Crítica:
La noticia es un despliegue de evidencias documentales, pero el título original es demasiado largo y torpe. Le falta valentía para llamar a las cosas por su nombre: tráfico de influencias disfrazado de PDF.
La noticia es un despliegue de evidencias documentales, pero el título original es demasiado largo y torpe. Le falta valentía para llamar a las cosas por su nombre: tráfico de influencias disfrazado de PDF.
En la televisión pública, el rigor periodístico a veces tiene la consistencia de un flan. El Consejo de Informativos de RTVE acaba de soltar un informe, fechado el 24 de julio, que es básicamente un acta de defunción a la deontología de ciertos programas. El asunto es sencillo: el 19 de mayo, mientras el país intentaba entender la investigación judicial sobre José Luis Rodríguez Zapatero, Silvia Intxaurrondo y Javier Ruiz decidieron jugar al teléfono escacharrado con la verdad. Vendieron a pie pagoda que todo el lío empezaba por una querella de Manos Limpias a finales de 2025. Un detalle curioso, considerando que el propio auto judicial y el servicio Verifica RTVE aclararon que el origen era una solicitud de Francia y Suiza. Es decir, se tragaron la versión del Gobierno sin pestañear y la sirvieron en bandeja, sin citar la fuente, como si fuera una verdad absoluta. En Mañaneros 360, Javier Ruiz insistió en esta hipótesis falsa con la energía de quien cree que el cheque ya está cobrado. Mientras tanto, en La hora de La 1, Intxaurrondo ignoró olímpicamente a Mateo Balín, el periodista de tribunales que, en pleno directo, intentaba explicar que la querella de diciembre de 2025 era posterior al inicio de la causa. Es como si el experto te dijera que el coche no arranca porque no tiene motor y tú insistieras en que es porque el color no te gusta. Lo más surrealista llega con las respuestas. Intxaurrondo, en un despliegue de humildad inversamente proporcional a su ego, sugirió que el Consejo debería rectificar y añadió que, si leyeran «con algo de atención», entenderían que era lo mismo. Una genialidad. Por su parte, Esther González Marín, la directora de Magacines, salió al rescate de Ruiz usando la excusa universal del 'estábamos en directo', como quien pide perdón por un plato quemado diciendo que el fuego estaba muy fuerte.
España ha convertido la prevención de incendios en un ejercicio de abstinencia financiera digno de un monje tibetano. Mientras el verano nos regala el paisaje habitual de humo y ceniza, la administración ha decidido que gastar el dinero es demasiado arriesgado. Según el observatorio de la AIReF, con datos al 30 de junio, siete de cada diez euros destinados a gestión forestal siguen durmiendo la siesta en la cuenta bancaria. De un presupuesto de 401 millones, solo se han movilizado 105 millones. Un 26 %. Para que nos entendamos: es como si te dan un presupuesto para reformar la casa y decides gastarte solo el dinero de la pintura, dejando el techo cayéndose a trozos. La joya de la corona es el contrato para modernizar 11 aeronaves por 22,83 millones de euros. Un éxito administrativo tan brillante que el Ministerio de Transición Ecológica tuvo que renunciar al contrato porque la empresa adjudicataria no tenía los permisos técnicos. Básicamente, contrataron a alguien para arreglar el avión que no sabía dónde estaba la pista de aterrizaje. A esto sumamos la compra de 40 camiones autobomba por 12 millones, hangares en Albacete y algunos cables en Castilla-La Mancha. El reloj no se detiene. El programa Next Generation expira el 31 de agosto. A fecha de junio, España ha formalizado 64.882 millones de un total de 79.854 millones. Hay un 19 % de ayudas a fondo perdido que se están evaporando por pura inoperancia. Mientras Adif lidera el reparto con 7.201 millones, el IDAE con 4.868, Red.es con 3.594, la Comunidad de Madrid con 3.095 y el Ministerio para la Transformación Digital con 3.078, el bosque sigue esperando que alguien se digne a gastar el dinero antes de que Bruselas lo reclame.
En el tablero del poder, donde las palabras se usan como proyectiles, Juan Manuel Fernández Martínez, presidente de la Audiencia Nacional, ha decidido dejar de hacer el papel de mueble institucional. Este lunes, desde el campus de Ciudad de La Laguna, el magistrado lanzó un dardo directo al corazón del Ejecutivo: en España no existe el 'lawfare'. Para los que no hablan 'politiqués', el lawfare es esa palabra sofisticada que usa el Gobierno de Pedro Sánchez y sus socios para decir que los jueces son unos vengadores ideológicos cada vez que una sentencia no les encaja en la agenda. Es la eterna historia del gato y el ratón. Por un lado, tenemos pactos de investidura con Junts donde el término 'lawfare' aparece escrito casi con letras de neón; por otro, jueces que intentan explicar que investigar la corrupción no es un deporte partidista, sino su trabajo. Es como si el dueño de un restaurante se quejara de que el inspector de sanidad es 'parcial' solo porque le ha encontrado comida caducada en la nevera. La tensión no es nueva, es un goteo constante. Desde el sismo de la ley del 'solo sí es sí', donde Irene Montero tildó de machistas a los jueces por aplicar la ley al pie de la letra (un movimiento maestro de culpar al árbitro por las reglas del juego), hasta los dardos de Teresa Ribera contra el juez Manuel García-Castellón en la causa de Tsunami Democràtic. Fernández Martínez ha sido tajante: los jueces no son árbitros de disputas políticas ni iluminados que actúan por inspiración divina, sino funcionarios que aplican el Código Penal. Mientras el Ejecutivo intenta pintar la justicia como una herramienta de persecución, la Audiencia Nacional recuerda que el control jurídico es lo único que evita que el poder se convierta en un cheque en blanco. Al final, la pelea es simple: unos quieren que la ley sea flexible como el chicle y otros insisten en que sea dura como el hormigón.
Hay quienes confunden la seguridad pública con un servicio de conserjería VIP. Resulta fascinante que tres agentes de los Mossos d'Esquadra —Xavier Manso, Jordi Rodrigo y David Goicoechea— decidieran que el 8 de agosto de 2024 era un día espléndido para jugar a los guardaespaldas clandestinos. Mientras el ciudadano medio se pelea con el cajero automático, estos caballeros organizaron un despliegue de 'encapsulamiento' digno de una película de espías para que Carles Puigdemont paseara por el Arco del Triunfo y se esfumara sin que nadie le pusiera una mano encima, burlando la orden de detención del juez Pablo Llarena. La magistrada María Antonia Coscollola, del Juzgado de Instrucción número 24 de Barcelona, ya había intentado cerrar el chiringuito archivando la causa. Pero la Audiencia de Barcelona le ha dado un correctivo judicial, obligándola a procesar a los agentes. ¿El argumento? Que estar de vacaciones o con permisos no te convierte en un turista ciego ante un fugitivo. La justicia ha detectado que no fue una coincidencia cósmica que los tres estuvieran allí, coordinados y protegiendo al expresidente. Lo más surrealista es la logística: el uso de un vehículo propiedad de Rodrigo, conducido por su expareja, para completar la escapada. Un detalle tan doméstico que casi parece una broma, salvo que el chiste se lo ríen los tribunales. Ahora, la Fiscalía, Hazte Oír y Vox tienen diez días para pedir el juicio oral. La defensa dice que son 'conjeturas', pero es difícil explicar que rodear a un fugitivo y meterlo en tu propio coche sea una 'hipótesis abstracta'. No es encubrimiento, dicen los jueces, es simplemente que se olvidaron de hacer su trabajo: perseguir el delito.
Comprar los zapatos antes que los pies es una genialidad, pero comprar trenes de 200 metros sin medir los andenes es, sencillamente, una comedia administrativa. Así nos ha dejado el Ministerio de Transportes. En marzo de 2021, bajo la batuta de José Luis Ábalos, Renfe decidió soltar 1.000 millones de euros a la suiza Stadler para fabricar 59 trenes de dos pisos. Un despliegue de generosidad presupuestaria que prometía aliviar el infierno diario de la C-5. El problema es que el contrato se formalizó con Raquel Sánchez y el calendario, que preveía entregas en 2024, ha pasado a ser una pieza de ciencia ficción. Resulta que estos convoyes son tan largos que, si intentaran parar en las estaciones actuales, dejarían a medio pasajero saludando desde el aire. Para que la joya de la corona de Óscar Puente funcione, hace falta un 'ajuste' de infraestructura que suena a broma: 1.300 millones de euros adicionales para alargar los andenes entre 40 y 50 metros, porque resulta que la mayoría miden solo 150. Es como comprar un sofá gigante para un salón donde no cabe ni la mesa del café y decidir que lo más sencillo es tirar el muro y reformar toda la casa. El plan incluye el sistema ERTMS y modernizaciones tecnológicas que nos llevarán, según el cronograma, hasta 2031. Sí, han leído bien. Una década después de la adjudicación, los usuarios de Móstoles, Alcorcón, Fuenlabrada, Humanes y Leganés podrán dejar de viajar enlatados. Mientras tanto, el dinero público fluye con la soltura de quien no tiene que pagar el alquiler, y los trenes esperan pacientemente a que el cemento de los andenes se seque en un horizonte que parece no llegar nunca.
En política, anunciar es gratis; lo caro es que las cosas funcionen. Mientras Pedro Sánchez nos vendió en mayo la fantasía de un Airbus A400M patrullando nuestros cielos para frenar el infierno forestal, los franceses acaban de pasarle la hoja en el sprint final. Este sábado, Francia puso en servicio el A400M adaptado, convirtiéndose en el primer país europeo en usar este monstruo militar para apagar fuegos. Es la diferencia entre el catálogo y el producto entregado en casa. El ministro francés Sébastien Lecornu no se puso a redactar comunicados optimistas, sino que ordenó adelantar el despliegue para salvar el departamento de Gironda. Allí, el fuego no entiende de burocracia: 42.000 hectáreas calcinadas desde el miércoles y más de 200.000 personas evacuadas. Para los franceses, el A400M es un camión cisterna volador que suelta 20 toneladas de líquido retardante; es como si comparáramos un vaso de agua con una piscina olímpica, ya que triplica la capacidad de un Canadair y equivale a dos aviones Dash. Mientras en Francia Jean-Luc Mélenchon presionaba al Ejecutivo para que dejara de hacer ensayos en la base de Nimes y soltara el agua, en España seguimos esperando que el anuncio de mayo se materialice en algo que no sea papel mojado. Francia ya está peleando en Las Landas (3.000 hectáreas y 31.000 evacuados), en Var (3.250 hectáreas) y en Tarn (600 hectáreas). En total, una treintena de incendios activos que ponen en evidencia que, mientras unos gestionan la emergencia, otros gestionan la narrativa. Al final, el fuego no lee boletines oficiales ni se impresiona con promesas electorales; el fuego solo se apaga con agua, y esa agua, ahora mismo, vuela con bandera gala.
Hay una técnica milenaria para cuando el agua te llega al cuello: tirar una bomba de humo. Mónica García ha decidido aplicar este manual de supervivencia para salvar a Pedro Sánchez, cuyo Gobierno parece un colador de imputaciones, prevaricaciones y cohechos que ya ni los medios más sumisos pueden maquillar. Mientras el Moncloa se hunde en un fango de ingeniería financiera y expedientes judiciales, la ministra de Sanidad nos lanza la nueva ley antitabaco. Un proyecto que, tras tres años de marear la perdiz y soltar titulares para el ego, arranca su tramitación con la misma fuerza que un coche sin gasolina: sin consenso social y repudiada por todos los sectores. Es la clásica maniobra de distracción. Mientras García se pierde en debates etéreos sobre si podemos fumar en la orilla de un río —como quien discute el color de las servilletas mientras la casa se quema—, la realidad de la Sanidad es un drama en tiempo real. El sector profesional se desangra y los pacientes con alzhéimer se quedan mirando al techo, privados del tratamiento más prometedor porque la Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos, que curiosamente depende de su Ministerio, ha decidido que el presupuesto no da para más. La incapacidad de gestión de García ya no es una anécdota, es un patrón. Ya lo vimos con el Estatuto Marco, un engendro vilipendiado tanto por los médicos como por las autonomías, sin importar si eran socialistas o nacionalistas. Al final, la ley antitabaco no es una medida de Salud Pública; es un escudo de nicotina para que el PSOE y sus socios socialcomunistas no tengan que responder por el caos mientras intentan no caer al tercer puesto en la batalla por Madrid.
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