Crítica:
La noticia es un ejercicio de ironía deliciosa sobre la incompetencia corporativa. Solo le falta profundizar en cuánto cobraron exactamente por ese informe lleno de mentiras.
La noticia es un ejercicio de ironía deliciosa sobre la incompetencia corporativa. Solo le falta profundizar en cuánto cobraron exactamente por ese informe lleno de mentiras.
Nos han vendido la Inteligencia Artificial como el mayordomo perfecto que nos liberará de las tareas tediosas, pero la realidad es que el mayordomo ha llegado para decirnos cómo tenemos que barrer. En su libro 'We Are Not Machines' (Allen Lane en UK; Godine en US, con salida el 11 de agosto), Sarah O’Connor pone el dedo en la llaga: no estamos usando la IA para mejorar, sino que nos estamos deformando nosotros para encajar en el molde del software. Es el triunfo de la mediocridad eficiente. Tom Knowles, analizando la obra el 17 de junio de 2026, nos recuerda que el deseo de los jefes de que sus empleados funcionen como procesadores de Intel no es precisamente una novedad. Es la vieja historia de siempre, solo que ahora tiene un algoritmo detrás. El ejemplo de Petr Čermoch, traductor checo, es lapidario. Sus subtítulos en las plataformas de streaming ya no tienen alma; el significado está ahí, pero la riqueza del lenguaje ha muerto. Es como cambiar un guiso casero que ha estado cuatro horas al fuego por una pastilla de caldo concentrado: te quita el hambre, pero te deja el paladar vacío. La paradoja es deliciosa y cruel. Mientras las empresas presumen de 'innovación tecnológica', lo que hacen es empujar al trabajador a ser un espejo aburrido de la máquina. No es que la IA sea demasiado inteligente, es que nos están obligando a ser lo suficientemente tontos para que el software nos entienda. Al final, el 'progreso' consiste en que el humano se convierta en el periférico y la máquina en el jefe, todo mientras nos sonríen y nos dicen que es por nuestra propia productividad.
Hay un arte muy fino en cobrar miles de euros por hora para decirle a un cliente que el futuro es hoy, y KPMG acaba de llevarse el premio al 'estafador del año' en la categoría de consultoría. En octubre, la firma lanzó un informe titulado “Redefining excellence in the age of agentic AI”, que básicamente era un panfleto para que las empresas no se sintieran como dinosaurios por seguir usando el cerebro humano. El problema es que, en lugar de analizar la realidad, parece que dejaron que la IA escribiera el examen y esta decidió inventarse la vida de todo el mundo. El informe aseguraba, con una seguridad pasmosa, que UBS integraba agentes de IA en asesoría y riesgo, que los Ferrocarriles Federales Suizos eran ahora un 'orquestador de movilidad holístico' y que Transport for London gestionaba el tráfico con magia algorítmica. Spoiler: todo mentira. Cuando el Financial Times llamó a preguntar, los portavoces de UBS, SBB y TfL soltaron la bomba: aquello era 'factualmente incorrecto' y 'engañoso'. Es el equivalente corporativo a decir que tienes un Ferrari en el garaje cuando en realidad tienes un patinete oxidado que no arranca. Lo más delirante es el caso del NHS Greater Manchester. KPMG citó una nota de prensa sobre la lucha contra el cáncer de pulmón y, mediante un juego del teléfono estropeado digital, concluyó que la IA ya hacía el triaje de pacientes y predecía reingresos. Una alucinación colectiva procesada por computadoras. Mientras McKinsey despliega 12,000 agentes de IA tras despedir a 5,000 empleados, KPMG nos demuestra que la verdadera utilidad de la IA en el mundo corporativo no es la eficiencia, sino la capacidad de 'vender humo' a escala industrial sin despeinarse. Al final, el informe fue retirado, pero el veneno ya estaba en el pozo, citado hasta en prensa checa.
Steven Spielberg ha vuelto a mirar al cielo, pero esta vez parece que se ha distraído con el catecismo. 'Disclosure Day' llega a los cines con la promesa de un encuentro cercano, pero termina siendo un híbrido extraño entre una persecución de presupuesto infinito y una charla de confirmación parroquial. Tenemos a Daniel Kellner (Josh O'Connor), un experto en ciberseguridad que huye de los malos, y a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga que, por un giro del destino, se convierte en la antena receptora de sabiduría alienígena. Todo esto mientras la corporación Wardex, liderada por un Noah Scanlon (Colin Firth) que es más elegante que un traje de seda pero con la peligrosidad de un gatito, intenta detenerlos. La trama se mueve como quien intenta montar un mueble de IKEA sin instrucciones: hay piezas que no encajan. La Wardex tiene la capacidad operativa de una panadería de barrio; sus 40 guardias armados son incapaces de ver a un hombre escondido detrás de una valla de madera que es, básicamente, un colador. Es el típico 'peligro moderado' de película infantil donde el villano es más un estorbo que una amenaza real. Pero lo que realmente dinamita la película es su obsesión teológica. Jane Blankenship (Eve Hewson), una exmonja, clava una cruz en su mano mientras Scanlon recita escrituras. Es tan obvio que duele, como si Spielberg quisiera darnos una lección de religión mientras nos vende palomitas. Entre la música evocadora de John Williams y unos planos generales que te dejan respirando, la película intenta preguntarse si Dios ama a los marcianos. Un dilema que suena a conversación de bar a las tres de la mañana. Al final, nos queda un CGI animal un poco cutre y una moraleja sobre la compasión que es tan dulce que llega a empalagar. Es un paseo agradable, pero con la profundidad de un charco después de una llovizna.
Si creías que el estrés de llegar a fin de mes con la inflación actual era un drama, imagina ser un ingeniero soviético en los 60. En 'Star City', el nuevo spin-off de 'For All Mankind' en Apple TV, el éxito no se celebraba con champán y alfombras rojas, sino con el KGB tocando a tu puerta a medianoche para avisarte que tu marido acaba de plantar una bandera en la Luna. Así de 'romántico' era el sistema. La serie nos presenta a Sergei Korolev (interpretado por Rhys Ifans), el 'Diseñador Jefe'. Un tipo con un currículum que haría temblar a cualquier CEO de Silicon Valley: el cohete R-7, el Sputnik y el programa Vostok. Pero aquí está la gracia: mientras en EE. UU. Neil Armstrong y Buzz Aldrin eran estrellas de rock, Korolev era un fantasma. El Partido Comunista lo mantuvo en el anonimato absoluto por miedo a que Washington decidiera 'jubilarlo' prematuramente. Un secreto de Estado tan guardado que sus propios colegas no sabían quién era el jefe. La trama juega con el 'efecto puertas giratorias' de la historia: en la realidad, Korolev murió en una cirugía en 1966, pero en este universo alternativo, su supervivencia permitió que la URSS le ganara la partida al Apollo 11 en 1969. El contraste es brutal. Mientras la NASA gastaba millones en seguridad y protocolos, los cosmonautas soviéticos, como Anastasia Belikova (Alice Englert), volaban en cápsulas que hacían que una lata de sardinas pareciera un hotel de cinco estrellas. Aquí no hay 'un pequeño paso para el hombre', sino un salto al vacío donde, si te sales del guion oficial, el Estado te sustituye por una doble más dócil o te envía al calabozo. Porque, como bien dice la implacable Lyudmilla Raskova (Anna Maxwell Martin), en el sistema soviético no arrestan a inocentes; simplemente fabrican la culpa para que la propaganda brille.
Hay planetas que son como ese primo rico que solo aparece en Navidad para presumir el coche nuevo y luego desaparece sin dejar rastro. Mercurio es exactamente así: el esquivo del sistema solar. El 15 de junio, este mundo rocoso alcanza su 'máxima elongación', que en lenguaje de calle significa que se ha alejado lo suficiente del Sol (unos 17 grados) para que no nos quede ciego intentar encontrarlo. Es la oportunidad de oro del año para pillarlo en el cielo nocturno, justo debajo de Venus y Júpiter, antes de que vuelva a esconderse en el resplandor solar como quien evita pagar una cuenta compartida. Para encontrarlo, hay que mirar al oeste tras la puesta del sol, a menos de 20 grados sobre el horizonte. Ahí estará, flanqueado por Júpiter y Venus a la izquierda y una luna creciente tan fina que parece un hilo de coser a la derecha. Es un despliegue visual envidiable, pero con fecha de caducidad. Mientras nosotros seguimos peleándonos con la tarifa de la luz, Mercurio ya tiene su agenda marcada: se acercará inexorablemente al horizonte noche tras noche hasta el 12 de julio, fecha de su conjunción solar inferior, cuando se interpondrá entre la Tierra y el Sol para pasar a ser un objeto matutino. Claro, la industria no quiere que lo veas gratis. Te sugieren el Celestron NexStar 4SE, un telescopio para principiantes que promete vistas nítidas y un montaje rápido, ideal para quienes tienen la paciencia de un niño con un caramelo. Al final, la astronomía es como la vida: el momento de gloria es efímero y, si quieres verlo con claridad, probablemente tengas que soltar unos cuantos euros en óptica de alta gama.
Apple TV se ha lanzado a la piscina con 'Star City', un spin-off de 'For All Mankind' que nos traslada a la comunidad soviética de los años 60 y 70. Es el clásico escenario de 'historia alternativa' donde el espionaje, la tortura y los triángulos amorosos se sirven calientes, como si fueran el menú del día en una cafetería de barrio. Mientras nosotros nos peleamos con la factura de la luz, en la serie vemos a Lakshmi Chadha, interpretada por Priya Kansara, una científica aeroespacial india que llega a Star City para un proyecto secreto bajo las órdenes del Jefe Diseñador (Rhys Ifans) para la misión Venera-7 hacia Venus. El contraste es delicioso: Kansara usa ropa colorida y el Sindoor rojo en la frente para marcar que es la 'extraña' en un entorno tan gris y anodino que hace que un lunes de lluvia en noviembre parezca un carnaval. Por otro lado, tenemos a Josef Davies, que se pone la piel de un Sergei Nikulov joven, el ingeniero que luego conoceríamos en la serie original como el director de Roscosmos y el cómplice de Margo Madison en secretos que salieron carísimos. Davies confiesa que para entrar en personaje necesitaba que la corbata le apretara el cuello; un detalle curioso, porque en la vida real, esa sensación de asfixia es la que tenemos los usuarios al ver las suscripciones mensuales de streaming. Entre misiones arriesgadas y la precisión mecánica de los relojes de la época, la serie intenta vendernos que el espacio era el único lugar donde no importaba el color de tu piel, siempre y cuando fueras lo suficientemente brillante para no explotar en el lanzamiento. Todo esto ya está disponible en Apple TV, recordándonos que el pasado soviético era, básicamente, un agujero negro de secretos y ropa aburrida.
Samsung ha decidido que nuestra vista no es lo suficientemente nítida y ha lanzado la artillería pesada para 2026. El protagonista es el Odyssey G8 de 32 pulgadas, el primer monitor gaming 6K del mercado. Para los que no hablan 'idioma panel', esto significa una densidad de 224 PPI que hace que cualquier otra pantalla parezca un dibujo hecho con crayones. El precio es un sablazo de 1.599,99 dólares, aunque la marca intenta endulzar la píldora con un crédito de 300 dólares si compras antes del 9 de junio a las 9:59 a.m. EDT. Es la clásica técnica de 'corre que vuela' para que no pienses demasiado en el agujero contable que dejarás en tu cuenta. Lo curioso es que el G8 juega a dos bandas: ofrece 165Hz en 6K para los que quieren ver hasta el poro de la piel del enemigo, pero tiene un 'Dual Mode' que lo baja a 3K para subir a 330Hz. Básicamente, es como tener un Ferrari que se convierte en kart de carreras según el circuito. Todo esto corre gracias al DisplayPort 2.1, porque con la tecnología anterior esto simplemente no caminaría. Pero Samsung no se detiene ahí. Tienen el Movingstyle Essential de 43 pulgadas por 899,99 dólares (con 200 dólares de regalo), que es básicamente una televisión con ruedas para los que no saben dónde quieren jugar. Y para los que buscan el equilibrio, el OLED G8 de 27 pulgadas llega a 1.099,99 dólares, prometiendo que el panel QD-OLED Penta Tandem no se quemará tan rápido como tus ahorros. Desde el ViewFinity S8 de 40 pulgadas por 1.399,99 dólares hasta los G7 de 1.099,99 dólares, la estrategia es clara: darte un bono ahora para que no te importe pagar el precio de un coche usado por un trozo de cristal y plástico.
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