Hay una coreografía política que ya es un clásico: el Gobierno nos pide que nos apretemos el cinturón mientras ellos viajan en primera clase con el champán ya servido. El pasado lunes, Pedro Sánchez decidió que la mejor forma de pedirnos que recuperemos la «confianza en el AVE» era, precisamente, evitando subirse a uno.
Para llegar al foro World in Progress Barcelona 2026, el presidente aplicó la técnica del 'combo premium': primero un helicóptero Super Puma desde La Moncloa hasta Torrejón de Ardoz —porque conducir en festivo es un esfuerzo sobrehumano— y luego un Falcon 900 que despegó a las 9:24 y aterrizó a las 10:18 en la Ciudad Condal.
Acompañado por Elma Saiz y José Manuel Albares, Sánchez aterrizó para decirnos que la confianza en la alta velocidad debe recuperarse «cueste lo que cueste».
El contraste es tan grueso que se puede cortar con un cuchillo. Mientras el presidente se desplaza en el jet del Ejército del Aire, el país aún digiere la tragedia de Urda en Toledo, con 69 fallecidos y decenas de heridos.
Es la misma lógica que usó en 2018 para ir a Castellón y terminar en el FIB escuchando a The Killers: el Falcon es el refugio seguro frente a la realidad del ciudadano.
Para rematar la función, el ministro Óscar Puente sugirió cerrar la línea Madrid-Barcelona durante dos años para hacer obras, una propuesta que Salvador Illa tuvo que matizar rápidamente en la Cadena Ser para evitar el colapso nervioso de los usuarios.
El Gobierno aprobará este martes un decreto de ayudas para las víctimas, siguiendo el manual de Adamuz, pero la verdadera ayuda sería que quienes gestionan el transporte dejaran de mirar el mapa desde la ventanilla de un avión militar.
Crítica:
La noticia es un ejercicio de contraste evidente, aunque el texto original peca de ser demasiado descriptivo y poco analítico. El titular es honesto, pero el cuerpo del texto deja que el lector deduzca la hipocresía sin darle un golpe final.
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