Wall Street ha decidido jugar al Monopoly con dinero real y las reglas de la física financiera. Resulta que las tecnológicas están infladas hasta el delirio, con valoraciones de billones de dólares que parecen más un deseo ferviente que un balance contable. El truco es sencillo: gastar fortunas en centros de datos como quien compra un yate sin saber navegar, esperando que la Inteligencia Artificial mágicamente convierta el hormigón y los chips en lingotes de oro.
Mientras tanto, el S&P ha subido un 9% este año, cerrando el mejor trimestre desde 2020, pero el aire empieza a faltar en las alturas.
Bank of America ha soltado la bomba un martes cualquiera: la especulación ha llegado a niveles extremos. Básicamente, nos dicen que el 'estirón' de las acciones es tan artificial que el 'latigazo' de vuelta va a ser doloroso.
Para que nos entendamos, es como si alguien pagara el precio de un Ferrari por un coche que aún no tiene motor, confiando en que el motor se inventará solo el próximo mes.
Lo verdaderamente inquietante es la comparación con el abismo. Russ Mould, del Telegraph, nos recuerda que el ratio Shiller CAPE actual es de 41 veces la media de beneficios de la década.
Para los que no habláis 'economés', esto es una locura: el Martes Negro de 1929, el inicio de la Gran Depresión, solo tenía un ratio de 32,5. Estamos más inflados que una pompa de jabón en un ventilador industrial. Ya vimos el primer aviso a finales de junio, cuando el S&P 500 sufrió una purga de cientos de miles de millones de dólares.
Incluso SpaceX, que salió a bolsa hace semanas, se pegó un castañazo volviendo a sus 150 dólares iniciales. Eso sí, la fe ciega persiste; Morgan Stanley y Goldman Sachs siguen soñando despiertos con objetivos de 300 y 205 dólares para SpaceX, ignorando que la realidad suele cobrar las facturas tarde o temprano.
Crítica:
El texto original es un caldo de cultivo de alarmismo financiero que mezcla datos sólidos con predicciones catastróficas. Le falta profundidad en el análisis de por qué los beneficios no llegan, limitándose a decir que 'quizás nunca lleguen'.
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