Crítica:
La noticia es un despliegue de cifras que oculta la falta de explicación oficial sobre el desplome de bajas en 2025. Es un ejercicio de transparencia a medias que deja al lector adivinando la causa real.
La noticia es un despliegue de cifras que oculta la falta de explicación oficial sobre el desplome de bajas en 2025. Es un ejercicio de transparencia a medias que deja al lector adivinando la causa real.
La vuelta al cole suele traer el drama de comprar la mochila más cara o pelearse por el libro de matemáticas, pero en Ceuta el 8 de septiembre viene con un aroma distinto: el de la vigilancia policial extrema. Mientras los padres revisan que los lápices estén afilados, los mandos policiales diseñan un dispositivo para que los patios no parezcan el escenario de una película de supervivencia. La razón es sencilla y cruda: la ciudad sigue digiriendo la entrada masiva de inmigrantes del 30 y 31 de julio, con unos 10.000 residentes irregulares que han convertido algunos centros educativos en refugios improvisados. No hablamos de una anécdota. El CEIP José Ortega y Gasset, en la avenida de España, ha pasado de ser un templo del saber a un hotel nocturno sin estrellas, donde el servicio de limpieza tiene que hacer malabares con excrementos y basura antes de que los niños crucen la puerta. Es el mismo guion que se repite en el Santa Amelia, Juan Carlos I, Ciudad de Ceuta, San Daniel y Rosalía de Castro. Básicamente, los colegios se han convertido en el 'Airbnb' de la desesperación, y ahora la solución es poner agentes en la puerta para que el inicio del curso no sea un campo de minas. La hipocresía es deliciosa: se habla de 'dispositivo preventivo' y 'garantizar la normalidad', pero la realidad es que estamos blindando escuelas porque la gestión de la crisis migratoria ha dejado agujeros del tamaño de un estadio. El Gobierno de Ceuta, que ya lidia con viviendas públicas ocupadas, ahora debe coordinar que los niños no se encuentren con sorpresas desagradables al entrar a clase. Un despliegue policial para que un colegio sea, sencillamente, un colegio. El 8 de septiembre sabremos si el despliegue de efectivos es un escudo real o solo un parche caro para una herida que no cierra.
Hay algo profundamente poético, en el sentido más trágico y sucio de la palabra, en que el Ejército de Tierra, la maquinaria diseñada para la disciplina y el orden, se vea derrotada por un ácaro. Veinticuatro militares en la Comandancia General de Ceuta están ahora mismo librando una batalla contra el picor nocturno, una guerra de desgaste donde el enemigo no lleva uniforme, sino que se esconde en las sábanas. Mientras el discurso oficial intenta hacer malabarismos para desvincular el brote del contexto migratorio, la realidad es un bofetón: las autoridades admiten 'deficiencias graves en la higienización' de las bases. Traducido al idioma de la calle: los cuarteles están que dan asco. Es el colmo del surrealismo administrativo. Mientras el ciudadano de a pie ve que las Urgencias de Ceuta están colapsadas —atendiendo a cuatro veces más pacientes con el mismo personal, lo que convierte una visita al médico en una lotería rusa—, el Ejército descubre que compartir ropa de cama en condiciones precarias es la receta ideal para una epidemia de sarna. Carmen Fúnez, del PP, describe un escenario digno de una distopía donde crónicos ceutíes prefieren morir en casa antes que arriesgarse a entrar en un hospital que parece un caldo de cultivo. La OMS nos recuerda que esto es pan de cada día en zonas tropicales pobres, afectando hasta al 10% de los niños. Pero que el escenario sea ahora una base militar española es la guinda del pastel. Entre que Alberto Núñez Feijóo pide la comparecencia de Mónica García y la ATME se desespera por la recurrencia de los casos, el soldado raso sigue rascándose. Al final, la 'defensa nacional' se ha reducido a meter las sábanas en bolsas de plástico durante una semana para ver si el ácaro se rinde.
La aritmética del poder es fascinante: mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la hipoteca, el Ministerio de Sanidad ha decidido que es lunes de 'solidaridad'. Mónica García y su equipo han convocado a las comunidades autónomas a una reunión telemática para que empiecen a soltar vacunas hacia Ceuta. No es un capricho; es que desde el 30 de julio la ciudad autónoma se ha convertido en un embudo humano. Buscan triple vírica, varicela, poliomielitis, tétanos y difteria. Básicamente, el kit de supervivencia básico que el Estado parece haber olvidado en el cajón mientras organizaba la agenda. Pedro Gullón, director general de Salud Pública, habla de 'urgencia', una palabra que en el lenguaje burocrático suele significar 'nos hemos quedado sin tiempo'. Mientras tanto, Javier Padilla regresa a Ceuta para intentar poner un parche sobre una herida abierta. La ironía es deliciosa: hace una semana, la ministra García negaba el colapso sanitario, aunque admitía que Urgencias, Medicina Interna y Atención Primaria estaban 'tensionadas'. Decir que un hospital está 'tensionado' cuando tienes a los médicos al borde del infarto es como decir que tu casa está 'un poco húmeda' mientras el techo se cae a pedazos. Los números no mienten, aunque los políticos lo intenten. Entre el 31 de julio y el 14 de agosto, Ingesa registró 5.801 asistencias, sumadas a otras 2.500 de la Cruz Roja en la playa del Trampolín. Es una logística de guerra gestionada con presupuestos de oficina. Para rematar la faena, el hacinamiento ha pasado factura: 18 menores con Mantoux positivo y dos casos confirmados de tuberculosis, sin olvidar el festín de sarna, impétigo y gastroenteritis. El Colegio de Médicos y los sindicatos ya no gritan, ahora braman, mientras Ingesa y la realidad juegan al gato y al ratón.
Hay que tener valor. Mucho valor. El miércoles, pasadas las diez y media de la mañana, un conductor que circulaba por el kilómetro 9 de la carretera TO-1375 en Navamorcuende decidió que lo que acababa de ver no era una alucinación óptica ni un perro muy grande, sino un felino de dimensiones épicas. Así, por una llamada al 112, se montó un despliegue que haría palidecer a una operación de rescate internacional. La Guardia Civil, movilizada por el Servicio de Protección de la Naturaleza, no escatimó en recursos. Metieron en el juego patrullas de Seguridad Ciudadana, al Seprona, el Equipo Pegaso y hasta helicópteros. Mientras el ciudadano medio lucha por conseguir una cita en el médico, el Estado movilizó medios aéreos y terrestres para cazar un fantasma en la Sierra de San Vicente. La paranoia escaló rápido: el Ayuntamiento de El Real de San Vicente lanzó avisos urgentes pidiendo extremar cuidados cerca del convento, convirtiendo la comarca en una especie de versión castellanomanchega de 'El Rey León', pero sin la música de Elton John. La realidad, fría y aburrida, aterrizó pronto. El centro zoológico de Hinojosa de San Vicente confirmó que sus animales estaban todos pasandolo bien en sus jaulas y, con un toque de mala leche, amenazó con medidas legales. Los agentes, en un giro digno de una comedia de enredo, terminaron revisando los microchips de dogos alemanes de la zona, sospechando que el 'temible depredador' era en realidad un perro con buen apetito. Al final, la Delegación del Gobierno en Castilla-La Mancha ha cerrado el chiringuito. No hay rastro, no hay huellas, no hay león. Solo queda el recuerdo de un operativo carísimo basado en la vista cansada de un conductor.
En el Hospital Universitario de Ceuta han descubierto el Santo Grial de la gestión pública: la capacidad de hacer aparecer recursos del sombrero cuando el paciente correcto cruza la frontera. Resulta que el centro guardaba una sala de urgencias para catástrofes, equipada con monitores, bombas de perfusión y respiradores de última generación, que permanecía cerrada «a cal y canto» desde que terminó la pandemia. Para el ciudadano de a pie, aquel que paga sus impuestos y aguanta que el material del hospital esté más roto que una silla de bar, esa sala era un mito urbano. Mientras los ceutíes se hacían fuertes con equipos obsoletos, la administración aplicaba el 'no hay presupuesto' con una disciplina militar. Pero llegó el 22 de agosto de 2026 y, mágicamente, las puertas se abrieron. No para el abuelo que lleva un año en lista de espera para hemodiálisis, sino para más de 20 inmigrantes ilegales con cuadros diarreicos y sarna. De repente, las más de 30 camas nuevas brillaban bajo los fluorescentes. Para cubrir el hueco de personal, que obviamente no existía porque la sala era un museo, han tenido que improvisar a marchas forzadas contratando a recién graduados y promocionando auxiliares. La ingeniería del privilegio no se detiene en Ceuta. El personal sanitario denuncia que pacientes con fracturas de pelvis o mandíbula vuelan hacia el hospital de Puerta del Mar en Cádiz con un 'papelito' de la Delegación del Gobierno que actúa como pase VIP, saltándose cualquier cola. Es la paradoja perfecta: para el vecino, la sanidad es un camino de obstáculos y materiales viejos; para el recién llegado, es un servicio de primera clase con prioridad absoluta. Al final, parece que en la gestión pública el 'no hay sitio' es una variable flexible que depende enteramente del pasaporte.
Hay algo profundamente democrático en la basura. Mientras los libros de historia se empeñan en hablarnos de emperadores con togas impolutas y generales con armaduras brillantes, la realidad nos llega en forma de ocho trozos de esparto podrido. En Urium, un antiguo asentamiento minero a unos 88 kilómetros al oeste de Sevilla, la tierra ha escupido el calzado de quienes realmente movían el mundo: los obreros. No eran piezas de museo ni accesorios de gala; eran las 'botas de trabajo' de la Edad del Hierro, destrozadas a base de turnos interminables y barro. El equipo de Bustamante-Álvarez et al. (2026) encontró estas suelas, de entre 17 y 25 centímetros, tiradas en un basurero junto a un complejo metalúrgico. Imaginen la escena: diez hornos funcionando a pleno rendimiento, dieciséis habitaciones de uso desconocido y un montón de cenizas donde alguien, hace dos milenios, decidió que sus sandalias ya no daban para más. El desgaste en la puntera y la falta de cordones indican que el dueño las exprimió hasta el último aliento, como quien estira la vida de unos zapatos baratos para que lleguen a fin de mes. Lo fascinante es que el esparto (Stipa tenacissima) es, básicamente, el material desechable de la antigüedad. Que hayan sobrevivido es un milagro químico gracias a las cenizas del horno, que actuaron como un conservante casero. Las fechas son el verdadero sablazo a la narrativa lineal: el carbono 14 sitúa una suela entre el 360 y el 205 a.C., otra entre el 175 y el 56 a.C., y una tercera ya en el periodo romano (28-124 d.C.). Urium no fue un chispazo, fue un hormiguero laboral durante 500 años, mucho antes de que Roma absorbiera la zona en el 19 a.C. Al final, la historia no la escriben los que mandan, sino los que dejan sus huellas gastadas en la basura.
Hay cosas que hielan la sangre, como que tu madre te prepare la mochila a los 12 años. Pero lo de hoy ya es deporte de riesgo. Estamos ante la era del 'co-piloting', una eufemismo elegante para describir a padres que se creen los agentes de FIFA de sus hijos, pero en oficinas de contratación. El Wall Street Journal ha destapado una realidad que roza el surrealismo: progenitores que aplican a vacantes por sus hijos, que se cuelan en las llamadas de Zoom como fantasmas fuera de cámara y que, en un despliegue de ternura asfixiante, llaman para dar la baja médica de sus hijos adultos. Es como si el cordón umbilical se hubiera convertido en una cadena de acero inoxidable. Steven Clark, CEO de una firma de staffing en Alaska, ya no se asombra; ha pasado del horror al 'aquí vamos otra vez'. Imaginen la escena: Clark despide a un chico de 24 años que llega tarde a una obra de construcción —un clásico del manual de 'cómo no mantener un empleo'— y, ¿quién llama para reclamar? La madre. Es la gestión del talento convertida en una reunión de padres y maestros de primaria. La cosa es sistémica. En la conferencia de SHRM, la mayor organización de RRHH del mundo, más de la mitad de los 250 profesionales presentes levantaron la mano admitiendo que han tenido que lidiar con estos 'helicópteros' humanos. Zety, el servicio de currículums, soltó el dato que termina de dinamitar la dignidad: un 20% de los Gen Z fueron acompañados por sus padres a la entrevista de trabajo. Sí, el 20%. Mientras el mercado laboral es un campo de minas y la pandemia dejó a una generación socialmente anestesiada, los padres han decidido que la mejor forma de ayudar es convertir la búsqueda de empleo en un proyecto familiar. Básicamente, están intentando hackear el sistema profesional con la misma intensidad con la que pelean que no le quiten el móvil a su hijo en clase.
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