Crítica:
La noticia expone un vacío operativo alarmante, aunque se queda corta al no preguntar formalmente a la Benemérita sobre la legalidad de la cita previa en delitos flagrantes.
La noticia expone un vacío operativo alarmante, aunque se queda corta al no preguntar formalmente a la Benemérita sobre la legalidad de la cita previa en delitos flagrantes.
Imagínate que te limpian la cartera o te dejan el coche en los huesos. Te sientas en el autobús, llegas al cuartel con la rabia a tope y, ¡zas!, te encuentras con que denunciar un robo ahora tiene la misma logística que pedir cita para el dentista o renovar el DNI en un año bisiesto. Bienvenidos a la vanguardia de la seguridad en Baleares, donde la AUGC ha tenido que confirmar lo que ya olía mal: en algunos puestos de la Guardia Civil, si quieres contar que te han robado, te toca pedir cita previa y esperar unos días. Es una genialidad administrativa. Mientras el delincuente opera en tiempo real, la justicia se gestiona con agenda de peluquería. La Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) de Baleares no se anda con rodeos y ha soltado que esto no es un desliz, sino un problema estructural que llevan años gritando al vacío. El drama es sencillo: no hay agentes. Para que nos entendamos, es como intentar cubrir un estadio de fútbol con tres porteros; al final, alguien tiene que dejar la portería vacía. Los agentes están haciendo malabares imposibles entre patrullar la calle para que no nos desplumen y atender el mostrador. La solución del Ministerio, al parecer, es el 'parche': mover agentes de un puesto a otro como si fueran piezas de Tetris, restando tiempo operativo y sumando kilómetros de carretera. A esto añádele las comisiones de servicio que vacían los cuarteles, y tienes la receta perfecta para que el ciudadano se sienta un número en una lista de espera. No se puede pedir un servicio de primera con una plantilla de saldo. Al final, la seguridad ciudadana en las islas se ha convertido en un juego de sillas musicales donde el ciudadano es el único que se queda sin asiento.
Hay una ironía perversa en que un profesor, alguien dedicado a enseñar la verdad, termine siendo la víctima de una mentira arquitectónica. Jesús alquiló su piso en Roquetas de Mar en 2017 por 350 euros al mes, creyendo que ayudaba a una mujer sola. Spoiler: no estaba sola. Ahora, el piso es un hotel familiar gratuito para seis personas que, además, se dedican al 'subarriendo creativo' de habitaciones. Mientras Jesús cuenta los céntimos para que su hija de 4 años no pase calor y apaga el aire acondicionado para sobrevivir, la inquilina presume en redes sociales de joyas de Tous y Pandora, y de tratamientos faciales en su propio centro de estética. La ingeniería financiera de la okupa es fascinante. Debe más de 20.000 euros en alquileres y ha dejado un agujero de 1.000 euros en facturas de luz que el profesor ha tenido que rescatar pidiendo préstamos a familiares. Pero ojo, que la señora es una emprendedora: presume de haber comprado otra casa en Almería al contado y de gestionar carnicerías halal. El cinismo alcanza niveles olímpicos cuando, tras ofrecer 85.000 euros por la vivienda (tres dormitorios y dos baños) y luego echarse atrás porque 'sus padres estaban de viaje en Marruecos', decidió atrincherarse. El contraste es brutal. De un lado, un hombre con diabetes por estrés y cuatro dientes menos de tanto apretar la mandíbula por la impotencia; del otro, una familia que se siente blindada por el 'decreto Maricarmen' y que amenaza con 'despellejar vivo' al dueño si se acerca. La justicia, en este caso, parece un concepto abstracto mientras la vulnerabilidad se usa como un escudo táctico para quienes tienen el bolsillo lleno y la moral vacía. No pagarán ni un duro, porque saben que el sistema, a veces, confunde la necesidad con la audacia.
Hay ironías que superan cualquier guion de Hollywood. Imagina sobrevivir a la Revolución Americana, aguantar que miles de soldados se degüellen a tu sombra el 8 de septiembre de 1781 y, después de esquivar balas de plomo, casi morir estrangulado por quienes decían quererte. Así está el roble de Eutaw Springs, en Carolina del Sur. Un superviviente de casi 300 años que, tras recibir un rayo hace medio siglo que casi lo parte en dos, fue 'salvado' con una técnica rústica: envolverlo en cadenas y cables de acero. El problema es que la naturaleza no entiende de contratos fijos. El árbol creció, y esas cadenas, que en su día fueron su salvavidas, se convirtieron en un torniquete mortal. Es como intentar mantener a alguien vivo apretándole el cuello con una corbata demasiado ajustada; al final, los nutrientes no suben y el árbol empieza a asfixiarse. Ahora, para celebrar el 250 aniversario de la nación, el American Battlefield Trust y expertos de Nueva York han decidido cambiar el hierro por la ciencia. En lugar de darle un 'estirón' con cables, han usado aire supersónico para descompactar la tierra, como quien afloja un zapato que aprieta demasiado, y le han suministrado un cóctel de algas marinas para recuperar el tono. Para evitar que el cielo vuelva a intentar incinerarlo, le han instalado un sistema de pararrayos con cables de cobre que desvían la electricidad a diez pies de distancia. El plan final es quitar las cadenas viejas y poner cables flexibles que permitan al roble bailar con el viento sin romperse. Un despliegue tecnológico faraónico para que un testigo de la historia no termine siendo leña por un error de bricolaje de los años 70.
Hay una especie de placer casi erótico en creer que las tragedias humanas tienen una explicación técnica, un 'fallo en la matriz' que nos quite la culpa. Así nació el mito del pan mohoso. En 1976, Linnda Caporael, una estudiante de U.C. Santa Barbara que solo quería aprobar una asignatura de humanidades para graduarse, escribió un trabajo sobre Ann Putnam y los juicios de Salem de 1692. Su tesis era sencilla: las convulsiones de las niñas no eran demonios, sino ergot, un hongo del centeno que actúa como un LSD rústico. El resultado fue un incendio forestal informativo. Aunque Caporael fue cautelosa y llamó sus hallazgos 'sugerentes', la prensa de la época —con el The New York Times, The Washington Post y The Boston Globe al mando— decidió que el matiz era aburrido. Prefirieron vender que las niñas de Salem estaban en un 'mal viaje' psicodélico, encajando la historia en la paranoia antidrogas de los setenta. Fue el primer 'viral' antes de que existiera internet; una teoría que saltó de una revista científica a los kioscos en semanas. Lo fascinante es la terquedad del error. Nicholas Spanos y Jack Gottlieb desmontaron la teoría en la misma revista Science ese mismo año, demostrando que si hubiera habido ergot, las niñas habrían tenido los dedos pudriéndose por gangrena o el estómago revuelto, cosas que no aparecen en los registros. Pero la verdad es un producto difícil de vender. El mito es tan resistente que en 2023 Joe Rogan lo rescató en su podcast, demostrando que preferimos culpar a un hongo que admitir que los adultos a cargo eran simplemente crueles. Al final, 19 personas colgadas y un hombre, Giles Corey, aplastado por piedras, no fueron víctimas de un hongo, sino de una sociedad que decidió 'comerse a los suyos' porque era más fácil que admitir que la gente puede ser mala sin necesidad de alucinógenos.
Si pensabas que tu factura de la luz era el único susto del año, bienvenido a la realidad: el verano de 2026 en Estados Unidos no ha sido un clima, ha sido un castigo. No hablamos de un 'calorcito' molesto, sino del verano más abrasador en 132 años. Según la NOAA, la temperatura subió 3 grados Fahrenheit (1,67 °C) por encima de la media, dejando en ridículo el récord anterior de 2021 que apenas rozaba los 0,4 °F. Es como pasar de un ligero roce a un golpe seco en la cara. Agosto fue el clímax de este horno industrial, situándose 3,5 °F sobre la media con unos 75,6 °F (24,2 °C). Mientras algunos intentaban sobrevivir en el Suroeste, California, Nevada o Florida, el país se secaba como una pasa al sol. No es solo que hiciera calor; es que el agua desapareció. El verano fue el tercero más seco desde el año 2000, con una precipitación 0,32 pulgadas (0,8 cm) por debajo de lo normal. Para septiembre, el 59,1% del territorio contiguous estaba en sequía. Puerto Rico, por su parte, estaba en cuidados intensivos: el 75% de la isla seca y un 40% en 'sequía extrema'. La naturaleza, harta de nuestra 'ingeniería atmosférica' basada en emisiones industriales, respondió con el catálogo completo de desastres. Mientras el viento en Dakota del Sur soplaba a 111 mph (178,6 km/h) como si quisiera borrar el mapa, el fuego devoraba más de 10.000 acres entre Washington y Oregón. Y para rematar la faena, el Huracán Lala decidió que Hawái necesitaba un baño forzado de viento y lodo. No es mala suerte, es la factura del cambio climático llegando al buzón y, esta vez, no hay quien la dispute.
Hay una coreografía muy estudiada en la izquierda cultural española: el discurso es de barricada, pero el aterrizaje es siempre en el salón VIP. Aldo Comas, en una charla con Dani Esteve para el pódcast 'Cara a cara', ha decidido quitarle el maquillaje a esa puesta en escena. El protagonista del turno es Carlos Bardem, un señor que se siente muy cómodo gritando consignas revolucionarias mientras exige billetes de business class de 5.000 euros. Es la clásica paradoja del 'rojo de salón': defender la lucha de clases desde la comodidad de un asiento reclinable y con champán complimentary. Comas no se queda en los vuelos. Cuenta que Bardem montó un escándalo por la jerarquía de los pisos en el Caribe; no le bastaba con estar bien ubicado, quería estar por encima de Amaia Salamanca porque, según su propia escala de castas artísticas, él merecía el piso 17. Es fascinante cómo la lucha contra el privilegio se convierte en una obsesión por el privilegio cuando toca repartir habitaciones. Y para rematar la faena, el actor se quejaba de que la mansión donde pasó fin de año no era lo suficientemente 'cool' comparada con la del dueño de Hyundai en Sudamérica. Básicamente, quiere la revolución, pero que la casa tenga jacuzzi y vistas al mar. El análisis se extiende a Javier Bardem, a quien Comas define como una decepción personal. El contraste es casi cómico: vender la sanidad pública mientras se alquila una planta entera de un hospital privado para el parto. Es una ingeniería moral donde los 500 millones del Ministerio de Igualdad para proyectos exóticos en el Amazonas pesan más que la falta de rampas para ancianas o sillas de ruedas para enfermos de ELA. Al final, como sugiere Comas, parece que ser de izquierdas hoy en día es el accesorio más barato y glamuroso del mercado.
Hay algo que no encaja en el cuartel. Mientras el ciudadano medio intenta que no le suban el alquiler, la Guardia Civil parece haber descubierto el arte de la ausencia programada. Los datos son claros, aunque la Dirección General los entregue con la generosidad de quien da propina en un restaurante caro: la media mensual de días de baja en 2025 ha escalado hasta los 18,09 días. Para que nos entendamos, es como si cada agente se tomara un 'descanso forzoso' casi tres semanas al mes, superando los 17,13 de 2024 y los 16,68 de 2023. Estamos ante el pico más alto desde que empezaron a contar en 2018. La tendencia es un ascensor que solo sube. Desde el suelo de 2022, con 15,57 días, la cifra ha pegado un salto del 16,2% en tres años. Es un crecimiento sostenido que hace que cualquier analista de bolsa llore de alegría, pero que en seguridad pública huele a quemado. Marzo de 2025 fue el clímax del surrealismo: 20,58 días de media, la primera vez que se rompe la barrera de los 20 días en toda la serie histórica. Agosto no se quedó atrás con 19,80. Lo más fascinante es el juego del gato y el ratón con el Consejo de Transparencia. El solicitante quería saber cuántos días se perdieron por salud mental, pero la institución ha respondido con una gimnasia mental digna de Cirque du Soleil: dan medias mensuales para evitar dar totales. Nos dicen que hubo 31.467 procesos de incapacidad temporal en 2025, y que el 4,2% (1.331 casos) fueron por salud mental. El resto es un misterio guardado bajo llave, porque desglosar las bajas por provincias podría 'perjudicar la seguridad pública'. Traducción: no queremos que sepáis dónde hay más agujeros en la red.
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