefe no te manda a casa el jueves, sino que te asigna la carga de esos tres compañeros despedidos. Es una ingeniería financiera del tiempo humano donde el beneficio se queda arriba y el estrés se democratiza abajo. Altman nos dice que somos ratas en un laberinto y que, milagrosamente, nos encanta el queso del estrés.
La luna de miel entre los visionarios del código y los programadores con sueldos de astronauta ha terminado. Ya no basta con café gratis y pufs de colores; la tensión en el Silicon Valley ha pasado de los debates sobre ética a una guerra de billeteras. En OpenAI, el ambiente está más eléctrico que un servidor en corto circuito. Mientras Greg Brockman, cofundador y presidente, juega a ser el gran titiritero político moviendo decenas de millones de dólares a través de super PACs para comprar viento a favor en las elecciones intermedias de EE. UU. de 2026, sus propios empleados han decidido que ya basta de 'ingeniería financiera' electoral. En un giro digno de una comedia de enredos, el personal ha lanzado su propio contraataque: la Guardrails Alliance. Es el equivalente corporativo a organizar una huelga en el comedor, pero con un fondo de 5 millones de dólares, de los cuales 215.000 dólares salieron directamente de los bolsillos de los trabajadores de OpenAI. Juan Felipe Cerón Uribe, investigador que lleva cuatro años analizando los daños sociales de la IA, lo resume claro: no quiere que su trabajo sea un simple adorno mientras la empresa esquiva la ley. Pero el surrealismo no termina en San Francisco. En Seattle, Amazon aplica la de 'el que se queja, se va', despidiendo a empleados que se atrevieron a hablar contra un centro de datos en el ayuntamiento. Y para cerrar el círculo del absurdo, 26 empleados de Meta han demandado a la firma alegando que fueron despedidos por una IA. Sí, la ironía es suprema: usar un algoritmo para limpiar la plantilla que ignora bajas por maternidad o emergencias médicas. Es la eficiencia máxima: despedir humanos usando una máquina que no entiende qué es un hospital.
Imagínate que vas conduciendo tranquilo y, de repente, un piano de 360 kilos decide que tu parabrisas es el lugar ideal para aterrizar. Eso es, básicamente, chocar contra un alce. En Suecia, donde la densidad de estos 'tanques peludos' es 3,5 veces mayor que en Alaska, el encuentro es casi un deporte nacional: unas 5.000 colisiones anuales. Para evitar que el conductor termine como un filete mal cocinado, Volvo ha decidido dedicar décadas a lanzar sus coches contra un muñeco de goma sin cabeza que pesa exactamente 793 libras. En la última película de terror automovilístico compartida con Popular Science, un Volvo XC60 se lanza a 43 millas por hora contra el simulador. El resultado es una coreografía surrealista: las patas del alce se doblan como palillos chinos y el torso vuela sobre el capó, impactando el cristal. Pero aquí entra la ingeniería: gracias a un diseño frontal inclinado y pilares A reforzados, el bicho sale despedido como un patinador olímpico sin atravesar la cabina. No es magia, es presupuesto. La evolución de este 'estira y encoge' es fascinante y algo macabra. En los 80, Volvo usaba cadáveres reales (una carnicería, literalmente). Luego pasaron a haces de cables y vigas de madera, hasta llegar al sofisticado modelo de 2001, compuesto por 116 discos de goma y acero. El dato que debería hacernos sentir seguros es que, según un análisis de Car and Driver de 2018, los modelos actuales redujeron la deformación del parabrisas en un 36% comparados con los de 1999-2006. Al final, Volvo nos vende la tranquilidad de que, si un animal del tamaño de una casa se cruza en tu camino, es más probable que el alce salga volando que tú por la ventana.
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