‘La copia perfecta’: la falsificación de billetes como una de las bellas artes

El ingeniero que toreó al Banco Francia

cine Una ilustración cinematográfica estilo 'film noir' francés de los años 50. En primer plano, una mesa de madera vieja iluminada por una lámpara de escritorio amarillenta, llena de billetes antiguos de francos, papel de liar cigarrillos, lupas y herramientas de ingeniería mecánica. Al fondo, la silueta de un hombre con gabardina y sombrero en un garaje oscuro y húmedo, con humo de cigarrillo flotando en el aire. Atmósfera de misterio, colores desaturados y sombras profundas.

Hay que tener narices para llamar 'arte' a imprimir papel moneda en el cobertizo de casa, pero Jan Bojarski no era cualquier picareta. Este ingeniero polaco, que escapó de los nazis solo para descubrir que en Francia no tenía papeles ni para patentar un clip, decidió que si el sistema no le dejaba trabajar, él fabricaría su propio sueldo.

Durante tres décadas, Bojarski puso a sudar al Banco de Francia con una precisión que haría llorar a un relojero suizo. No usaba aplicaciones ni software chino; el tipo era un artesano del engaño. Mezclaba papel de liar cigarrillos para imitar las marcas de agua y diseñaba sus propias máquinas.

Mientras nosotros hoy nos peleamos con la app del banco, él se paseaba por Francia como un 'viajante' la canción, colocando billetes que eran auténticos poemas visuales. Empezó con los modelos Minerva y Hércules a finales de los cuarenta, pasó por el Tierra y Mar a mediados de los cincuenta, y culminó su carrera con el Bonaparte de 100 francos.

Este último era el 'jefe final' de la seguridad monetaria: el Banco de Francia decía que era imposible de copiar, y Bojarski lo hizo simplemente porque podía. Su carrera tuvo un giro oscuro al colaborar con el Gang des Tractions Avant, esa panda de tipos violentos que asaltaban furgones blindados y donde convivían resistentes y traidores, una mezcla tan explosiva como un mal cóctel.

Al final, como ocurre en todas las historias de ambición, el error no fue técnico sino humano. Bojarski, cansado de hacer los kilómetros él solo, metió a dos socios que tenían la prudencia de un elefante en una cristalería. En enero de 1964, la fiesta se acabó. Le Parisien lo bautizó como el 'Cézanne de los falsificadores', un título elegante para alguien que básicamente le hizo un agujero contable al Estado francés usando papel de fumar y mucha paciencia.

Crítica:

El texto se pierde en analizar la película cuando el verdadero oro es la vida del falsificador. Demasiado tiempo criticando al actor del comisario y poco tiempo diseccionando la genialidad técnica de Bojarski.

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