Crítica:
El texto es un ejercicio de denuncia eficaz, aunque peca de omitir la respuesta oficial de Rabat para evitar el sesgo. La narrativa es potente, pero el salto entre la presión fronteriza y el PIB es casi acrobático.
El texto es un ejercicio de denuncia eficaz, aunque peca de omitir la respuesta oficial de Rabat para evitar el sesgo. La narrativa es potente, pero el salto entre la presión fronteriza y el PIB es casi acrobático.
Hay que tener una cara muy dura para pedirle a un pueblo que se está muriendo de hambre que pague el catering celestial de su jefe. Mientras el ciudadano medio en Irán ve cómo su moneda se desploma y la inflación ronda el 300% —convirtiendo la compra del pan en una inversión de riesgo—, el régimen ha decidido que la salud de Mojtaba Jamenei depende de una matanza masiva. No una pequeña, sino 10.000 ovejas. El plan, impulsado por figuras como Abdulkarim Abedini y medios como Raja News, busca recaudar un millón y medio de euros. Traducido al lenguaje de la calle: quieren que la gente, que no llega a fin de mes, suelte 150 euros (unos 250 millones de riales) por animal para que el Líder Supremo, desaparecido de la vista pública desde el 8 de marzo, se recupere de sus heridas. La ingeniería financiera es brillante: el dinero fluye hacia el Instituto Hazrat Khadijeh en Qom, bajo la promesa de ahuyentar al "enemigo-sionista-estadounidense". Todo coordinado por Eitaa, el WhatsApp oficial del régimen, donde el control es total y las quejas son invisibles. Mientras tanto, la realidad golpea con la fuerza de un mazo: el PIB se ha desplomado un 15% en semanas y Donald Trump ha lanzado un "Día D económico" que tiene al país contra las cuerdas, sumado al embargo de Emiratos Árabes Unidos. Es la paradoja perfecta: un Estado que se hunde en una crisis terminal, pero que cree que la solución a una guerra económica y a la salud de su líder es comprar un rebaño industrial con el dinero de quienes no tienen para comer.
Hay quien dice que la diplomacia es el arte de decir 'buenos días' mientras te roban la cartera. Pedro Sánchez ha elevado este arte a categoría de olimpismo. Mientras Rabat juega al gato y al ratón con la presión migratoria —como ese último despliegue de 70.000 personas en Ceuta hace tres semanas—, Moncloa prefiere el camino de las caricias y los elogios. Es curioso: tenemos en la mano un mazo financiero capaz de dinamitar la economía alauita, pero preferimos usarlo como abanico. Hablemos de números, que es donde la hipocresía se vuelve tangible. El intercambio comercial supera los 22.500 millones de euros anuales, pudiendo escalar hasta los 26.000 millones si contamos los servicios según el Ministerio de Economía. Para que nos entendamos: es una cantidad de dinero que haría palidecer a cualquier presupuesto municipal mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz. España es el principal socio comercial de Marruecos y el primer destino de inversión en África, con 2.310 millones de euros acumulados y 25.000 empleos creados en sectores que van desde el automóvil hasta el textil. Pero aquí está la trampa. Desde que Sánchez aterrizó en la Moncloa, las importaciones marroquíes se han disparado un 60%. Estamos comprando más que nunca a quien nos usa como válvula de escape migratorio. Además, Europa suelta 7.000 millones en ayudas y préstamos, de los cuales España pone más de 1.000 millones según Exteriores. Es como pagarle la hipoteca al vecino que te salta la valla cada domingo. Y para rematar la faena, estamos ayudando a organizar el Mundial 2030, permitiendo que Casablanca sea candidata a la final. Una generosidad que raya en el masoquismo geopolítico.
Hay que tener un talento especial para la ingeniería diplomática para lograr que el gas que llega a casa termine en el jardín del vecino, especialmente cuando ese vecino te mira mal y tú tienes la nevera vacía. Pedro Sánchez ha jugado al equilibrista entre Argelia y Marruecos, y el resultado es una comedia surrealista. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, España ha decidido jugar a ser la gasolinera solidaria del Magreb. Los datos de Enagás no mienten, aunque a veces den ganas de llorar. Entre julio de 2025 y julio de 2026, las importaciones argelinas vía Medgaz subieron de 9.330 GWh/mes a 10.228 GWh/mes. Un incremento del 10%, exactamente 898 GWh/mes de gas barato que llega desde Hassi R'Mel hasta la playa de Perdigal en Almería. Cualquiera pensaría que ese extra serviría para evitar que la industria española siga sufriendo apagones o para que Canarias no se quede a oscuras, pero no. En un giro digno de un guion de absurdo, España ha exportado por el gasoducto de Tarifa unos 992 GWh/mes hacia Marruecos. Hagamos la cuenta de la servilleta: todo el aumento de gas barato de Argelia, más un poquito más, ha acabado alimentando la red energética de Rabat. Básicamente, estamos haciendo el favor de transportar el combustible de un enemigo natural de Marruecos para que el propio Marruecos no pase frío, mientras nosotros parcheamos la inestabilidad de las renovables con gas caro. Es como si compraras el pan en oferta en el súper de enfrente solo para regalárselo al vecino que te pone la música alta a las tres de la mañana y te invade el rellano.
El sistema de seguridad en la frontera parece un colador suizo. Mientras el mundo miraba la avalancha del 30 de julio en Ceuta, donde casi 72.000 personas forzaron el paso ante la sospechosa pasividad de los policías marroquíes, las mafias de la trata decidieron montar su propio 'Uber' del Estrecho. Para estos emprendedores del delito, la crisis no fue una tragedia humanitaria, sino una oportunidad de oro para hacer su agosto. La logística es tan variopinta que asusta: desde 'pateras-taxi' para quienes pueden permitirse el lujo de pagar un sablazo considerable por un viaje más seguro, hasta motos de agua que depositan pasajeros en el litoral en unos 15 minutos, como quien deja un paquete en un punto de recogida. Incluso han llegado a usar un kayak en la playa de Levante de la Línea de la Concepción. El destino es el mismo: Tarifa, Sotogrande o Puente Mayorga, buscando el billete dorado hacia el espacio Schengen. Pero el chiste tiene un remate brillante en el CIE de Algeciras. Tenemos una instalación nueva, diseñada para 500 internos, que es básicamente un hotel con fugas. La semana pasada, seis internos decidieron que los conductos del aire acondicionado eran una salida aceptable; cinco llegaron a la calle y cuatro siguen desaparecidos. ¿El motivo? La gestión es una broma. El sindicato Jupol denuncia que pretenden vigilar a 70 personas con una plantilla de entre 7 y 10 policías. Es como intentar cubrir un estadio de fútbol con tres porteros. Una gestión brillante del Ministerio del Interior que convierte la seguridad nacional en un ejercicio de optimismo ciego mientras los internos juegan al escondite en instalaciones que no funcionan.
El Gobierno de Illa ha decidido jugar al Tetris con el mapa de Cataluña, y el resultado es un caos donde el ciudadano de a pie es el que paga la cuenta. La Ley 11/2025, ese regalo envuelto en buenas intenciones de la coalición PSC, Comunes, ERC y CUP, ha logrado lo que parecía imposible: que el mercado de la vivienda protegida se desplome un 15,33% en junio, mientras el mercado libre apenas respira con un crecimiento del 1,07%. Es la paradoja del siglo: para 'proteger' la vivienda, la paralizan. El drama tiene nombre y apellido: inseguridad jurídica. Hay más de 25.000 pisos atrapados en un limbo administrativo; 6.700 ya en 2026 y una proyección de 25.536 para 2030. En Badia del Vallés, donde la renta per cápita es un chiste de mal gusto y el PSC manda en el barrio, han nacido la Plataforma contra la Ley 11/2025. Allí, 2.500 familias ven cómo sus ahorros para la jubilación se convierten en humo porque no pueden vender un piso que ya no es protegido, pero que el Estado mantiene secuestrado por estar en una 'zona tensionada'. Es como si te dijeran que tu coche ya es tuyo, pero no puedes conducirlo porque la calle es 'demasiado transitada'. Mientras tanto, la Generalitat hace malabares con la lista de zonas tensionadas. Han subido a 302 el número de áreas afectadas, alcanzando al 72,9% de la población. Pero ojo al detalle: Figueres y Banyoles, bastiones de Junts, han quedado fuera del 'castigo'. Mientras los alcaldes de estas ciudades celebran la libertad de mercado, en Martorell o La Junquera se preparan para el cierre. El Consejo General del Notariado ya avisó: las transacciones cayeron un 4,1% en mayo. Al final, la ingeniería social de Illa solo consigue que haya menos oferta y que los precios suban, mientras el vecino espera que el Estado le devuelva la llave de su propio patrimonio.
Ceuta lleva casi 20 días con el pulso alterado, mientras en Madrid el Gobierno juega al tenis con la gestión de la crisis. Juan Jesús Vivas, el presidente de la ciudad, ha puesto un ultimátum de 30 días para volver a la normalidad antes de que suenen las campanas del curso escolar, amenazando con llevar el asunto al Supremo y al Constitucional. Es la desesperación del que ve cómo su ciudad se convierte en una sala de espera infinita mientras los ministros aterrizan, cambian impresiones y despegan sin dejar más que promesas en el aire. La respuesta del Ejecutivo es un despliegue de surrealismo administrativo. Mientras Exteriores e Interior prometen expulsiones, la responsable de Migraciones propone instalar 1.500 carpas, que ya podrían subir a 4.000. Es como intentar apagar un incendio forestal con un pulverizador de jardín: más espacio para esperar, pero ninguna salida. Mientras tanto, el PP, desde Génova, ha sacado de la naftalina la Ley de Seguridad Nacional mediante una Proposición no de Ley (PNL), sugiriendo que esto no es un simple problema de visados, sino un asunto de soberanía e integridad territorial. El contraste es sangrante. Por un lado, tenemos la 'amistad' estratégica con Marruecos, que parece valer más que la tranquilidad de Ceuta; por otro, la exigencia de Ezcurra y los populares de activar un Real Decreto que obligue a movilizar medios humanos y materiales de forma coordinada. El quid de la cuestión es si el Gobierno ha ignorado los avisos del CNI por pura negligencia o por una ingeniería diplomática donde Ceuta es la moneda de cambio. Al final, entre carpas y leyes olvidadas, la realidad es que la ciudad autónoma se siente sola en el tablero, esperando que el BOE deje de ser un libro de sugerencias y se convierta en acción.
Hacer política hoy en día se parece mucho a mantener una suscripción de streaming que ya no te gusta: te das cuenta de que pagas por algo que no consumes y, un día, haces clic en 'cancelar'. En el PSOE, ese clic lo han dado 27.205 militantes desde que Pedro Sánchez recuperó la Secretaría General en las primarias de 2017. No es un goteo; es una fuga de agua en el sótano que nadie quiere arreglar. Si ajustamos el calendario a su llegada a la Moncloa en junio de 2018, la cifra sigue siendo un sablazo: 23.290 afiliados que decidieron que ya era suficiente. Lo más irónico es que el censo socialista solo ha respirado una vez. En 2019, aprovechando el frenesí de la triple cita electoral, el partido sumó unos modestos 98 afiliados netos. Una cifra que, comparada con el resto de la serie, es como intentar tapar un agujero en el casco de un barco con un chicle. Luego llegó la pandemia, y entre 2020 y 2021, el partido sufrió un desplome de casi 11.100 bajas. La gente, mientras se encerraba en casa, decidió que el carnet del PSOE sobraba en la cartera. ¿Y el dinero? Ahí entra la ingeniería contable. En 2025, el PSOE ingresó 9.555.283 euros por cuotas, muy lejos de los 10.844.428 euros que recaudaron en el pico de 2019. Eso sí, la financiación privada total alcanzó los 26 millones de euros, alimentada por la venta de lotería y el alquiler de casetas en fiestas populares. Al final, el partido sobrevive gracias a que ha reclasificado sus cuentas ante el Tribunal de Cuentas, moviendo convenios municipales de la columna de 'privados' a la de 'públicos' desde 2022 para que los números no asusten tanto. Menos militantes, pero la maquinaria sigue aceitada.
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