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Hay una forma muy sofisticada de decir 'aquí no ha pasado nada' y consiste en borrar la web y despedir a quien se atreva a contar la verdad. En el Departamento de Seguridad Nacional de la Presidencia del Gobierno, el botón de 'suprimir' ha sido la herramienta de gestión más eficiente de Pedro Sánchez. La jefa de prensa cometió el pecado capital de hacer su trabajo: el viernes 31 de julio publicó que 49.000 personas habían cruzado la frontera de Ceuta. Un dato que, para los señores del poder, resultó ser un ruido insoportable. La respuesta fue un tajo quirúrgico: destitución inmediata por teléfono mientras la funcionaria disfrutaba de sus vacaciones. Un detalle exquisito para que solo volviera a la oficina a recoger sus cosas y marcharse en silencio. Mientras tanto, la ingeniería de la invisibilidad ha hecho su magia. Han limpiado la web de todo rastro de la invasión, dejando que los últimos documentos daten del 30 de julio. Para distraer al personal, han sustituido la crisis fronteriza por alertas sobre el ébola en Uganda o resúmenes rápidos sobre Ucrania y Oriente Próximo. Es como si en tu casa se estuviera incendiando la cocina y tú decidieras poner un cartel en la puerta avisando de que en el Amazonas hay mosquitos. El contraste de cifras es un ejercicio de gimnasia mental. Pasamos de los 49.000 iniciales de la funcionaria sacrificada, a los 50.000 del Ministerio del Interior, luego a los 60.000 del Gobierno autonómico y, finalmente, al sablazo definitivo de Fernando Grande-Marlaska: 72.000 inmigrantes. Ahora juegan al escondite con los que quedan: Marlaska dice que solo hay 2.000, pero Juan Jesús Vivas sostiene que siguen allí entre 3.000 y 5.000 personas. Borrar la web es fácil; borrar la realidad de las calles de Ceuta requiere un optimismo casi místico.
Vender la moto es un arte, y en el Ministerio de Inclusión se han sacado la licencia de experto. Nos venden un proceso de regularización masivo como un motor de crecimiento, pero al abrir el capó, el motor no arranca. La ministra Elma Saiz soltó la cifra: 822.000 inmigrantes con derecho a trabajar. Suena a éxito rotundo, a despliegue de generosidad y eficiencia. Pero bajemos a la tierra, donde se paga el alquiler y se cotiza el lunes. A fecha de 30 de julio, solo 262.475 personas estaban afiliadas a la Seguridad Social. Traducido al lenguaje de la calle: el 31,9% ha entrado al trapo, mientras que el 68,1% —unos 559.525 ciudadanos— sigue en un limbo administrativo donde el derecho al trabajo es un papel que no se traduce en una nómina ni en un céntimo para el Estado. Es como comprarse el carnet de conducir pero no tener coche ni saber dónde está la carretera. Lo fascinante es la gimnasia mental de Joaquín Pérez Rey, secretario de Estado de Trabajo, que afirma que «la mayoría» se está incorporando al sistema. Para que la mayoría sea el 31,9%, hace falta una calculadora que mienta o una fe ciega en la aritmética creativa. Mientras Borja Suárez califica el volumen de afiliados como una señal «muy positiva», el Gobierno ignora que el 77% de las 19.517 nuevas altas en el paro de julio (unas 15.000 personas) son precisamente estos regularizados. El reparto es el de siempre: Madrid lidera el baile con 51.844 afiliados, seguida de Cataluña con 42.000. El Régimen General absorbe el 81,5% (213.883 personas), mientras que los autónomos son una anécdota de 12.675 casos. Dicen que todo va «razonablemente normal». Claro, porque en este país, que el 70% de una medida estrella no funcione es lo más normal del mundo.
Vender la 'normalidad' en Ceuta es hoy el deporte favorito de los despachos ministeriales, pero en la calle la realidad tiene un sabor distinto: sabe a tensión y a supermercados custodiados por el Ejército. Mientras el Gobierno firma comunicados desde la comodidad de un aire acondicionado, en los 18 kilómetros cuadrados de la ciudad el ambiente es eléctrico. No es una quimera, es un colapso. El CETI, diseñado para 512 plazas, ahora intenta digerir a más de 700 personas, una saturación que convierte el centro en una olla a presión donde el sábado pasado casi saltan los plomos con un intento de asalto al recinto. Para los agentes de Jupol y la AUGC, la narrativa oficial es un chiste de mal gusto. Laura García, de Jupol, lo deja claro: hay miles de personas que llegaron prácticamente en bañador y chanclas, ahora con hambre, sed y un nerviosismo que dinamita cualquier intento de calma. Diego Madrazo, de la AUGC, pone la cifra sobre la mesa: más de 2.000 irregulares, con un millar amontonados junto al CETI sin alojamiento ni una certeza de futuro. Es como intentar meter a diez personas en un ascensor para cuatro; tarde o temprano, alguien pierde los nervios. La solución propuesta es un baile de boyas y leyes. Jupol sugiere reformar la Ley de Extranjería para cerrar la laguna legal de los que llegan nadando, convirtiendo el mar en una carrera de obstáculos para facilitar las devoluciones. Mientras tanto, los guardias civiles encadenan turnos sin descanso y la ciudad, con sus 80.000 habitantes, se siente como el patio de juegos de una crisis que no provocó. Madrazo pide 200 guardias civiles más y que la Unión Europea deje de mirar para otro lado, porque la normalidad no se decreta en una rueda de prensa, se comprueba cuando puedes ir a comprar el pan sin ver un fusil al lado de la caja registradora.
Hay una coreografía en la política española que ya roza la maestría del ballet: el arte de mirar hacia otro lado mientras el incendio consume el salón. Mientras el país se peleaba por los resultados del 14 de febrero de 2021 en Cataluña, en los despachos de la Moncloa se practicaba el silencio selectivo. Resulta fascinante que la Confad, ese organismo creado el 9 de julio de 2019 específicamente para cazar fraudes deportivos, decidiera que el caso Negreira era invisible. Es como contratar a un equipo de seguridad para cuidar la joya de la corona y que, mientras el ladrón se lleva el diamante, los guardias se reúnan para discutir el color de las cuerdas de los cordones. Los datos son un poema a la inacción. El 16 de febrero de 2021, apenas 48 horas después de las urnas catalanas, la Confad se reunió para diseñar «canales seguros de denuncia». Muy oportuno. Dos días más tarde, el 18 de febrero, el FC Barcelona le confesaba a Hacienda que había soltado 7,3 millones de euros a la cúpula del CTA entre 2001 y 2018, admitiendo que ni siquiera sabían quién escribía los informes. Un sablazo de dimensiones industriales que Óscar Grau firmó sin pestañear. Pero el 24 de febrero, cuando la Confad volvió a sentarse a la mesa, el acta parece haber sido escrita con tinta invisible: ni una palabra sobre el Barça. La hipocresía alcanza su cénit con el calendario. Mientras la Fiscalía abría diligencias en mayo de 2022, la comisión nacional —donde se sientan la Policía, la Guardia Civil y la RFEF— entró en un coma administrativo. Solo cuatro reuniones en el Pleno y cuatro en el Comité Permanente en años. Para rematar el blindaje, la RFEF cambió el reglamento en junio de 2021, recortando los plazos de prescripción a tres años. Un movimiento de relojería quirúrgica que dejó el caso deportivo muerto justo cuando el reloj marcaba la hora del último pago. No fue un error; fue una gestión de agenda.
Hay quien dice que el amor es ciego, pero la geopolítica tiene una vista envidiable, especialmente si tienes dos ojos electrónicos orbitando a 650 kilómetros de altura. Mientras miles de personas se lanzaban contra el espigón del Tarajal el pasado jueves 30 de julio, Rabat no miraba la escena con preocupación, sino con la precisión de un cirujano. El Mohamed VI-A y el Mohamed VI-B, esos juguetes espía nacidos de un romance secreto con Francia desde 2013, estaban allí, haciendo el 'zoom' perfecto. Para que nos entendamos: mientras nosotros nos peleamos con el GPS para encontrar un parking, el Mohamed VI-A pasaba exactamente a las 10:57 de la mañana sobre Castillejos, volando a 27.000 kilómetros por hora. Unos minutos después, a las once, empezaba el caos. No fue una coincidencia; fue una coreografía. Rabat registró al menos once pasadas precisas entre el 26 de julio y el domingo, repartiéndose el turno como quien organiza la guardia de un hospital: el 'A' a las 11:00 y el 'B' a las 22:00. La hipocresía es deliciosa. El rey Mohamed VI celebraba el 27 aniversario de su trono en Tetuán, a solo 40 kilómetros, rodeado de su cúpula militar, mientras el Centro Real de Teledetección Espacial (CRTS) convertía la seguridad española en un reality show de alta resolución. Podían ver hasta la matrícula de los coches o el cansancio en la cara de la Guardia Civil. Y mientras Marruecos jugaba al ajedrez espacial, España, con su satélite PAZ —que técnicamente es un Ferrari comparado con los marroquíes porque ve a través de nubes y oscuridad—, solo dio una pasada el viernes 31 de julio a las 6:00, cuando ya había 49.000 asaltantes dentro. Básicamente, llegamos a la fiesta cuando ya habían servido el postre y roto las sillas.
El Puerto de Tarifa ha decidido que ya es suficiente y, a las 20:42 de este sábado, ha activado la Fase de Emergencias Nivel 1. No es que hayan abierto un portal a otra dimensión, es que la Operación Paso del Estrecho (OPE) ha convertido la zona en un parking gigante donde el sentido común ha pedido la baja. Imaginen que intentan meter la compra de todo un mes en una bolsa de plástico pequeña; pues eso es Tarifa ahora mismo con más de 1.500 coches aterrizando en un solo día. La gestión es brillante: si vienes sin billete, te mandan a Algeciras. Básicamente, te dicen que el autobús está lleno y que te busques la vida en la siguiente parada. Para evitar que el municipio se convierta en un nudo gordiano de chapa y pintura, han tenido que abrir el área exterior solo para los que tienen su entrada confirmada. El ritmo de llegada ha sido una auténtica locura, batiendo récords con más de mil coches por hora en varios tramos de la madrugada y la tarde. Es una cifra que hace que el tráfico normal de 200 vehículos por hora parezca una calle vacía de un pueblo de la sierra. Para intentar que el caos no sea total, mantienen activo el sistema intercambiable de billetes hacia Tánger durante toda la noche. Mientras tanto, la incertidumbre en la frontera de Melilla ha provocado que las navieras, en un giro de guion digno de serie B, desvíen los vehículos que venían desde Almería, Motril o Málaga hacia los puertos gaditanos. Al final, el resultado es el mismo: miles de personas esperando que el ferry sea la tabla de salvación mientras la logística se desmorona bajo el peso de un verano que siempre llega con la misma sorpresa.
Hay una ironía deliciosa en el hecho de que la 'limpieza moral' y la memoria democrática estén hoy en manos de quien sabe moverse en los pasillos del poder más turbio. Óscar González, el hombre que ahora lidera el PSOE en Argentina y gestiona la Ley de Nietos, no es precisamente un novato en el arte de la ingeniería política. Entre 2008 y 2015, González fue secretario de Relaciones Institucionales de Cristina Kirchner, una mujer que actualmente disfruta de una prisión domiciliaria tras ser condenada a seis años de cárcel por el 'estafa maestra' de la Causa Vialidad. Mientras el Estado argentino intenta recuperar unos 400 millones de dólares que terminaron en las empresas familiares de la ex presidenta y su amigo Lázaro Báez, González sigue gritando a los cuatro vientos que Cristina está 'injustamente detenida'. Pero el negocio real aquí no es la nostalgia, sino el censo electoral. Bajo la batuta de González y el respaldo de figuras como Pilar Cancela, el PSOE argentino ha transformado la Ley de Memoria Democrática en una aspiradora de votos. Con hasta un millón de peticiones —650.000 solo en Buenos Aires—, la estrategia es clara: convertir el pasaporte español en un ticket de lotería política. La jugada es tan agresiva que han logrado nacionalizar a descendientes de emigrantes que se fueron de España 54 años antes de que empezara la Guerra Civil, gracias a una 'reinterpretación' creativa de Sofía Puente que ya huele a prevaricación y tiene un juzgado echándole el ojo. Al final, mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación, el PSOE exterior hace una compra masiva de votantes en el extranjero, usando la memoria histórica como el envoltorio de un regalo electoral muy conveniente.
Hay quien hace la compra en el Mercadona y quien, para gestionar sus activos, prefiere el brillo cegador de la alta joyería. Resulta que el rescate de Plus Ultra no solo dejó turbulencias aéreas, sino un rastro de diamantes que conduce a Exclusividades Vagú. No hablamos de una joyería de barrio con mostrador de cristal, sino de una arquitectura financiera diseñada con la precisión de un reloj suizo y la opacidad de una niebla caribeña. El esquema es fascinante: nace en la Quinta Vagú, en Las Mercedes (Caracas), pasa por el duty free del Aeropuerto de Maiquetía y se asienta en Bogotá, para luego desplegar un despliegue de sociedades en Panamá que harían sudar a cualquier inspector de Hacienda. Pero el aterrizaje final es el Paseo de la Castellana, en Madrid, donde la red se vuelve tangible. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación, aquí se mueven piezas tasadas en más de 1,3 millones de euros, intervenidas en el despacho del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Lo verdaderamente cómico —si es que podemos llamarlo así— es que Vagú es el paraguas de un ecosistema donde conviven marcas como Breitling, Gucci o BMW con una red de abogados y administradores que saltan de la joyería a holdings energéticos e inmobiliarios sin despeinarse. Es la clásica ingeniería financiera: usar el lujo como fachada para que el flujo de fondos parezca una simple pasión por los accesorios VIP. La UDEF ahora intenta descifrar si estas joyas son adornos personales o el envoltorio brillante de una red de fondos vinculada al rescate de la aerolínea venezolana. Al final, el brillo del oro suele servir para distraer la vista de los agujeros contables.
Bienvenidos a la era del 'turismo de riesgo' coordinado por TikTok. Mientras nosotros peleamos con el algoritmo para que nos muestre vídeos de gatitos, miles de jóvenes en el Marruecos profundo usan Instagram para organizar expediciones hacia Ceuta con la precisión de una agencia de viajes low-cost. Los llamados 'harraga' no solo queman sus papeles, sino que incendian la frontera con tutoriales sobre cómo flotar y música épica de fondo, convirtiendo el drama migratorio en un reto viral. El detonante fue un regalo administrativo: la sentencia del Tribunal Supremo del 8 de julio que prohibió las devoluciones en caliente para quienes llegan nadando. Básicamente, el Supremo abrió la puerta y el algoritmo hizo el resto. El resultado fue un colapso el pasado jueves con 60.000 personas asaltando la frontera; de las cuales 53.000 ya han hecho el camino de vuelta, aunque la fiesta no ha terminado. Lo más surrealista es la coreografía diplomática. Por un lado, la Guardia Civil relata que la gendarmería marroquí miraba el espectáculo de brazos cruzados en el espigón del Tarajal y en Castillejos, mientras autobuses llegaban en masa aprovechando la fiesta del trono marroquí. Por otro, Pedro Sánchez, con una capacidad de optimismo envidiable, alaba la colaboración «ágil y constante» del reino alauita, ignorando que una avalancha de este calibre no se improvisa en cuatro días. ¿La solución del Gobierno? Un parche de ingeniería: una barrera neumática de 500 metros, con 70 centímetros de altura y un metro sumergido, apoyada por boyas de la Armada. Quieren convertir el mar en una valla invisible para que el Tribunal Supremo les permita volver a echar a la gente. Un despliegue técnico impresionante para intentar arreglar con plástico y aire un problema que se mueve a la velocidad de un 'like'.
Hay que tener valor para llamar 'estratégico' a un gasto que tiene la misma tracción que una feria de pueblo en día de lluvia. El Ministerio de Igualdad, bajo el mando de Ana Redondo, ha decidido que la mejor forma de evangelizar a la juventud sobre la diversidad es mediante el tebeo. El resultado es 'Pasaje Begoña', una historieta sobre la Torremolinos de los 60 y 70 que ha costado la módica suma de 6.106,03 euros. Para que el ciudadano medio lo entienda: mientras tú te peleas con la inflación para que la cesta de la compra no parezca un atraco a mano armada, el Ministerio se gasta más de seis mil pavos en un archivo digital que solo 137 personas se han molestado en descargar. Un éxito rotundo, si lo que buscabas era el silencio absoluto. La ingeniería financiera es fascinante. Se pagaron 4.999,99 euros por los derechos y la maquetación, y otros 1.106,04 euros para imprimir 300 ejemplares que probablemente estén cogiendo polvo en algún cajón ministerial. Todo esto lleva el sello de Julio del Valle de Íscar, responsable de la Dirección General para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas LGTBI+, quien en 2025 percibió un sueldo de 101.408,25 €. Es conmovedor ver cómo alguien que cobra más de cien mil euros al año gestiona la 'resistencia' juvenil con la eficacia de un mando a pilas gastadas. El cómic, dibujado por Vito Montolio, narra la vida nocturna y la Gran Redada de junio de 1971. El valor histórico es indiscutible, pero el valor administrativo es una broma de mal gusto. Este 'Pasaje Begoña' no es un hecho aislado, sino el postre de un banquete de despilfarros donde ya hemos degustado desde aplicaciones de 211.000 euros para repartir las tareas del hogar hasta 2,8 millones para fomentar la masturbación en mayores de 60. Al final, la única diversidad real es la de las formas de vaciar la caja pública.
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Rosa Muñoz