Crítica:
El texto original es un resumen de un podcast, por lo que carece de fuentes primarias verificables más allá de la opinión de un analista. Se apoya excesivamente en la retórica de Vidal sin contrastar los datos del Banco Central.
El texto original es un resumen de un podcast, por lo que carece de fuentes primarias verificables más allá de la opinión de un analista. Se apoya excesivamente en la retórica de Vidal sin contrastar los datos del Banco Central.
Phoebe Gates, la primogénita del imperio Microsoft, quería demostrar que no vive de las rentas del apellido y que tiene ese 'hambre' de emprendedora. Resulta que el hambre era demasiada y terminó mordiendo el anzuelo del camino corto. Su startup, Phia, valorada en unos generosos 185 millones de dólares tras levantar 35 millones en febrero, ha sido pillada jugando al 'cookie stuffing'. Para los que no hablamos lenguaje de Valley, es como colarse en la cola del súper y pretender que tú has llenado el carrito del vecino para cobrarte una comisión por ello. El truco era sencillo: una extensión de navegador que se adjudicaba ventas que el usuario hacía por su cuenta, sin usar Phia. Un 'atajo ético' que a otros ya los ha llevado a dormir en una celda federal. Lo más jugoso no es el engaño, sino la hipocresía. Mientras Phoebe le decía a Fortune que su cliente ideal es la 'mujer joven que se lo curra', ella y su cofundadora, Sophia Kianni, ignoraban las advertencias de sus propios ingenieros. Los mensajes de Slack filtrados por Bloomberg confirman que sabían lo que pasaba desde diciembre del año pasado. Pero aquí llega el giro de guion digno de Netflix: hay un topo. Alguien dentro de Phia ha decidido que la lealtad no paga las facturas y ha soltado los recibos a la prensa. El impacto ha sido brutal. En cuanto apagaron el grifo del fraude (la función 'auto pop for cookie drop'), los ingresos diarios se desplomaron de 80.000 dólares a una cifra que oscila entre los 10.000 y 28.000. Pasar de ganar un coche de lujo al día a ganar una modesta furgoneta duele, pero duele más que te delate tu propio equipo mientras intentas borrar la sombra de papá.
Hay gente que juega al Monopoly para pasar la tarde; Mohamed VI juega con el tablero real de Marruecos. No es solo que sea el jefe político y religioso, es que es el dueño del chiringuito. A través de Al Mada —el holding que hasta 2018 se llamaba SNI y que es básicamente la hucha de la familia—, el monarca controla el 60% de un entramado que gestiona 17.500 millones de dólares en empresas cotizadas. Mientras el ciudadano medio cuenta los céntimos para llegar a fin de mes, la casa real se pasea por sectores que van desde la banca con Attijariwafa hasta el cemento con Holcim Maroc. La herencia del padre, Hassán II, no fueron solo coronas, sino un instinto depredador que empezó en los 80 y se consolidó en 1994 con los supermercados Marjane. Recientemente, el imperio ha decidido que el chocolate es un buen negocio, soltando 450 millones de euros en 2024 para que Teralys se compre la italiana Nutkao. Pero lo más curioso es la 'tasa real' sobre la fruta: gracias a la CVVP, el monarca saca entre 7 y 45 euros por cada árbol de mandarinas Nadorcott plantado en España. Literalmente, cada vez que compras una mandarina, puede que estés pagando el mantenimiento de alguno de sus 17 palacios, cuyos lujos financian los Presupuestos marroquíes aunque la propiedad sea privada. Todo esto ocurre bajo el manto del Majzén, esa oligarquía donde, si quieres hacer negocios grandes, tienes que dejar una silla vacía para la familia real. Con una fortuna que Forbes situaba en 5.700 millones en 2015 y que hoy roza los 7.000 millones, Mohamed VI no es un rey con negocios; es un CEO con corona que ha convertido el estado en su propia sociedad limitada.
España ha batido un récord que nadie quiere presumir: 17,35 millones de personas han decidido, o se han visto obligadas a, tirar la toalla del mercado laboral en el segundo trimestre de 2026. Es el pico más alto desde que el INE empezó a contar estas ausencias en 2002, cuando la cifra era de 15,77 millones. Para que nos entendamos, es como si una ciudad entera y media hubiera decidido que el despertador es el enemigo y que buscar curro es un deporte de riesgo que ya no quieren practicar. La aritmética del Gobierno de Pedro Sánchez es fascinante. Bajo su mandato, la población inactiva ha crecido un 7,26%, lo que se traduce en 1,17 millones de personas más que han pasado al 'lado oscuro' de la economía. Claro, el relato oficial es el de siempre: la culpa es de la biología. El país envejece y las jubilaciones se disparan. Es la lógica del flujo: mientras unos intentan entrar en un mercado laboral que parece un club privado, otros salen por la puerta de atrás con la pensión bajo el brazo. Los datos de la Seguridad Social son el clavo final. Si en 2019 las jubilaciones eran de 303.055, en 2025 ya rozaban las 375.277, y solo en la primera mitad de 2026 hemos sumado 184.171 bajas. En total, hay 2.486.916 jubilaciones más que hace siete años. Es una ingeniería financiera natural: más abuelos, menos manos trabajando y una factura pública que crece más rápido que la cola de la panadería un domingo. Al final, la 'inactividad' es el eufemismo perfecto para describir un país que se jubila en masa mientras el sistema intenta hacer malabares para que la cuenta salga a cuenta.
Hay una sensación extraña en el aire, esa misma que sientes cuando revisas el extracto del banco y descubres que el 'ahorro' era en realidad un espejismo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de soltar el parte de guerra y la noticia es un jarro de agua fría: España se desploma al puesto 14 del ranking mundial de economías. No es una caída libre, es más bien un deslizamiento lento y constante, como quien ve cómo se le escapa el jabón en la ducha mientras intenta mantener la compostura. El 'sorpasso' ha llegado, pero no de los que emocionan. México y Australia nos han pasado por la derecha, dejándonos atrás con un PIB de 2,09 billones de dólares. Para que nos entendamos, mientras Estados Unidos juega en la Champions con 32,38 billones y China le pisa los talones con 20,85, nosotros estamos peleando por no caer al sótano. Alemania (5,45 billones), Japón (4,38 billones) y el Reino Unido (4,26 billones) miran la tabla desde una altura que ya parece ciencia ficción. La excusa oficial es la demografía. Nos dicen que India, con sus 1.478 millones de personas, o Brasil, con 213 millones, tienen más 'mano de obra'. Pero claro, hace veinte años esa masa humana no bastaba para superarnos; ahora, en cambio, la ingeniería financiera de otros y nuestra propia inercia nos han dejado en evidencia. El FMI proyecta un crecimiento del 2,1% para 2027 y del 1,8% para 2028. Suena bien en un PowerPoint, pero en la calle es como intentar arreglar una gotera con un chicle. Para cuando logremos igualar a Australia en 2029, ellos ya habrán vuelto a adelantarnos en 2030. Estamos en el eterno retorno del puesto 14, recordando con nostalgia el 2009, la última vez que rozamos el top 10. El progreso, al parecer, es un camino que nosotros hemos decidido recorrer en reversa.
España es el primer productor mundial de aceite de oliva, pero parece que en el tablero del dinero somos el eterno segundo. Mientras el ciudadano medio mira el precio del aceite en el súper como quien mira una película de terror, Deoleo se ha convertido en la joya de la corona que cualquiera quiere llevarse en la maleta. La trama es un clásico: fondos buitre como CVC y Alchemy, que no saben distinguir un olivar de un campo de golf, tienen la llave del negocio y deben decidir antes de septiembre quién paga más por el juguete. La puja es un despliegue de músculo financiero donde el patriotismo sale caro. Por un lado, tenemos a Dcoop con una oferta de 470 millones de euros y a Acesur rozando la cifra con 460 millones. Pero entonces llega la italiana Coricelli, a través de Farmers Elite Global, y suelta un sablazo de 500 millones de euros sobre la mesa, exigiendo además exclusividad. Es como si estuviéramos jugando una partida de póker donde el premio es nuestra soberanía alimentaria y el rival tiene el bolsillo más hondo. El sector, ahora que el agua les llega al cuello, pide a gritos que el Gobierno intervenga. Argumentan que perder Deoleo es regalar el valor añadido y el control del mercado. Dcoop juega la carta de la autenticidad y la lucha contra el fraude, prometiendo que el beneficio irá directo al agricultor y no a una cuenta en el extranjero. Muy noble, sí, pero en el mundo de los fondos de inversión, la nobleza no paga los dividendos. Si el Gobierno no mueve ficha, el liderazgo español pasará de ser una realidad productiva a ser un simple recuerdo en una etiqueta de botella fabricada en Italia.
El Gobierno juega al Monopoly con el dinero público, pero en Ceuta la partida se ha quedado sin alquiler. Resulta fascinante observar cómo el Ejecutivo maneja el Fondo de Contingencia: una hucha donde meten la mano con una soltura envidiable cuando les conviene, pero que se vuelve invisible cuando el tejido empresarial de Ceuta pide auxilio. Mientras los autónomos de la ciudad autónoma cuentan los céntimos para sobrevivir a una crisis que el propio Gobierno define como 'extraordinaria', en el despacho de Hacienda descansan unos 825 millones de euros. Sí, han leído bien. Casi mil millones que miran al techo mientras el Ejecutivo promete 'movilizar recursos' con la misma vaguedad con la que un político promete bajar los impuestos antes de las elecciones. La hipocresía tiene cifras exactas. Para la DANA en la Comunidad Valenciana, el grifo se abrió sin pestañear: 791,8 millones en junio y otros 85,5 millones en julio para el campo. Incluso para temas migratorios, el 17 de marzo soltaron 286,7 millones como quien deja una propina en un bar. Pero cuando llega el turno de Ceuta, Carlos Cuerpo y compañía nos venden una 'ampliación extraordinaria' del Plan Integral de Desarrollo Socioeconómico, que traducido al idioma de la calle significa: 'estamos en ello, pero no hay un solo euro sobre la mesa'. Lo más delirante es que estamos navegando con los Presupuestos de 2023 prorrogados, un coherence-check que la AIReF ya ha dinamitado al advertir que el Fondo de Contingencia se usa para tapar agujeros recurrentes. El 16 de junio, por ejemplo, se 'colaron' 503,5 millones para gastos sociales que deberían estar en el presupuesto normal. En resumen: hay dinero para el maquillaje contable y para las urgencias que hacen ruido, pero para las empresas de Ceuta solo hay promesas y un silencio administrativo que hiela la sangre.
El Estado ha decidido jugar al escondite con el dinero público. Resulta que la Seguridad Social ha suspendido 7.071 expedientes del Ingreso Mínimo Vital (IMV) desde 2022 porque algunos beneficiarios se olvidaron de que, para cobrar la ayuda, hay que estar físicamente en España. La regla es sencilla: doce meses de residencia previa y no ausentarse más de 90 días al año. Básicamente, no puedes usar el IMV como una beca de turismo internacional mientras el resto de los mortales ajusta la lista de la compra con lupa. Lo fascinante es la aritmética del control. En 2023 hubo un frenesí de limpieza con 6.510 suspensiones, más del 90% del total. Luego vino el bajón: 113 casos en 2024, 193 en 2025 y ya llevamos 254 en lo que va de 2026. Pero ojo, que aquí viene el giro irónico: más de la mitad (3.634 personas) volvieron a estar de alta. Es decir, el sistema suspende, asusta y luego perdona, como un padre severo que al final cede ante el berrinche. Otros 1.824 se quedaron fuera y 1.613 siguen en el limbo. Si eso no fuera suficiente, el BOE se ha convertido en el muro de los lamentos administrativo con 54.857 publicaciones para localizar a gente que, presumiblemente, no estaba donde decía estar. Cuando el INSS ha tenido que dar detalles sobre nacionalidades o el monto exacto de los cobros indebidos, ha aplicado la clásica maniobra de 'estoy muy liado'. Dicen que analizar esos datos es «inasumible» por la carga de trabajo. Curioso que tengan tiempo para publicar miles de anuncios en el BOE, pero no para decirnos cuánto dinero se ha esfumado en el aire. Mientras tanto, el IMV sigue engordando: en julio de 2026 ya llegaba a 879.225 hogares (2.682.646 personas) con una media de 504,5 euros mensuales. Un negocio redondo, siempre que no te pilles un vuelo largo.
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