Crítica:
El texto es un ejercicio de equidistancia forzada que huele a propaganda de comunidad autónoma. Le falta profundizar en quién dio exactamente la orden de Interior para no quedarse en el 'se dice'.
El texto es un ejercicio de equidistancia forzada que huele a propaganda de comunidad autónoma. Le falta profundizar en quién dio exactamente la orden de Interior para no quedarse en el 'se dice'.
La aritmética del poder tiene una lógica fascinante: si te falta dinero para pagar las nóminas de los tuyos, le quitas la merienda a los alumnos. Así de simple. El Consejo de Ministros ha ejecutado un movimiento de prestidigitación financiera digno de un casino, trasladando 309.840.377,20 euros desde el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes hacia la cartera de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes. ¿El motivo? Que en Presidencia se quedaron cortos con la hucha para los 'gastos de personal'. Traducido al idioma de la calle: el Gobierno ha decidido que es más urgente pagar complementos de productividad, nuevas incorporaciones y cotizaciones sociales de sus asesores y funcionarios de confianza que mantener la inversión en las aulas. Es el equivalente a decir que vas a reformar la cocina de tu casa (la educación) mientras te gastas el presupuesto de la obra en comprarte un coche nuevo para el chófer porque 'la dotación inicial era insuficiente'. Lo más exquisito de esta comedia es la memoria selectiva del Ejecutivo. Mientras Pilar Alegría se lucía presumiendo de un presupuesto récord que supuestamente había crecido un 104,5 % desde 2018, y Pedro Sánchez vendía la 'mayor inversión educativa de la historia' como el pilar de su gestión, la realidad es que el dinero fluye hacia donde el poder se siente más cómodo. Las becas y la Formación Profesional son el escaparate; los 309 millones que desaparecen del presupuesto educativo para alimentar la maquinaria administrativa de Presidencia son la letra pequeña. Al final, la prioridad no es el libro de texto, sino que la nómina del despacho central llegue impecable y sin retrasos.
La aritmética del poder tiene un sentido del humor muy negro. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez se llena la boca hablando de la educación pública como el pilar de la nación, el Consejo de Ministros ha decidido que los libros y las aulas pueden esperar, pero las nóminas de los jefes no. El martes pasado, con la frialdad de quien tacha un ticket del supermercado, el Ejecutivo autorizó una transferencia de 309.840.377,20 euros. ¿El camino? Del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes directamente al bolsillo del Ministerio de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes. Traduzcamos esto al idioma de la calle: es como si una familia decidiera quitarle el dinero de la matrícula y los libros al hijo pequeño para poder pagar el catering y el chófer del padre. El departamento de Félix Bolaños tiene un hambre insaciable de fondos; el 73% de sus gastos ordinarios se va en el Capítulo 1, ese agujero negro donde viven las cotizaciones, los trienios y los complementos del personal. Como están en plena prórroga de los Presupuestos Generales del Estado y no saben cómo cuadrar las cuentas, han decidido que la educación es la hucha más cómoda para sacar el efectivo. Lo más cínico es que no han dicho qué se queda sin financiar. ¿Becas? ¿Digitalización? ¿Refuerzo escolar? No importa. Lo que importa es que la maquinaria administrativa de La Moncloa no se detenga. Mientras el ciudadano intenta combatir la inflación con malabarismos, el Gobierno hace ingeniería financiera para que los asesores y altos cargos sigan cobrando sin despeinarse, sacrificando 310 millones de euros de la formación del futuro para sostener la burocracia del presente. Una jugada maestra de coherencia inversa.
En el teatro de la Audiencia Nacional, la directora de la Guardia Civil, Mercedes González, ha intentado venderle al juez Santiago Pedraz una trama de ingenuidad digna de un guion de comedia. Resulta que González, imputada el 2 de julio por obstrucción a la justicia y prevaricación administrativa, sostiene que se reunió con Leire Díez porque la exmilitante socialista se presentó como una 'periodista freelance'. Sí, así de sencillo. En el mundo real, si alguien te ofrece un puesto de asesor a cambio de 'purgar' un cuerpo policial, no es una entrevista periodística, es un contrato de demolición. La UCO, que no tiene la costumbre de inventar calendarios, ha dejado constancia de tres citas: el 30 de septiembre de 2024, el 20 de diciembre de 2024 y el 2 de abril de 2025. González, sin embargo, solo admite dos 'encuentros', describiendo el primero como un 'regalo de la vida'. Un regalo curioso, considerando que la trama, bautizada como 'caso cloacas', buscaba desestabilizar causas judiciales incómodas para el Gobierno. La ironía alcanza su punto máximo cuando González se define como 'víctima', alegando que si Díez hubiera mencionado a Santos Cerdán, el exnúmero 3 del PSOE, la cosa habría sido distinta. Mientras tanto, el comandante Rubén Villalba, imputado en el 'caso Koldo', ha sido el testigo incómodo que desmiente la fantasía del periodismo freelance. Para rematar el cuadro, la cúpula policial se tomó la molestia de amonestar verbalmente al agente que se atrevió a incluir correos entre David Sánchez y Begoña Gómez en un informe. Básicamente, han intentado limpiar la alfombra mientras el polvo se les colaba por las comisuras de los labios.
Imaginen que su jefe decide poner un cartel en la puerta de casa diciendo que usted es un vago porque se tomó la tarde libre para enterrar a su abuelo. Suena a pesadilla, ¿verdad? Pues la CEOE ha decidido que las marquesinas de Cantabria son el lugar ideal para hacer exactamente eso, pero con un envoltorio corporativo. Bajo el mantra de que 'evitar las consecuencias del absentismo es responsabilidad de todos', la patronal ha montado un despliegue publicitario que huele a desesperación por echarle la culpa al empleado de que la empresa no sepa organizar un calendario. El ruido empezó con un representante de la CEOE en Castilla-La Mancha y alcanzó el clímax cuando Feijóo, con la sutileza de un mazo, calificó el absentismo de 'cáncer'. Ahora, CCOO ha saltado a la palestra este jueves, calificando la campaña de 'grosera e insultante'. Mariano Sanz, secretario confederal de Salud Laboral y Medio Ambiente de CCOO, ha dejado claro que mezclar una baja por maternidad, un permiso por fallecimiento o una formación con el concepto de 'absentismo' es como decir que ir al médico es lo mismo que quedarse durmiendo hasta las doce un lunes. La hipocresía es deliciosa: mientras la patronal llora por los costes económicos, ignora que el mal funcionamiento de los servicios no es porque el trabajador 'se haya bajado el lunes', sino porque las plantillas están más recortadas que un presupuesto de ayuntamiento en crisis. CCOO no solo pide la retirada inmediata de los carteles, sino que amenaza con acciones judiciales. Al final, el debate no es sobre quién falta, sino sobre quién crea las condiciones para que el trabajador termine en la enfermería mientras la empresa cuenta los céntimos en una hoja de Excel.
Colgar una pancarta en el arco de Moncloa es, básicamente, el equivalente a dejarle un post-it en la frente al presidente para que no se olvide de que tiene una cita con el destino. Greenpeace ha decidido que Pedro Sánchez necesita un recordatorio visual —una 'nota en la nevera presidencial'— sobre el calendario de cierres nucleares. El asunto es sencillo: Almaraz debería empezar a decir adiós en 2027, con el resto de las centrales siguiendo el camino hasta que Trillo apague la luz en 2035. Pero claro, la realidad es un animal traicionero. El Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) ya ha dado el visto bueno a la prórroga que piden las propietarias. Ahora el Gobierno tiene dos meses para decidir si se hace el sueco o si cumple la promesa. Mientras el Ministerio de Transición Ecológica se refugia en el clásico 'estudiaremos la documentación' (la frase favorita de quien no quiere dar la cara), el sector nuclear y los políticos locales ya están celebrando el dictamen como si hubieran ganado la lotería. Lo más divertido es la gimnasia mental del ecologismo español. Greenpeace, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, SEO/BirdLife y WWF se aferran al Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (Pniec) como si fuera el Evangelio. Sostienen que cerrar las nucleares bajará la luz, aunque admitan, con un encogimiento de hombros, que al principio habrá que quemar más gas y que la factura nos dará un sablazos épicos. Es la lógica del 'ahora sufres, pero luego quizás ahorres'. Irónico que haya asociaciones internacionales pidiendo lo contrario: mantener Almaraz activa para no jugar a la ruleta rusa con la estabilidad del sistema eléctrico, especialmente después de sustos como el apagón de abril.
En el tablero político, hay quienes juegan al parchís y hay quienes, como el PNV y EH Bildu, juegan a cobrar el alquiler antes de que el dueño se dé cuenta de que la casa es suya. Este viernes 17 de julio de 2026, los socios de Pedro Sánchez han decidido que ya no basta con los apoyos parlamentarios; ahora quieren que se les reconozca oficialmente como la «nación vasca». Es la clásica táctica del 'combo': aprovechar que el Gobierno depende de sus votos para pedir un nuevo estatus jurídico y político que, en lenguaje de calle, es como pedir que te cambien el contrato de alquiler por una escritura de propiedad mientras el casero tiene las manos atadas. La jugada llega con una precisión quirúrgica, aprovechando el 150 aniversario de la abolición de los Fueros y los 50 años del Movimiento de Alcaldes de Bergara. El domingo, en Bergara, Aitor Esteban y Arnaldo Otegi compartirán escenario para recordar que el autogobierno actual se les queda pequeño, como un traje de niño en un cuerpo de adulto. Otegi, que ya el pasado mayo le soltó a Sánchez que la prioridad es una «España plurinacional», ahora propone un «programa de mínimos» para las generales de 2027. Lo fascinante es la coreografía: mientras el ciudadano medio lucha con la inflación y el precio del aceite, el PNV y Bildu negocian la arquitectura del Estado como quien regatea el precio de un coche usado. No piden una mejora en los servicios, piden un «fondo de poder político». Básicamente, quieren que la llave de la casa esté en su bolsillo, mientras Sánchez sonríe y asiente para que no se le caiga el tablero antes de tiempo.
Hay quienes juegan al póker con la ley y otros que, desde la comodidad de un despacho ministerial, sugieren que el otro apueste todas sus fichas. Óscar Puente, el ministro de Transportes, ha decidido estrenar el viernes 17 de julio de 2026 con un despliegue de valentía ajena digno de un manual de supervivencia política. En las pantallas de RNE, Puente ha lanzado un consejo al aire que suena más a desafío que a asesoría jurídica: que Carles Puigdemont, el líder de Junts, deje de mirar el mapa desde Bruselas y se plante en España hoy mismo. El argumento es sencillo: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), bajo la batuta de Koen Lenaerts, ha dado el visto bueno a la Ley de Amnistía. Según la Corte Europea, perdonar delitos para 'reducir tensiones' es música para sus oídos. Sin embargo, aquí es donde la realidad choca con la retórica del ministro. Mientras Puente dice que 'hay que plantarles cara' y que Puigdemont 'lo tiene a huevo', olvida mencionar que la orden de detención del Tribunal Supremo sigue tan vigente como la factura de la luz en agosto. Puente propone un juego de riesgo: que el ex president se deje detener y llevar a prisión para 'ponerse colorado'. Es una estrategia brillante, siempre y cuando el que se pone las esposas no seas tú. Para que el camino esté despejado, no basta el beneplácito europeo; hace falta que el Tribunal Constitucional, presidido por Cándido Conde-Pumpido, y el Supremo firmen el pase de salida. Mientras tanto, el Gobierno nos pide coherencia mientras mantiene la obligación legal de arrestar al hombre que el ministro invita a volver. Una gimnasia mental que haría palidecer a cualquier atleta olímpico.
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