Crítica:
El texto original es un relleno optimista que disfraza la falta de información real con entusiasmo fanboy. No analiza la viabilidad del calendario de estrenos, solo acepta la agenda de Warner como un hecho.
El texto original es un relleno optimista que disfraza la falta de información real con entusiasmo fanboy. No analiza la viabilidad del calendario de estrenos, solo acepta la agenda de Warner como un hecho.
Hay finales que te dejan el corazón contento y otros que te dejan con la sensación de haber pagado un menú degustación para que, al final, te sirvan la cuenta sin el postre. El cierre de la primera temporada de 'Avatar: Seven Havens' es de los segundos. Tras semanas de dosis homeopáticas en bloques de tres episodios, la serie decidió soltar un golpe de cuatro capítulos seguidos para dejarnos en el aire, justo cuando la trama dejaba de ser un acertijo para convertirse en un drama familiar de manual. La gran sorpresa no fue el regreso de Vaatu —el villano de 'The Legend of Korra' que los fans esperaban como quien espera el ingreso de la lotería—, sino que el monstruo era, básicamente, un ataque de ansiedad con esteroides. El showrunner Sehaj Sethi nos confirma que esa entidad roja y diamantina que habitaba los cristales de Anomaly en Ellora no era más que el miedo al abandono de Nisha materializado. Traducción: el gran villano era un trauma infantil no resuelto. Mientras nosotros buscábamos una guerra épica, la serie nos vendía terapia psicológica. El salseo llega con la revelación de que Nisha, a los 6 años, borró del mapa a sus padres y le quitó una pierna a su hermana Pavi en un arranque de poder. Un 'accidente' doméstico que haría palidecer cualquier seguro de hogar. Por su parte, Pavi, que pasó la temporada intentando ser invisible como un mueble de IKEA, terminó desbloqueando el chakra raíz para salvar Ellora, redirigiendo la energía al cielo en un despliegue de efectos visuales que Michael Dante DiMartino define como el verdadero viaje de la serie. Ahora, con las hermanas separadas —Nisha protegiendo Ellora y Pavi rumbo a las Islas Flotantes con Jae—, nos toca esperar la segunda temporada. Una espera que, viendo cómo han dejado el tablero, se va a hacer más larga que una cola de Hacienda en abril.
HBO Max ha decidido soltar un 'regalito' de Halloween que tiene más pinta de ser un parche para que no nos olvidemos de que la serie existe que de un evento canónico. Se trata de 'A Story of Derry', un episodio especial de 30 minutos que ha caído en el catálogo como quien deja una propina insuficiente en una terraza. Mientras nosotros peleamos con la inflación y el precio del aceite, la plataforma nos vende una precuela dirigida por Tazbah Chavez y escrita por Cherie Dimaline y Jasmyne Flournoy que retrocede el reloj hasta antes de que Pennywise decidiera que Derry era su buffet libre personal. La trama nos presenta a tres niños aventurándose en el Western Wood, donde se topan con un espíritu antiguo. Es el clásico movimiento de guion: cuando no sabes cómo llenar el hueco hasta la temporada dos, inventas un 'espíritu antiguo' y lo llamas contenido exclusivo. El episodio recupera la mitología de It: Chapter 2 sobre esa entidad transdimensional que aterrizó en la Tierra hace millones de años y que fue contenida por una daga fabricada por nativos americanos. Para darle cuerpo al asunto, vuelven Kimberly Guerrero como la joven Rose, Morningstar Angeline y Kiawentiio como las guerreras Sesqui y Necani, sumando además a Zahn McClarnon al reparto. En el fondo, este especial es como ese aperitivo que te sirven en el restaurante para que no te quejes de que el plato principal tarda una eternidad. Sirve para expandir la línea temporal de 1962 y prepararnos para un cambio de tono en la segunda temporada, donde parece que el elenco ignorará la existencia del payaso. HBO Max lo ha lanzado con una variante en ASL, demostrando que son inclusivos, pero que siguen manejando los tiempos de estreno con la sutileza de un martillo pilón.
Hay un patrón peligroso en Hollywood: cuando una saga de terror ya no sabe cómo matar a nadie en el bosque o en el sótano de casa, mandan al villano al espacio. Es el equivalente cinematográfico a intentar arreglar una gotera en el salón inundando toda la casa. Es el 'último cartucho', el salto al vacío cuando la taquilla empieza a parecerse a la cuenta bancaria de un estudiante universitario al final del mes. Tomemos el caso de Jason X (2001). New Line Cinema, que ya tenía a Freddy Krueger haciendo los números, decidió que congelar a Jason Voorhees y lanzarlo a las estrellas era mejor que dejarlo en el campamento. El resultado fue un 'Uber Jason' con nanobots que, aunque ridículo, tiene la dignidad de saber que es un chiste. No es cine, es un espectáculo de feria con presupuesto de estudio, pero funciona. Luego tenemos el abismo. Amityville in Space (2022) es el ejemplo perfecto de lo que pasa cuando el dominio público se convierte en un buffet libre para cualquiera con una cámara. Es una película tan mala que no llega a ser cult; es simplemente un agujero negro de tiempo. En el otro extremo, Leprechaun 4: In Space (1996) abraza el absurdo con Warwick Davis, demostrando que un duende asesino en una nave espacial es, sorprendentemente, más coherente que la gestión financiera de algunas productoras. Para cerrar el círculo de la desesperación, Hellraiser 4: Bloodline (1996) intentó ser seria en el espacio, y ahí estuvo el error. Pinhead terminó siendo el poster boy del paso al formato directo a vídeo, mientras que Dracula 3000 (2004) nos regaló a un vampiro con capa victoriana en una nave, con Coolio haciendo lo que podía. Es el cine de terror diciendo: 'Ya no tenemos ideas, pero mira qué luces de neón'.
Hay algo profundamente democrático en ver a estrellas de Hollywood colgados de cables, balanceándose como bolsitas de té humanas mientras intentan salvar un matrimonio ficticio. Joel Edgerton y Jennifer Connelly, los rostros de 'Dark Matter' en Apple TV, nos venden la agonía del arte, pero traducido al lenguaje de la calle, es básicamente el estrés de un lunes por la mañana multiplicado por el presupuesto de una multinacional tecnológica. Edgerton, que carga con la serie al hombro (y en cables), confiesa que el rodaje es un ejercicio de humillación física y agotamiento mental. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático o el precio del aceite, él se desvive en 'The Box', una secuencia de gravedad que lo deja más vacío que una cuenta bancaria el día 20. Lo más irónico es su recordatorio de que ser actor no es 'cavar zanjas', aunque el hombre admite que, en algún momento de su carrera, terminó haciendo precisamente eso. Un giro poético: del lujo de los sets a la pala en el barro. La trama, basada en la novela de 2016 de Blake Crouch, ha decidido mandar el libro a paseo en esta segunda temporada, dejando a los fans y a los propios actores en un limbo cuántico. Mientras Jason y Daniela Dessen se desintegran emocionalmente a través de universos paralelos, Connelly reflexiona sobre la responsabilidad afectiva y los sesgos personales. Es el típico análisis psicológico que suena muy bien en una entrevista, pero que en la vida real se traduce en: 'estamos peleando porque no sabemos quién es quién'. Con el final programado para el 30 de octubre de 2026, la serie nos deja una lección clara: no importa en qué universo vivas, el drama matrimonial y el cansancio crónico son las únicas constantes universales.
Hacer una serie de Star Trek no es precisamente un paseo por el parque, aunque Paramount+ intente vendérnoslo como un viaje intergaláctico glamuroso. Para el elenco de 'Strange New Worlds', la realidad es más parecida a un turno doble en una fábrica de ensamblaje que a un crucero espacial. Ethan Peck, que encarna a Spock, no se anda con rodeos: describe el rodaje como una maratón donde el sueño es un lujo y las horas de trabajo son, sencillamente, una locura. Básicamente, mientras nosotros nos quejamos de que el WiFi va lento, ellos están perdiendo la noción del tiempo y la cordura entre decorados masivos y cambios de vestuario que harían palidecer a cualquier pasarela de Milán. La cosa se pone aún más surrealista con Christina Chong. La actriz, que da vida a La’an Noonien-Singh, ha tenido que hacer malabares entre clases de equitación (porque sí, hay caballos en el espacio) y ensayos de combate, todo mientras lidia con marionetas digitales. Es el equivalente actoral a intentar montar un mueble de IKEA mientras alguien te grita en tres idiomas distintos: un caos organizado. Por su parte, Paul Wesley, el nuevo James T. Kirk, se siente cómodo en este 'circo de ciencia ficción', agradeciendo que los guionistas sepan dónde poner el bisturí para sacar lo mejor de él, alternando entre el horror y la comedia sin que la trama implosione. Lo más rescatable es el intento de llenar los huecos de una historia que ya conocemos de memoria. Peck y Wesley se dedican a coser la amistad icónica entre Kirk y Spock, intentando que la química no parezca un pegamento barato. Todo este despliegue de insomnio y marionetas culminará el 24 de septiembre de 2026, fecha en la que la cuarta temporada cerrará sus puertas en Paramount+, dejándonos claro que para que nosotros veamos un salto hiperespacial fluido, alguien tuvo que pasar noches en vela y montar a caballo en un set de plástico.
En la industria del cine actual, donde los actores son básicamente accesorios de lujo para los efectos especiales, Joe Russo ha soltado una bomba sentimental. Según el co-director de Avengers: Endgame, Tom Holland no es solo un chico con mallas; es 'la última gran estrella de cine'. Suena a romanticismo de los años 50, a cuando ir al cine era un evento y no un trámite mientras miras el móvil. Russo afirma que Holland posee una 'calidad vintage' y una autenticidad que resuena con la audiencia, algo que, según él, casi ha desaparecido del mapa de Hollywood. Es curioso que este elogio llegue mientras analizamos el éxito financiero de Spider-Man: Brand New Day. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite en el súper, Holland mueve millones con una sonrisa y un carisma que Russo describe como 'sacado directamente de las páginas del cómic'. El director lo pone en un pedestal, asegurando que su energía es distinta a la de cualquier otro actor contemporáneo. Es el 'estándar de oro' en un mundo de imitaciones. Pero aquí viene el giro de guion, el típico 'pero' que te deja frío. A pesar de ser la joya de la corona, el arácnido no figura actualmente en los planes para Avengers: Doomsday ni Avengers: Secret Wars. Mientras Robert Downey Jr. regresa como Doctor Doom —un personaje que, según Russo, es un genio meticuloso que no deja nada al azar y llega este 18 de diciembre—, Holland parece estar en la banca. Es la paradoja total: ser la estrella definitiva, pero no tener silla reservada en la mesa de los próximos grandes banquetes del MCU. Mucho brillo, mucho 'star power', pero el calendario de Marvel es más cruel que un cobrador de alquileres un lunes por la mañana.
Disney ha descubierto que la nostalgia es la gallina de los huevos de oro y, para celebrar que han pasado medio siglo desde que George Lucas nos vendió el sueño espacial el 25 de mayo de 1977, han decidido sacudir el polvo a la versión original. Sí, la de 1997, pero restaurada y sin los 'retoques' de CGI que Lucas añadió después, como quien intenta maquillar una arruga con demasiada base. El plan es lanzarla en pantallas IMAX el 19 de febrero de 2027, permitiendo que Han Solo vuelva a dispararle a Greedo primero, sin trucos de edición ni cortes modernos. Es el equivalente cinematográfico a volver a comer la receta de la abuela después de años de soportar comida precocinada. Pero claro, en el imperio del marketing no hay regalo sin factura. Esta reestreno es el aperitivo para el plato fuerte: 'Star Wars: Starfighter', que aterrizará el 28 de mayo de 2027. Aquí entra en juego Ryan Gosling, interpretando a Kade Auberon, un pícaro cínico que probablemente tenga más crisis existenciales que el propio público. Bajo la dirección de Shawn Levy, quien viene fresco de 'Deadpool & Wolverine', la película ha sido grabada con cámaras digitales certificadas para IMAX y luego convertida a copias físicas de 70mm. Un despliegue técnico impresionante para acompañar a un reparto que incluye a Amy Adams y Matt Smith. Básicamente, Disney nos invita a recordar la magia del pasado para que, sin darnos cuenta, saquemos la tarjeta de crédito y pagemos el ticket premium de la nueva entrega. Es una jugada maestra: nos dan la pureza del 77 para vendernos el espectáculo del 27.
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