Hay una coreografía política que ya conocemos: elegir la víctima que mejor quede en el feed de X. Mónica García, nuestra ministra de Sanidad desde noviembre de 2023, ha decidido jugar a los rescatistas en Ceuta. Con la pluma cargada de indignación, ha denunciado que 'una veintena de migrantes' fueron agredidos por militares.
Un gesto noble, sí, pero que tiene el tamaño de un parche mal puesto sobre una herida abierta. Mientras la ministra se pone la medalla de defensora de las minorías, en los pasillos del Hospital Universitario de Ceuta el ambiente es otro. Allí, el 'reconocimiento a la labor sanitaria' que ella menciona suena a broma de mal gusto, a esas palmadas en la espalda que no pagan el alquiler ni curan las heridas.
La realidad es que, mientras Mónica mira hacia el horizonte ideológico, un celador acabó ingresado de urgencia el pasado viernes.
¿El motivo? Un paciente marroquí con sospecha de meningitis decidió que el brazo del trabajador era un snack. Un mordisco que no solo dejó marca en la piel, sino que obligó al sanitario a jugar a la ruleta rusa con la evolución de una enfermedad cerebral. No es un caso aislado; es la norma.
A finales de septiembre, el sindicato CSIF ya gritaba que las amenazas de muerte y las emboscadas a la salida del turno son el pan de cada día.
Es la paradoja del sillón ministerial: defender la ley para unos mientras se ignora que el personal de salud es, por ley, autoridad sanitaria.
Para la ministra, las agresiones a sanitarios parecen ser 'gajes del oficio', aunque el CSIF insista en que recibir un mordisco o una amenaza de ajuste de cuentas no entra en la descripción del puesto de trabajo. Mucha retórica para la foto, pero muy poco algodón para quien cura.
Crítica:
El texto original es un despliegue de resentimiento sectorial que, aunque aporta datos concretos, mezcla la denuncia laboral con el sesgo político. Le falta profundidad en la respuesta oficial del Ministerio para no ser un simple ataque unilateral.
Comentarios