Crítica:
La noticia es un despliegue de inoperancia bilateral donde el dato más fuerte es la confesión de que no hay devoluciones reales. Falta analizar por qué el acuerdo bilateral es un chiste que nadie se atreve a contar en voz alta.
La noticia es un despliegue de inoperancia bilateral donde el dato más fuerte es la confesión de que no hay devoluciones reales. Falta analizar por qué el acuerdo bilateral es un chiste que nadie se atreve a contar en voz alta.
En el tablero político español, el dinero es el lenguaje universal, pero parece que en Madrid han dejado de entender el dialecto del Gobierno central. La Comunidad de Madrid ha decidido llevarse la pelea al Tribunal Supremo tras el último 'reparto de caramelos' del Consejo de Ministros. El asunto es sencillo: hay 180 millones de euros sobre la mesa para vivienda, pero el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido que Madrid no huela ni el envoltorio. El decreto reparte la pasta entre Cataluña, País Vasco, Navarra, Galicia y Asturias, basándose en la declaración de 'zonas tensionadas'. Para Isabel Rodríguez, ministra de Vivienda, es una cuestión de realidades sociales; para Isabel Díaz Ayuso, es un castigo financiero por no jugar según las reglas de Moncloa. Es como si en una comunidad de vecinos decidieran repartir una subvención para arreglar el tejado, pero solo a quienes acepten pintar la fachada de color fucsia. Madrid, que se niega a pintar su fachada del color que pide el Ministerio, se queda con la gotera y la cartera vacía. Miguel Ángel García Martín, consejero de Presidencia, ya ha soltado la primera piedra judicial argumentando que es discriminatorio condicionar los fondos públicos a una decisión competencial. Mientras tanto, Jorge Rodrigo, consejero de Vivienda, mantiene el muro: ni una sola zona tensionada en la región. El contraste es brutal: el Gobierno central habla de 'soluciones extraordinarias' para nueve millones de habitantes en las regiones beneficiadas, mientras que Madrid ve una 'ingeniería financiera' diseñada para asfixiar al insumiso. Tras haber perdido una batalla previa en el Tribunal Constitucional sobre la Ley de Vivienda, Ayuso cambia de estrategia y busca el Supremo. No discute la ley, discute el cheque. Al final, el ciudadano ve cómo los 180 millones vuelan hacia otras latitudes mientras los políticos se miden el ego en los juzgados.
El timing en política es un arte, y el PSOE de Madrid acaba de dar una clase magistral de 'cortina de humo' digital. Mientras el país intenta entender cómo pagar el alquiler sin vender un riñón, Reyes Maroto y Antonio Giraldo han inaugurado psoeaytomadrid.es/stopvutilegales. Una web muy útil, dice la portavoz, para que el vecino haga el trabajo sucio del Ayuntamiento y denuncie los pisos turísticos ilegales. El contraste es para echarse a reír: Maroto clama que Madrid está en 'emergencia habitacional' y critica que solo haya 16 inspectores para vigilar un ecosistema donde hay 1.219 viviendas legales frente a más de 14.000 anuncios en portales. Es decir, hay más anuncios que inspectores por cada mil casas; una ratio que hace que el control municipal parezca una sugerencia educada más que una ley. Pero lo verdaderamente poético es el calendario. La web llega el mismo jueves en que se destapa que Mar Espinar, portavoz socialista en la Asamblea, disfruta de un chalet público de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) en Alcorcón. No es un estudio con humedad, no. Hablamos de 121 metros cuadrados, un patio de 30, jardín de 50, trastero, garaje y piscina. Un despliegue de generosidad institucional para alguien que no es empleada de la universidad, pero cuyo marido tuvo una 'relación indirecta' que le permitió ganar el sorteo de una concesión a 75 años. La ironía es deliciosa: el partido pide combatir la especulación y el fraude habitacional mientras una de sus figuras reside en una propiedad pública cedida bajo condiciones que, digamos, son creativas. Al final, nos dejan un PDF para entregar en los 21 distritos y una web para señalar al vecino, mientras los de arriba gestionan sus 'relaciones indirectas' con la comodidad de una piscina comunitaria.
Hay quien juega al Monopoly con el dinero público, pero Donald Trump ha decidido jugar al 'SimCity' con la democracia estadounidense. Mientras el ciudadano medio se pelea con el cajero automático porque no le da el cambio, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) ha estado operando en la sombra con un plan que parece sacado de una película de espías de bajo presupuesto: comprar una máquina de votación para aprender a hackearla. Sí, así de sofisticado es el plan de gestión. Según una investigación de ProPublica, la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad (CISA) recibió la orden directa de adquirir un equipo electoral y reportar sus grietas de seguridad a la Casa Blanca. Dos exfuncionarios, que ahora hablan desde el anonimato para evitar que los pongan en una lista negra, sugieren que la intención no era mejorar el sistema, sino tener un 'as bajo la manga' para invalidar cualquier resultado que no encajara en la narrativa oficial. Es la ingeniería financiera aplicada al voto: si no ganas, rompes la máquina. Lo verdaderamente cómico —si es que alguien puede reírse con 174 millones de votantes en juego— es que el plan chocó con la propia eficiencia del gobierno. El escuadrón DOGE de Elon Musk, en su cruzada por recortar gastos como quien recorta el presupuesto de detergente en casa, despidió precisamente a los agentes de CISA que sabían cómo entrar en esas máquinas. El resultado fue un círculo de incompetencia donde los subordinados tuvieron que explicarle a la Casa Blanca que, básicamente, habían despedido al cerebro de la operación. Ryan Macias, consultor de CISA, lo resume con una claridad lapidaria: entre 2025 y septiembre de 2026, los expertos que deberían proteger las elecciones fueron 'literalmente inexistentes'. Se han cargado años de confianza con los estados y proveedores en un abrir y cerrar de ojos, priorizando el capricho del jefe sobre la estabilidad del sistema.
Hay quien confunde la gestión de un país con la producción de un reality show de prime time. Pete Hegseth, el Secretario de Defensa que parece haber saltado del set de televisión al Pentágono sin pasar por el filtro de la decencia, decidió que la ejecución de Nidal Hasan debía ser un evento 'multimedia'. La idea era sencilla: transmitir en vivo cómo un pelotón de fusilamiento acaba con el psiquiatra del ejército que asesinó a 13 personas en Fort Hood en 2009. Un espectáculo digno de una feria medieval, pero con fibra óptica. El plan era romper récords históricos. No veíamos un fusilamiento militar desde noviembre de 1945, ni una ejecución pública desde 1936. Pero claro, el cálculo político es como una cuenta bancaria en números rojos: no aguanta más desplantes. Donald Trump, que ya había firmado la sentencia, se dio cuenta de que convertir la muerte en un 'stream' no era precisamente el mejor marketing para las elecciones intermedias. El giro de guion llegó el jueves vía Truth Social. Trump, en uno de sus habituales monólogos digitales, admitió que, aunque el morbo sirve como 'disuasorio', hay gente 'buena' que prefiere no ver a alguien morir por pantalla. Un detalle conmovedor, considerando que mantuvo la puerta abierta para que las víctimas presencien el acto porque 'merecen presenciar la JUSTICIA'. La realidad es que el sentido común ganó por goleada cuando los datos de Ipsos aterrizaron en el Despacho Oval: 8 de cada 10 estadounidenses rechazaban el streaming. Ni siquiera el núcleo duro del MAGA se tragó el pastel; el 64% de los republicanos dijo que no. Al final, el espectáculo se canceló no por humanidad, sino porque el rating social estaba en el subsuelo.
Montar una agencia para investigar tragedias es muy noble en el papel, pero en la práctica la AITAT parece más un grupo de WhatsApp mal gestionado que una autoridad técnica. Apenas tres meses después de nacer, la Autoridad Administrativa Independiente para la Investigación Técnica de Accidentes e Incidentes ya tiene las costuras reventadas. Mientras los investigadores están en un limbo administrativo, sin presupuesto ni medios básicos —algo así como intentar cocinar un banquete sin gas y con la nevera vacía—, el presidente y algunos consejeros disfrutan de desplazamientos costosos a Madrid porque no han querido cambiar su residencia. Es la clásica ingeniería del gasto público: hambre para el que trabaja y banquete para el que firma. La UGT ha soltado la bomba: ni un solo informe aprobado y las recomendaciones sobre el accidente de Adamuz flotan en el aire, deliberadamente. Mientras tanto, la Abogacía del Estado pide dinero por cada consulta, como si fuera un abogado de barrio cobrando por minuto. El reparto de puestos en el Portal de Transparencia es un delirio de plazas duplicadas y suprimidas que ni el propio presidente, Gonzalo Guillén, parece conocer. Detrás de este decorado, el sindicato apunta a Belén Villar, directora general de Organización e Inspección del Ministerio de Transportes, como la arquitecta de este 'proyecto personal'. Según UGT, el caso Koldo y las prisas post-Adamuz desplazaron a Villar de la presidencia, dejando el sillón a Guillén, amigo personal de Benito Núñez, secretario general de Transporte Aéreo y Marítimo. El proceso de selección fue un espectáculo de plazos extendidos y dimisiones sospechosas. Para rematar la faena, Guillén canceló la reunión del 30 de septiembre donde se debatió la detección de roturas de carril. En resumen: una agencia 'independiente' que depende del Ministerio para respirar, pero es muy autónoma a la hora de gastar.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta corriente y mira el ticket del supermercado como quien mira una película de terror, el Gobierno ha decidido que el presupuesto tiene un exceso de oxígeno. Con las Cortes disueltas y el país en modo pausa hasta el 29 de noviembre, el Consejo de Ministros ha aprovechado el silencio para jugar al Monopoly con dinero real. El plato fuerte es un 'sablazo' de 20.000.000 de dólares destinados al Emerging Asia Sustainable Infrastructure Fund SCSp. Sí, han leído bien: millones de dólares para montar infraestructuras sostenibles en Filipinas, financiados a través del Fondo Español de Desarrollo Sostenible (FEDES). Es una generosidad conmovedora, especialmente cuando se piensa en los baches de nuestras carreteras. Pero el festín no termina en Asia. El Ejecutivo ha soltado otras contribuciones voluntarias por 24.435.000 euros. Entre los invitados a comer están el PNUD, el EFI, ONU-Habitat, el PMA y la OCHA, que se reparten 10.495.000 euros. El resto del pastel se divide entre la Unesco, la SEGIB, el CAF, CARICOM, UNFPA, la OCDE, Unicef y la UNRWA. Sobre esta última, el detalle es exquisito: el Gobierno sigue soltando fondos a una agencia donde la propia ONU admitió que nueve empleados participaron en los atentados del 7 de octubre contra Israel. Si esto parece un despliegue de altruismo, recordemos que el 13 de octubre ya se habían 'despachado' unos 180 millones. El Fondo para el Medio Ambiente Mundial se llevó 50 millones, la Asociación Internacional de Fomento del Grupo Banco Mundial 80 millones y la Iniciativa de Condonación de la Deuda Multilateral (MDRI) del FAfD otros 51.294.540 euros. Todo muy sostenible, todo muy humanitario, y convenientemente alineado con las aspiraciones de Yolanda Díaz y Luis Planas en la OIT y la FAO. Una ingeniería financiera brillante para dejar huella fuera, mientras aquí seguimos contando los céntimos.
Hay una coreografía que el presidente Pedro Sánchez domina mejor que el manual de protocolo: el aterrizaje de emergencia con promesa adjunta. Este martes, el jefe del Ejecutivo aterrizó en Oliva para supervisar el Puesto de Mando Avanzado tras la dana Adam, un temporal que ha dejado cuatro víctimas mortales y miles de desalojados en La Safor y La Marina Alta. Lo hizo acompañado de Juanfran Pérez Llorca, aunque el verdadero comité de bienvenida fueron los abucheos de los vecinos, que tienen la memoria más fresca que el barro que aún cubre sus calles. Como es costumbre en estos guiones, Sánchez activó el modo 'salvador': anunció que el Consejo de Ministros declarará la zona afectada gravemente y prometió movilizar recursos económicos. Es la misma canción que escuchamos el 29 de octubre de 2024 o durante la erupción del volcán de La Palma; promesas que, para muchos, se han quedado en un 'cheque sin fondos' mientras la reconstrucción real sigue siendo un espejismo. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo sube el precio del aceite, estas 'movilizaciones inmediatas' suenan a ruido blanco. Cuando el ambiente se puso tenso, el presidente aplicó la maniobra clásica: trasladar la culpa al cielo. Habló de 'emergencia climática' y pidió un 'gran acuerdo de país', usando la metáfora del elefante en la habitación para señalar a quienes no compran su ecologismo. Mientras tanto, el PP y Vox, con Nando Pastor y José María Llanos a la cabeza, diseccionaron la logística del viaje. Según ellos, Sánchez no fue a pisar barro, sino que hizo un 'transbordo blindado': del Falcon al helicóptero, evitando el contacto humano como quien evita una multa de tráfico. Una visita encapsulada en seguridad donde el único contacto real fue el sonido de los silbatos.
Comentarios