Crítica:
La noticia se centra en los síntomas (los suspensos) pero no profundiza en las causas. ¿Hay un problema con el nivel de euskera en los colegios concertados? ¿O es un fallo sistémico en la corrección de los exámenes? Falta contexto.
La noticia se centra en los síntomas (los suspensos) pero no profundiza en las causas. ¿Hay un problema con el nivel de euskera en los colegios concertados? ¿O es un fallo sistémico en la corrección de los exámenes? Falta contexto.
El Ministerio de Educación, en su infinita sabiduría, ha decretado guerra a los micromachismos en los recreos. Sí, señores, porque parece que el problema de la desigualdad de género no está en la brecha salarial, ni en el techo de cristal, sino en quién se queda con la portería en el partido de fútbol de 5º de primaria. Mientras tanto, la lista de la compra parece más justa que la distribución del espacio en el patio. La guía, un compendio de buenas intenciones y diagnósticos obvios, propone «patios coeducativos» para evitar que los niños ocupen todo el espacio y las niñas se queden mirando. ¡Eureka! ¿Nadie pensó antes en pintar líneas en el suelo? Y no se detienen ahí: vestuarios con “intimidad” (¿se refiere a que se puedan cambiar sin que les juzguen por el color de la camiseta?) y comedores donde no se asignen roles de género (¿quién sirve la sopa?). Todo esto mientras las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de los cuidados no remunerados y las bajas por cuidado familiar, según el propio informe. ¡Menuda coherencia! La OCDE, por su parte, constata que la Educación Infantil en España está “fuertemente feminizada” (92% mujeres). Y claro, si los maestros de infantil fueran todos hombres, el problema estaría resuelto, ¿verdad? Porque un profesor varón, según la OCDE, es un modelo a seguir para romper estereotipos. Como si la solución a la desigualdad fuera una cuestión de cuotas. El informe TALIS 2024, con la participación de 498 centros, revela que España tiene personal docente altamente cualificado, pero parece que la formación pedagógica no incluye cómo evitar que un niño monopolice el balón. En fin, un debate necesario, sin duda, mientras el mundo real sigue girando a un ritmo diferente.
La Selectividad vasca se ha convertido en un drama con sabor a cera y bilis. Un tsunami de ceros en Euskera amenaza con hundir las aspiraciones universitarias de toda una generación, especialmente de los que cursan en colegios donde el castellano es el idioma vehicular. Mientras el precio de la vivienda en Bilbao sigue por las nubes, el futuro de estos estudiantes pende de un hilo, cortesía de un examen que parece diseñado para el fracaso. Según el 'Correo', la cosa va más allá de un simple tropiezo. Hablamos de un cero masivo, de esos que te dejan con la boca abierta y la calculadora en blanco. Centros de modelo A –los que apuestan por una enseñanza en castellano– reportan hasta una docena de suspensos por clase. Docentes, con la paciencia por los suelos, aseguran que el examen no es más difícil que otros años, pero los resultados sugieren lo contrario. Es como si, de repente, la redacción en euskera se hubiera convertido en una prueba de fuego digna de la Inquisición. La Universidad del País Vasco (EHU) primero dio esperanzas con un aviso de posible error en el sistema GAUR, pero luego echó un jarro de agua fría: solo corrigieron los casos de los que figuraban como ausentes. El resto, con sus ceros relucientes, se quedan con la mosca detrás de la oreja. Ahora toca tirar de revisión, con la esperanza de que la corrección sea más benévola. Algunos centros incluso barajan la idea de una reclamación conjunta, porque esto, amigos, huele a sabotaje o, como mínimo, a una prueba mal calibrada. Que un alumno con un B2 o C1 en euskera se lleve un cero es tan absurdo como pagar 5 euros por un café con leche. Esto no es un examen, es una criba.
Sam Altman, el gurú de OpenAI, parece tener una brújula moral averiada o, simplemente, una cuenta bancaria con un apetito insaciable. Su última ocurrencia, World (antes Worldcoin), una empresa que escanea tu iris para demostrar que eres 'humano' (sí, como en 'Minority Report'), se ha aliado con Jared Leto, un actor con un historial de acusaciones de abuso sexual que harían sonrojar al mismísimo Lucifer. La ironía, señores, es un plato que se sirve frío. La idea, aparentemente, es combatir a los especuladores de entradas para conciertos. El plan maestro: un 'Humans Only Concert' donde los fans de Thirty Seconds to Mars (ojo, no Bruno Mars, ahí hubo un lapsus confusus de proporciones épicas) escanean sus ojos a cambio de una oferta 2x1. Cerca de 1,000 'humanos verificados' cayeron en la trampa, mientras que, según Tools for Humanity (otra creación de Altman), repelieron a más de 100,000 bots. Un triunfo, ¿no? El problema es que entregar tus datos biométricos a una empresa con un historial cuestionable (alegaciones de fraude, explotación en países empobrecidos, prohibiciones en varios países) no suena precisamente a ganga. Y la elección de Leto como embajador, con nueve acusaciones de conducta inapropiada en su contra, es como poner a un pirómano a cargo de la seguridad contra incendios. Para rematar la faena, Altman también ha sido acusado de mala conducta sexual. En resumen, un cóctel molotov de dudosa ética y oportunismo descarado. ¿La solución para un problema de especulación? Crear uno mucho, pero mucho peor. Todo esto, mientras el precio de un café sigue subiendo y la lista de la compra parece una declaración de guerra.
El amor a la antigua usanza, ese que te dejaba en números rojos emocionales y económicos, parece estar en extinción. Un estudio monumental, con más de 61.000 participantes de 81 países – más gente que en un mitin político – revela que el individualismo rampante está enfriando los corazones. No es que ya no nos enamoremos, sino que lo hacemos con el termostato bajito. La doctora Jaroslava Varella Valentova, ajena al estudio pero con un ojo clínico, apunta que obsesionarse con una sola persona puede ser un lastre para la productividad. ¿Quién necesita un romance cuando hay facturas que pagar? La cosa va más allá de una simple cuestión de prioridades. Julie Aitken Schermer, de la Western University, sospecha que las nuevas generaciones son más narcisistas que sus antecesores, algo que no es precisamente una novedad bajo el sol. La globalización y las redes sociales, claro, son los chivos expiatorios habituales. Pero Marta Kowal, de la Universidad de Wrocław, y su equipo han encontrado una correlación directa: a mayor individualismo, menor intensidad en el amor. El estudio, presentado en un congreso en Edimburgo (donde seguro había más tweed que pasión), midió la intensidad del amor en una escala del 1 al 5 y el individualismo en una escala del 1 al 7. Los resultados son claros: la gente que se preocupa más por sí misma siente menos “deep emotional bond”, como dirían los anglosajones. Thomas Curran, de la London School of Economics, lo explica sin rodeos: si estás demasiado preocupado por tu imagen y tus logros, te cuesta ser vulnerable. Y sin vulnerabilidad, el amor intenso es como un café sin cafeína. La solución, según Schermer, podría estar en la terapia grupal, en recordar que somos parte de algo más grande. Kowal, por su parte, planea seguir investigando el tema con 2.000 parejas en Polonia durante un año. Un año entero observando cómo el individualismo afecta a la felicidad conyugal. Parece una inversión con buena rentabilidad.
En un mundo donde la inflación te sablea la cuenta bancaria y el alquiler es un deporte extremo, Las Vegas ha decidido romper un récord Guinness… de la fortaleza de mantas más grande del mundo. Sí, lo has leído bien. Mientras algunos luchan por pagar la luz, un ejército de voluntarios y estudiantes de ingeniería del West Career & Technical Academy se han dedicado a construir un palacio efímero de sábanas en el Desert Breeze Community Center. La estructura, que cubría la friolera de 14.103 pies cuadrados (superando al anterior campeón de Carolina del Sur, con sus modestos 12.291 pies cuadrados), exigió un despliegue logístico digno de una película de guerra: cientos de sábanas, tent poles, cuerdas, tuberías, ¡e incluso clips de carpeta! Un adjudicador de Guinness World Records, armado con una cinta métrica y un criterio implacable (sin agujeros de más de una pulgada, por favor), certificó la hazaña. No era solo cuestión de tamaño, sino de habitabilidad: la fortaleza debía permitir sentarse “cómodamente” dentro. Luego, como todo buen castillo de niño, fue desmantelado para volver a la vida real: partidos de baloncesto y la triste realidad de que las mantas no pagan facturas. El proyecto, que costó una cantidad de recursos que podría haber solucionado problemas reales, es una metáfora perfecta de nuestra época: mucho esfuerzo para algo… intrascendente. Una distracción glorificada en un mundo que necesita soluciones serias.
La Playa de Palma, ese edén de protector solar y desvelos, ha encontrado su particular 'blindaje legal'. Fernando Bustamante, un veterano del trile con más años que Matusalén, ha decidido que la era de las acusaciones se acabó. Ahora, cada partida se graba con una GoPro, como si fuera una película de acción con aroma a salitre y desesperación ajena. ¿El motivo? Evitar las denuncias de turistas que, tras perder sus vacaciones en tres patatas, deciden que han sido víctimas de una estafa épica. Bustamante lo explica sin tapujos: antes lo acusaban de 'robar', ahora tiene pruebas en vídeo de que los turistas juegan 'por gusto'. Un giro de guion digno de Hollywood, donde el villano se convierte en documentalista de su propia 'honestidad'. La policía, según el trilero, ya conoce el tinglado y, tras ver las grabaciones, prefiere ocuparse de otras cosas. Es decir, de perseguir a quien se queja, en lugar de a quien se aprovecha de la ingenuidad ajena. Las patatas, esos humildes escondites de la bola, se han convertido en objeto de deseo policial. Bustamante, con una sonrisa socarrona, recuerda haberle pagado 50 euros a un agente para que le devolviera una patata un domingo por la noche. ¡Un rescate vegetal digno de película! Y para rematar la faena, el trilero luce una cresta roja 'porque es español', una declaración de intenciones patriótica que rivaliza con el himno nacional. Aunque, según confiesa, su vicio más caro no es el juego, sino el tabaco: 100 euros al día en cigarrillos. Una fortuna que podría invertir en más GoPro, para seguir documentando su particular versión de la realidad.
Mientras el bolsillo tiembla con la inflación, parece que a algunos les arde más la mecha religiosa. Mayo ha cerrado con 37 ataques contra iglesias y espacios cristianos en Europa, según el Observatorio OIDAC Europe. Trece de esos incidentes, directamente relacionados con fuego. Sí, fuego. ¿Estamos en la Edad Media o en 2026? Alemania, Francia e Italia lideran el 'ranking' de la intolerancia con diez, ocho y ocho incidentes respectivamente, dejando a Polonia, Irlanda y hasta Grecia con el humo en los ojos. No son solo llamas. Hablamos de robos de objetos religiosos, agresiones físicas (una monja polaca sin su cruz, ¡el colmo!), y pintadas que incitan a la quema de templos en Génova. En España, la Verge de la Pau en Òdena (Barcelona) amaneció con el altar destrozado y una página de la Biblia convertida en cenizas. Pero la cosa va más allá de los edificios. La hostilidad, según OIDAC, se extiende a las personas. Un café cristiano en Leipzig, tras 26 ataques en dos años y medio, ha bajado la persiana. Grecia, por su parte, registra más de 4.400 incidentes contra la Iglesia ortodoxa entre 2015 y 2024, un 96% de los ataques religiosos del país. OIDAC avisa: la cifra real podría ser mayor, porque no todos los 'agujeros' en la fe se documentan. El dato frío: 37 incidentes. La traducción callejera: a alguien no le gusta lo que predicamos, y lo demuestra a base de fuego y pintura.
Comentarios