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La justicia ha decidido que 24 años de prisión son el precio justo para que José Luis Ábalos reflexione sobre su gestión del tiempo. El Tribunal Supremo no solo ha puesto el sello al 'caso Koldo', sino que ha dejado claro que el Ministerio de Transportes no era una oficina pública, sino la sede central de una organización criminal donde Víctor de Aldama se paseaba como si fuera el dueño del chiringuito. Mientras el ciudadano medio hace malabares para que la cuenta corriente no le diga 'adiós' a final de mes, algunos descubrieron la magia de la multiplicación rápida: Soluciones de Gestión y Apoyo a Empresas SL pasó de facturar cero euros en 2019 a embolsarse 53 millones gracias a la generosidad de Puertos del Estado y ADIF. Es el equivalente a que el vecino que no tiene ni para el pan acabe comprando un yate porque el Ayuntamiento le ha dado un contrato de emergencia. Pero el verdadero 'sablazo' maestro sigue en el limbo. Hablamos de los 263 millones de euros que Salvador Illa adelantó a FCS Select Products SL, una empresa de marketing para bebidas alcohólicas que no tenía ni un solo trabajador. Imaginen el surrealismo: contratar a alguien que hace etiquetas de botellas para gestionar la emergencia sanitaria. Lo más tierno es que la administradora de FCS ya tenía un currículum brillante: condenada en 2016 por estafa agravada. Ahora, mientras la Fiscalía Anticorrupción pide seis meses más al juez Ismael Moreno para seguir rascando, el expediente de Sanidad duerme la siesta en la Fiscalía Europea desde julio de 2022. Mientras tanto, la lista de invitados al banquete judicial crece con 14 imputados, incluyendo a Santos Cerdán y el presunto 'cupo vasco' de obras. El caso Koldo no es una noticia, es un catálogo de cómo vaciar las arcas públicas bajo el pretexto del pánico colectivo.
Hay que tener valor para llamar 'rescate' a una operación donde el dinero público fluye como agua en canalización mal puesta. Tubos Reunidos, la joya alavesa que recibió una inyección de 112,8 millones de euros en 2021 para no hundirse, decidió que el agradecimiento no bastaba y prefirió pagar la factura de los 'amigos'. En total, 247.459 euros se fueron en comisiones para la trama de Leire Díez, una cifra que para el ciudadano medio es un sueño febril, pero que para estos señores era simplemente el coste de lubricar los engranajes del poder. La ingeniería fue de manual: primero, 114.959 euros pasaron por Mediaciones Martínez, esa sociedad instrumental que servía de buzón para que Leire Díez, Antxon Alonso y el expresidente de la SEPI, Vicente Fernández, se repartieran el botín. Luego, cuando el hambre de comisiones apremia, Vicente Fernández decidió saltarse al intermediario y cobrar 132.500 euros directamente en su cuenta personal. Un movimiento audaz, casi poético, que el juez Santiago Pedraz no ha visto con buenos ojos, imputando ya a tres altos cargos, incluido el expresidente ejecutivo Francisco Irazusta. Pero el guion tiene un giro fascinante en la calle Ferraz. El informe de la UCO sitúa a Santos Cerdán, ex secretario de Organización del PSOE, en una reunión de noviembre de 2024 que, mágicamente, cambió la actitud de la SEPI respecto a la amortización del rescate. Mientras el ciudadano lucha con la inflación, en las altas esferas se gestionan aplazamientos de deuda y desbloqueos del FASEE con llamadas y cenas. El grupo Hirurok no vendía tuberías, vendía accesos; y Tubos Reunidos pagó el pase VIP con el dinero que, irónicamente, ya era parte del rescate público.
Hay una elegancia casi coreográfica en cómo se gestionan los relevos políticos cuando el aire empieza a oler a quemado. Carlos Martínez, el hombre que gobernó Soria desde 2007 hasta abril pasado, decidió que era el momento perfecto para saltar a las Cortes de Castilla y León y liderar la oposición del PSOE. Una mudanza administrativa impecable, justificada por la incompatibilidad legal de ser procurador y alcalde en municipios de más de 20.000 habitantes. Pero, como ocurre con las facturas que llegan con sorpresa al final del mes, el pasado tiene una memoria implacable. Este martes, la Guardia Civil decidió que el Ayuntamiento de Soria necesitaba una limpieza profunda, pero no de polvo, sino de archivos. La Sección Civil y de Instrucción del Tribunal de Instancia de Soria, Plaza número 3, ha puesto el foco en el Área de Comercio, ese rincón donde Yolanda Santos Grande, del PSOE, lleva el timón. Mientras el ciudadano medio se pelea con la administración por un padrón, la justicia ha preferido ir directa al grano: seis detenidos. Cuatro en la provincia de Soria y dos en Madrid, porque al parecer la ingeniería financiera de los comercios locales requería algunas escalas en la capital. Desde el Ayuntamiento, la respuesta ha sido el manual clásico de supervivencia política: piden 'prudencia' y 'respeto', palabras que en el lenguaje de la calle significan 'esperemos a ver si el incendio se apaga solo'. Aseguran prestar la 'máxima colaboración', entregando papeles como quien entrega la lista de la compra en el súper, mientras el secreto de sumario mantiene el misterio. Seis personas esposadas y un legado de casi veinte años que, de repente, parece haber dejado un agujero contable que no se soluciona con una simple dimisión el 13 de abril.
Hay un mantra en la administración pública que suena a música celestial: 'transparencia'. Pero cuando la música llega al complejo Campos Velázquez en Madrid, la partitura cambia. La Sepides, el brazo inmobiliario de la SEPI, ha decidido que jugar al escondite con los contratos de alquiler del Instituto de Empresa (IE) es la mejor estrategia comercial. Según ellos, soltar los papeles podría dejarlos en desventaja frente a otros promotores, como si alquilar oficinas fuera una partida de póker de alta tensión donde revelar la mano es un pecado mortal. Lo curioso es que el IE no es cualquier inquilino; es el lugar donde Begoña Gómez, esposa del presidente Pedro Sánchez, dejó su huella profesional. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz o ajusta el presupuesto del súper, la Sepides gestiona tres contratos (firmados en 2010, 2013 y 2017) que suman una superficie ridícula de 20.320,57 metros cuadrados. Sí, más de veinte mil metros de moqueta y aire acondicionado que, según la resolución, se pagan a 'precios de mercado'. Pero el plato fuerte no es el alquiler, sino el 'empujoncito' financiero de 2020. En plena pandemia, cuando el mundo se caía a pedazos, la Sepides le soltó al IE un préstamo de cinco millones de euros. Un movimiento que dejó perplejo incluso a José Ángel Partearroyo, exdirector de Participadas de la SEPI, quien admitió que le 'sorprendió' tal generosidad. La entidad dice que el dinero volvió en seis meses con sus intereses (Euríbor + 2%) y penalizaciones, como quien devuelve un libro a la biblioteca antes de que la multa sea prohibitiva. Todo bajo la bendición de la Intervención General de la Administración del Estado para los ejercicios 2023 y 2024. Eficiencia pura, dicen ellos; opacidad selectiva, dice la calle.
La transición ecológica es un concepto fascinante, especialmente cuando se explica desde el despacho de un funcionario que no ha pisado el barro en su vida. En Jalance, la Comunidad Valenciana, acabamos de presenciar una obra maestra del surrealismo administrativo. Resulta que en el año 2000, la Unión Europea decidió que era buena idea soltar fondos para reforestar tierras agrícolas. Plantaron miles de encinas, las cuidaron durante 25 años y dejaron que superaran los tres metros de altura. Un proyecto sólido, verde y, sobre todo, pagado con el dinero de todos. Pero claro, el viento cambió y ahora lo 'verde' es el silicio. Entra en escena Promonrg Solar Fotovoltaica I SL. La empresa quiere montar un mar de placas solares y, para ello, ha decidido que treinta hectáreas de encinar en el Campichuelo del Campo estorbaban. Lo más cómico es el baile burocrático: el 30 de noviembre de 2023, la Dirección General de Medio Natural y Animal advirtió que se perdería un bosque ya instaurado y pidió salvar las parcelas 13, 14 y 17 del polígono 4. Fue un aviso claro, como quien te dice que no metas el televisor en la bañera. Sin embargo, tras unos cuantos escritos y reuniones donde seguramente se ajustaron las corbatas, la administración cambió de opinión en mayo de 2025. De repente, arrasar con el bosque era 'compatible'. La Asociación Naturalista de Ayora y Valle (ANAV) ha tenido que acudir a la Guardia Civil porque, mientras nosotros nos peleamos por reciclar el yogur, en Jalance trituraban árboles en plena época de nidificación. Han convertido un escudo contra la desertificación y una Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) en un parking de espejos. Es la lógica del siglo XXI: gastamos dinero público en plantar un bosque para luego cobrar subvenciones por quitarlo. Eficiencia pura.
Nos han vendido la Inteligencia Artificial como el mayordomo perfecto que nos liberará de las tareas tediosas, pero la realidad es que el mayordomo ha llegado para decirnos cómo tenemos que barrer. En su libro 'We Are Not Machines' (Allen Lane en UK; Godine en US, con salida el 11 de agosto), Sarah O’Connor pone el dedo en la llaga: no estamos usando la IA para mejorar, sino que nos estamos deformando nosotros para encajar en el molde del software. Es el triunfo de la mediocridad eficiente. Tom Knowles, analizando la obra el 17 de junio de 2026, nos recuerda que el deseo de los jefes de que sus empleados funcionen como procesadores de Intel no es precisamente una novedad. Es la vieja historia de siempre, solo que ahora tiene un algoritmo detrás. El ejemplo de Petr Čermoch, traductor checo, es lapidario. Sus subtítulos en las plataformas de streaming ya no tienen alma; el significado está ahí, pero la riqueza del lenguaje ha muerto. Es como cambiar un guiso casero que ha estado cuatro horas al fuego por una pastilla de caldo concentrado: te quita el hambre, pero te deja el paladar vacío. La paradoja es deliciosa y cruel. Mientras las empresas presumen de 'innovación tecnológica', lo que hacen es empujar al trabajador a ser un espejo aburrido de la máquina. No es que la IA sea demasiado inteligente, es que nos están obligando a ser lo suficientemente tontos para que el software nos entienda. Al final, el 'progreso' consiste en que el humano se convierta en el periférico y la máquina en el jefe, todo mientras nos sonríen y nos dicen que es por nuestra propia productividad.
Hay un arte muy fino en cobrar miles de euros por hora para decirle a un cliente que el futuro es hoy, y KPMG acaba de llevarse el premio al 'estafador del año' en la categoría de consultoría. En octubre, la firma lanzó un informe titulado “Redefining excellence in the age of agentic AI”, que básicamente era un panfleto para que las empresas no se sintieran como dinosaurios por seguir usando el cerebro humano. El problema es que, en lugar de analizar la realidad, parece que dejaron que la IA escribiera el examen y esta decidió inventarse la vida de todo el mundo. El informe aseguraba, con una seguridad pasmosa, que UBS integraba agentes de IA en asesoría y riesgo, que los Ferrocarriles Federales Suizos eran ahora un 'orquestador de movilidad holístico' y que Transport for London gestionaba el tráfico con magia algorítmica. Spoiler: todo mentira. Cuando el Financial Times llamó a preguntar, los portavoces de UBS, SBB y TfL soltaron la bomba: aquello era 'factualmente incorrecto' y 'engañoso'. Es el equivalente corporativo a decir que tienes un Ferrari en el garaje cuando en realidad tienes un patinete oxidado que no arranca. Lo más delirante es el caso del NHS Greater Manchester. KPMG citó una nota de prensa sobre la lucha contra el cáncer de pulmón y, mediante un juego del teléfono estropeado digital, concluyó que la IA ya hacía el triaje de pacientes y predecía reingresos. Una alucinación colectiva procesada por computadoras. Mientras McKinsey despliega 12,000 agentes de IA tras despedir a 5,000 empleados, KPMG nos demuestra que la verdadera utilidad de la IA en el mundo corporativo no es la eficiencia, sino la capacidad de 'vender humo' a escala industrial sin despeinarse. Al final, el informe fue retirado, pero el veneno ya estaba en el pozo, citado hasta en prensa checa.
Steven Spielberg ha vuelto a mirar al cielo, pero esta vez parece que se ha distraído con el catecismo. 'Disclosure Day' llega a los cines con la promesa de un encuentro cercano, pero termina siendo un híbrido extraño entre una persecución de presupuesto infinito y una charla de confirmación parroquial. Tenemos a Daniel Kellner (Josh O'Connor), un experto en ciberseguridad que huye de los malos, y a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga que, por un giro del destino, se convierte en la antena receptora de sabiduría alienígena. Todo esto mientras la corporación Wardex, liderada por un Noah Scanlon (Colin Firth) que es más elegante que un traje de seda pero con la peligrosidad de un gatito, intenta detenerlos. La trama se mueve como quien intenta montar un mueble de IKEA sin instrucciones: hay piezas que no encajan. La Wardex tiene la capacidad operativa de una panadería de barrio; sus 40 guardias armados son incapaces de ver a un hombre escondido detrás de una valla de madera que es, básicamente, un colador. Es el típico 'peligro moderado' de película infantil donde el villano es más un estorbo que una amenaza real. Pero lo que realmente dinamita la película es su obsesión teológica. Jane Blankenship (Eve Hewson), una exmonja, clava una cruz en su mano mientras Scanlon recita escrituras. Es tan obvio que duele, como si Spielberg quisiera darnos una lección de religión mientras nos vende palomitas. Entre la música evocadora de John Williams y unos planos generales que te dejan respirando, la película intenta preguntarse si Dios ama a los marcianos. Un dilema que suena a conversación de bar a las tres de la mañana. Al final, nos queda un CGI animal un poco cutre y una moraleja sobre la compasión que es tan dulce que llega a empalagar. Es un paseo agradable, pero con la profundidad de un charco después de una llovizna.
Si creías que el estrés de llegar a fin de mes con la inflación actual era un drama, imagina ser un ingeniero soviético en los 60. En 'Star City', el nuevo spin-off de 'For All Mankind' en Apple TV, el éxito no se celebraba con champán y alfombras rojas, sino con el KGB tocando a tu puerta a medianoche para avisarte que tu marido acaba de plantar una bandera en la Luna. Así de 'romántico' era el sistema. La serie nos presenta a Sergei Korolev (interpretado por Rhys Ifans), el 'Diseñador Jefe'. Un tipo con un currículum que haría temblar a cualquier CEO de Silicon Valley: el cohete R-7, el Sputnik y el programa Vostok. Pero aquí está la gracia: mientras en EE. UU. Neil Armstrong y Buzz Aldrin eran estrellas de rock, Korolev era un fantasma. El Partido Comunista lo mantuvo en el anonimato absoluto por miedo a que Washington decidiera 'jubilarlo' prematuramente. Un secreto de Estado tan guardado que sus propios colegas no sabían quién era el jefe. La trama juega con el 'efecto puertas giratorias' de la historia: en la realidad, Korolev murió en una cirugía en 1966, pero en este universo alternativo, su supervivencia permitió que la URSS le ganara la partida al Apollo 11 en 1969. El contraste es brutal. Mientras la NASA gastaba millones en seguridad y protocolos, los cosmonautas soviéticos, como Anastasia Belikova (Alice Englert), volaban en cápsulas que hacían que una lata de sardinas pareciera un hotel de cinco estrellas. Aquí no hay 'un pequeño paso para el hombre', sino un salto al vacío donde, si te sales del guion oficial, el Estado te sustituye por una doble más dócil o te envía al calabozo. Porque, como bien dice la implacable Lyudmilla Raskova (Anna Maxwell Martin), en el sistema soviético no arrestan a inocentes; simplemente fabrican la culpa para que la propaganda brille.
Hay planetas que son como ese primo rico que solo aparece en Navidad para presumir el coche nuevo y luego desaparece sin dejar rastro. Mercurio es exactamente así: el esquivo del sistema solar. El 15 de junio, este mundo rocoso alcanza su 'máxima elongación', que en lenguaje de calle significa que se ha alejado lo suficiente del Sol (unos 17 grados) para que no nos quede ciego intentar encontrarlo. Es la oportunidad de oro del año para pillarlo en el cielo nocturno, justo debajo de Venus y Júpiter, antes de que vuelva a esconderse en el resplandor solar como quien evita pagar una cuenta compartida. Para encontrarlo, hay que mirar al oeste tras la puesta del sol, a menos de 20 grados sobre el horizonte. Ahí estará, flanqueado por Júpiter y Venus a la izquierda y una luna creciente tan fina que parece un hilo de coser a la derecha. Es un despliegue visual envidiable, pero con fecha de caducidad. Mientras nosotros seguimos peleándonos con la tarifa de la luz, Mercurio ya tiene su agenda marcada: se acercará inexorablemente al horizonte noche tras noche hasta el 12 de julio, fecha de su conjunción solar inferior, cuando se interpondrá entre la Tierra y el Sol para pasar a ser un objeto matutino. Claro, la industria no quiere que lo veas gratis. Te sugieren el Celestron NexStar 4SE, un telescopio para principiantes que promete vistas nítidas y un montaje rápido, ideal para quienes tienen la paciencia de un niño con un caramelo. Al final, la astronomía es como la vida: el momento de gloria es efímero y, si quieres verlo con claridad, probablemente tengas que soltar unos cuantos euros en óptica de alta gama.
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Rosa Muñoz